El punto sobre la i
Feb 17, 2015
Arturo Damm

No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos.

Ludwig von Mises

Cualquier gobierno es un mal necesario. Necesario por los bienes que debe proveer: seguridad contra la delincuencia e impartición de justicia. Mal por la manera que tiene de financiar su provisión: cobrando impuestos, es decir, obligando al contribuyente a entregarle parte del producto de su trabajo, lo cual viola la propiedad privada y, dado que la misma es la condición de posibilidad de la libertad individual, también viola esta libertad, violaciones que se justifican siempre y cuando el gobierno le cobre lo mismo a todos los contribuyentes (de tal manera que no haya redistribución del ingreso por el lado del cobro de impuestos) y le dé lo mismo a todos los ciudadanos (de tal forma que, tampoco por el lado del gasto, haya redistribución), siendo que lo que el gobierno debe proveer, a todos por igual, razón por la cual debe cobrarles a todos por igual, es seguridad contra la delincuencia e impartición de justicia. El mal (cobrar impuestos) se justifica por el bien (seguridad contra la delincuencia e impartición de justicia), sin olvidar que dicho mal (el cobro de impuestos) es la única manera de evitar al gorrón (a quien el gobierno provee de seguridad y justicia sin que haya pagado por ella).

Pero el gobierno no solo es un mal necesario. Es, además, una amenaza para la libertad individual y la propiedad privada, dado que su poder es el de prohibir, obligar y castigar, tal y como se ve, para empezar, en el cobro de impuestos: el gobierno obliga al contribuyente a entregarle parte del producto de su trabajo, y si el contribuyente no lo hace el gobierno lo castiga. Prohibir, obligar y castigar es la esencia de cualquier gobierno, y ese poder para prohibir, obligar y castigar, en manos poco escrupulosas, como por lo general lo son las de los gobernantes, degenera en arbitrario, usado para lo que no debería usarse, afirmación que nos plantea las siguientes preguntas: ¿qué es lo que el gobierno debe prohibir?, ¿qué es a lo que el gobierno debe obligar?, ¿qué es lo que el gobierno debe castigar?, o, dicho de otra manera, ¿en qué consiste el legítimo uso del poder gubernamental?

Para responder repasemos qué es lo que un gobierno puede hacer: 1) prohibir que dañemos a los demás y castigarnos si lo hacemos; 2) prohibir que nos dañemos a nosotros mismos y castigarnos si lo hacemos; 3) obligarnos a hacerle el bien a los demás y castigarnos si no lo hacemos; 4) obligarnos a hacernos el bien a nosotros mismos y castigarnos si no lo hacemos. De estas cuatro posibilidades, ¿cuál es, para el gobierno, la única válida? La primera: prohibir que dañemos a los demás (garantizar la seguridad contra la delincuencia) e impartir justicia (castigar a quien le haya hecho daño a alguien más). Sin embargo, los gobiernos no se limitan a esa única tarea y le suman, sobre todo, la segunda (prohibir que nos dañemos a nosotros mismos y castigarnos si lo hacemos; por ejemplo: prohibición de consumo de drogas y castigo al consumidor) y la tercera (obligarnos a hacerle el bien a los demás y castigarnos si no lo hacemos; por ejemplo: cobro de impuestos con fines redistributivos, quitándole a A lo que es de A para darle a B lo que no es de B, y castigo al contribuyente incumplido).

Los gobiernos que no se limitan a prohibir que dañemos a los demás, y a castigarnos si lo hacemos, resultan gobiernos abusivos, que violan, sin ninguna justificación posible, la libertad individual y la propiedad privada, gobiernos constituidos por el tipo de gente al que hace referencia Mises: incompetentes, corruptos, viles, gobernantes que no necesariamente deben ser ineficaces (incapaces de hacer lo que deben) o ladrones (propensos a quedarse con lo que no es suyo), bastándoles con hacer, ¡inclusive honesta y eficazmente!, lo que ningún gobierno debería hacer: prohibir que nos dañemos a nosotros mismos y castigarnos si lo hacemos; obligarnos a hacerle el bien a los demás y castigarnos si no lo hacemos; obligarnos a hacernos el bien a nosotros mismos y castigarnos si no lo hacemos, todo lo cual supone la expoliación legal (redistribución del ingreso) y la esclavitud legalizada (nuevamente: redistribución del ingreso). ¿Exagero? Vea a su alrededor.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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