MARTES, 17 DE OCTUBRE DE 2017
El punto sobre la i
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Arturo Damm








“Existe una tiranía en el vientre de cada utopía.”
Bertrand de Jouvenel

Tiranía, nos dice el diccionario, es la imposición, en grado extraordinario, de cualquier poder. Utopía es, en primer lugar, la representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedores al bien humano y, en segundo término, el plan, proyecto, doctrina o sistema deseable que parecen de difícil realización. ¿Por qué, según Jouvenel, la utopía conduce a la tiranía o, dicho de otra manera, por qué el utópico acaba siendo un tirano?

Lo primero que hay que considerar es que, si la utopía es la representación imaginativa de una sociedad futura, precisamente por ser futura, es irrealizable. Si la utopía es en esencia lo que va a ser y a estar en el futuro resulta esencialmente irrealizable, tal y como su nombre lo indica. Utopía quiere decir no-lugar, y el no-lugar supone necesariamente el no-tiempo.

A la consideración anterior se puede responder que la utopía, dado que su tiempo es el futuro, y el futuro nunca llega porque siempre va un paso adelante del presente, es irrealizable, pero que lo que sí es realizable es el esfuerzo para, tomando como causa ejemplar a la utopía, avanzar en esa dirección, lo cual, si la utopía implica el mejor mundo, no solo posible sino deseable, puede concebirse como un imperativo ético, como una obligación que, de no ser asumida voluntariamente por la persona, debe de imponérsele por la fuerza. ¿Cuántos utópicos están convencidos de ello?

Dado que el tiempo propio de la utopía es el futuro, y dado que el futuro nunca deja de ser tal (cuando el futuro se convierte en presente ya no es futuro, de la misma manera que cuando el presente se convierte en pasado ya no es presente), ubicándose siempre por delante del presente, es que la utopía es inalcanzable, pero que lo sea no implica, para los utópicos, y solamente para ellos, que no se deba hacer lo que se tenga que hacer para, utilizándola como causa ejemplar de la conducta, avanzar en la dirección que nos marca, dirección marcada por la utopía y, por lo tanto, por el utópico, por el creador de la utopía. No hay utopías sin utópicos.

Cualquier utopía es la imagen que un utópico tiene del mundo deseable, por lo que puede haber tantas utopías como utópicos haya. Dado que es la imagen del mundo, no solo posible, sino deseable, y deseable en función del mayor bien posible para el ser humano, es que la utopía ejerce esa fascinación, sobre todo en el utópico, quien, de tener el poder para prohibir, obligar y castigar a los demás, puede caer en la tentación de imponer a todos su utopía, convencido de que es por el bien de todos y, por ello, de cada uno. Así la utopía (la representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedores al bien humano) da pie a la tiranía (a la imposición, en grado extraordinario, de cualquier poder, en este caso el poder político que es, precisamente, el poder para prohibir, obligar y castigar), que el utópico puede concebir como un mal menor, necesario para lograr un bien mayor: el mejor mundo deseable. Ojo: no posible sino deseable.

De cualquier persona que pretenda detentar el poder político hay que desconfiar, porque ese poder es el poder para prohibir, obligar y castigar, para eliminar o limitar la libertad individual, poder que debe estar perfectamente limitado. De cualquier persona que pretenda detentar el poder político para avanzar por el camino hacia la utopía hay que desconfiar con mucha más razón, porque ese poder es el poder para prohibir, obligar y castigar, para eliminar o limitar la libertad individual, poder que en este caso, el de forzar a la gente  transitar por el camino hacia la utopía, debe prohibirse.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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