DOMINGO, 27 DE MAYO DE 2007
El punto sobre la i
¿Considera usted que, en caso de logar su registro, “México Libre” es una alternativa viable para tener una oposición fuerte?
No
No sé

Arturo Damm





“El renunciar a su individualidad es el aniquilarse a sí mismo. La esclavitud mental es la muerte mental, y cada hombre que ha renunciado a su libertad intelectual es el féretro viviente de su espíritu muerto.”
Robert G. Ingersoll

Individuo, individualidad, individualismo, palabras poco populares, en el mejor de los casos, tremendos insultos, en el peor. “Eres un individualista”, le dice alguien a alguien más, y éste bien puede arremeter contra aquel exigiéndole algo así: “¡No me insultes!”

 

¿Qué debemos responder a la afirmación eres un individualista? La verdad, pero corregida y aumentada: “No sólo soy individualista, sino que soy individuo, y no hay receta para dejar de serlo”. Ser individualista no es otra cosa más que reconocer el hecho de que somos individuos, reconocimiento que es la primera consecuencia de haberle hecho caso a Sócrates en aquello de “Conócete a ti mismo”.

 

¿Qué quiere decir que el ser humano es individuo? Muchas cosas, pero una en especial: que él, y solamente él, decide y elige y, todavía más importante, que él, y sólo él, se decide y se elige, facultad para decidir y elegir, para decidirse y elegirse, que define la esencia de la vida propiamente humana. Vivir, para el ser humano, implica una sucesión ininterrumpida de decisiones y elecciones, trascendentes unas, sin mayor importancia otras, pero inevitables, existiendo solamente dos caminos: o decido y elijo yo, o alguien más lo hace por mí.

 

Si alguien más decide o elige por mí una de dos: o todavía no soy capaz de ejercer la facultad de decisión y elección, que es el caso, por ejemplo, del ser humano recién nacido o, siendo ya capaz de ejercerla, permito, por las razones que sean, que alguien más decida y elija por mí: paradójicamente decido no decidir, elijo no elegir, lo cual no elimina mi facultad para hacerlo, simplemente “la apaga”.

 

Si renuncio a decidir y elegir, si renuncio a decidirme y elegirme, renuncio a mi individualidad y, como lo dice Ingersoll, me liquido. Se trata de una variante del suicidio, por la que no me quito la vida, pero por la cual renuncio a la vida propiamente humana, la que se construye a partir de las decisiones y elecciones propias, que son, dicho sea de paso, las que hacen que la vida sea digna de ser vivida, que la vida de cada cual sea, efectivamente, la vida de cada uno, no la vida que, alguien más, quiere que vivamos, algo a lo que debemos oponernos con todas nuestras fuerzas, sobre todo cuando ese alguien más es algún político o gobernante con un proyecto de nación que no es otra cosa más que su proyecto de vida para los demás, mismo que el tirano sintetiza así: “Haz lo que yo te diga y serás feliz”. ¿Ejemplos? Desde Hitler hasta Chávez; desde Stalin hasta Castro; desde El Gran Hermano, siempre presente y vigilante en la novela 1984 de Orwell, hasta Napoleón, y no me refiero a Bonaparte, sino al cerdo (¡nunca mejor dicho!) que se hace con el poder, total y absoluto, en Rebelión en la granja, también de Orwell.


¡Pero cuidado!, no solamente personajes como los mentados sueñan con su proyecto de vida para los demás, y un buen ejemplo lo tenemos en el Proyecto 2030 del presidente Calderón, en el cual se afirma que
“el México del siglo XXI requiere de la formulación de una gran visión”, razón por la cual “se planteará la primera aproximación al futuro deseable para México...”, declaraciones a las que respondo lo siguiente: no necesitamos UN proyecto de Nación, ni UN futuro para México, sino una nación en la cual cada individuo, respetando el derecho de los demás, y sin ningún privilegio gubernamental, pueda sacar adelante sus proyectos, siendo capaz de forjar su futuro, a partir de sus decisiones y elecciones.

 

La imposición, ya sea democrática o autocrática, de un proyecto de nación, supone que la persona renuncia, o es obligada a renunciar, a su individualidad, a su facultad para decidir y elegir, para decidirse y elegirse, convirtiéndose, o convirtiéndola, en el féretro viviente de su espíritu muerto. Y la vida propiamente humana es la del espíritu, no la del cuerpo. Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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