LUNES, 18 DE AGOSTO DE 2014
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“El miedo al gobierno no es, en ningún sentido, subversivo. Es, por el contrario, la filosofía política más sana para la gente libre”
Jeff Cooper

¿Qué es el gobierno? Una institución (reglas del juego –leyes– y personas –gobernantes– encargadas de hacerlas valer) con el poder (la cuestión está en saber en qué casos ese poder supone también un derecho) de eliminar y/o limitar la libertad individual (prohibiendo determinadas conductas u obligando a otras) y la propiedad privada (cobrando impuestos, es decir, obligando a los ciudadanos a entregarle parte del producto de su trabajo). El gobierno es una institución cuya tarea esencial (que es aquella tarea sin la cual todas las otras –desde las políticas socialistas hasta las mercantilistas– resultan imposibles) es imponer límites a la libertad individual y a la propiedad privada y ese poder, en manos poco escrupulosas, como por lo general son las de los políticos, fácilmente se convierte en un poder tiránico y despótico, arbitrario y opresivo. Es por ello que, como lo señala Cooper, al gobierno hay que tenerle miedo, sobre todo cuando impone límites arbitrarios a la libertad individual y a la propiedad privada.

¿Cuándo actúa un gobierno arbitrariamente? Para responder repasemos qué tareas puede desempeñar el gobierno y, de entre todas ellas, razonemos cuáles son las que debe llevar a cabo. En primer lugar el gobierno puede prohibir que nos hagamos daño unos a otros (por ejemplo: asesinando, secuestrando o robando) y castigar a quien lo haga. En segundo término el gobierno puede prohibir que nos hagamos daño a nosotros mismos (por ejemplo: prohibiendo el consumo de drogas) y castigar a quien se lo haga. En tercer lugar el gobierno puede obligar a que nos hagamos el bien unos a otros (por ejemplo: redistribuyendo el ingreso, quitándole a A para darle a B) y castigar a quien no se deje. Por último el gobierno puede obligarnos a hacernos el bien a nosotros mismos (por ejemplo: obligando a hacer media hora de ejercicio físico todos los días) y castigar a quien no se lo haga.

Estas son, en esencia, las tareas que un gobierno puede realizar, y cada una de ellas supone limitar la libertad individual y la propiedad privada. De estas cuatro tareas, ¿cuáles son las que el gobierno debe llevar a cabo o, dicho de otra manera, qué conducta debe el gobierno prohibir y qué conducta debe exigir, sobre todo si aceptamos que, en las sociedades basadas en el Estado de Derecho, la tarea del gobierno debe ser reconocer plenamente, definir puntualmente y garantizar jurídicamente los derechos naturales de la persona a la vida, la libertad individual y la propiedad privada? ¿En cuál de los cuatro casos el uso del poder gubernamental no resulta arbitrario? Sólo en el primero, en el que dicho poder se usa para prohibir que A viole los derechos de B y, en caso de que lo haga, castigarlo. Sólo en este primer caso el gobierno tiene el derecho de limitar la libertad individual –prohibir que nos hagamos daño unos a otros–, y la propiedad privada –cobrar impuestos para financiar esas tarea– lo cual quiere decir que los ciudadanos tenemos la obligación (a todo derecho le corresponde una obligación) de hacerle caso: pagar impuestos y no violar los derechos de los demás.

Hoy en día el gobierno, de manera por demás arbitraria, y arbitraria porque ello supone que hace lo que debe prohibir –violar la libertad individual y la propiedad privada–, prohíbe que nos hagamos daño a nosotros mismos y nos obliga, con él como intermediario en su función de Estado Benefactor o gobierno redistribuidor, a hacerle el bien a los demás, faltándole, para completar el catálogo de arbitrariedades, obligarnos a que nos hagamos el bien a nosotros mismos y, de no hacérnoslo, castigarnos.

Hoy la principal amenaza contra la libertad individual y la propiedad privada de las personas es el gobierno, que pretende ser mucho más que gobierno, intentando ser desde ángel de la guarda hasta hada madrina, todo lo cual supone violar la libertad individual y la propiedad privada, algo a lo que siempre hay que temer.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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