MIÉRCOLES, 30 DE OCTUBRE DE 2019
El punto sobre la i
Según usted, ¿cómo le está yendo a la economía mexicana?
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Arturo Damm





“El problema de la libertad es que nos gusta más la propia y menos la de los demás. Solamente ama la libertad quien entiende la ajena.”
José Manuel Núñez

Libertad, facultad para decidir y elegir, siendo una decisión una elección simple, sí o no, y una elección una decisión compleja, esto, aquello o aquello otro. Primero se decide y luego se elige. En ambos casos autodeterminación.

Por lo general, salvo en los casos de miedo a la libertad, cuya causa es el riesgo y la responsabilidad inherentes a las decisiones y elecciones, las personas estamos dispuestas a decidir y elegir, sin que alguien más lo haga por nosotras. Para eso tenemos la facultad de autodeterminación y no nos parece que alguien la limite o elimine, lo cual sucede cuando otro decide o elige por nosotros, lo cual se justifica solamente si uno decide que otro decida y elija por uno, eligiendo quien pueda hacerlo. En tales casos, libremente, le estoy cediendo a alguien mi libertad para decidir y elegir. Yo decidí ceder mi libertad y yo elegí a quién cedérsela. En el origen hay autodeterminación.

Caso distinto es aquél en el cual alguien más, sin que yo se lo haya permitido, decide y elige por mí, limitando o eliminando mi libertad, atentando contra mi proyecto general de vida, y en contra de los proyectos particulares por medio de los cuales se va concretando el proyecto general. Ya no hay autodeterminación sino heterodeterminación. Esto último es inadmisible y, por lo general, se da por dos motivos.

Primer motivo. Quien decide y elige por mí, para lo cual debe tener el poder para poder hacerlo, está convencido de que sabe mejor que yo lo que más me conviene, y precisamente por tratarse de lo que más me conviene, si yo no lo quiero, él debe obligarme a que lo haga. ¿Cómo? Decidiendo y eligiendo por mí, lo cual supone obligarme a hacer algo que no quiero hacer. El fin, lograr lo que es mejor para mí, es bueno, pero el medio, obligarme a conseguirlo, no lo es. Pero, si no lo quiero, por más que los demás piensen que es lo mejor para mí, ¿realmente será lo mejor para mí?

Segundo motivo. Quien decide y elige por mí lo hace por ejercer su poder sobre mí, por el placer que le ocasiona el poder imponerme su voluntad, considerándome un objeto sometido a su capricho. En este caso el fin, obligarme a hacer lo que otro quiere que haga, no porque sea lo mejor para mí, sino porque lo que él quiere es dominarme, es malo, y si el fin es malo también lo es el medio, obligarme a obedecerlo.

La tentación es doble. Primero: querer decidir y elegir por los demás, ya sea porque creemos saber mejor que ellos lo que más les conviene, ya sea porque queremos ejercer sobre ellos nuestro poder. Si en el primer caso no se justifica limitar o eliminar la libertad de los demás, mucho menos en el segundo. Segundo: no querer que alguien más decida y elija por nosotros, ya sea porque estamos convencidos de que nadie más sabe mejor que nosotros qué es lo que más nos conviene, ya sea porque no queremos que nadie más nos someta a su voluntad. Si no quiero que otros limiten o eliminen mi libertad, ¿cómo justificar mi pretensión de limitar o eliminar la libertad de los demás? Debemos aplicar el primer precepto de la Ley Natural: no le hagas al otro lo que no quieras que el otro te haga.

El problema, como lo señala Núñez, es que nos gusta nuestra libertad, pero no la de los demás y, más que entender la libertad ajena, hay que respetarla. Decidir respetar la libertad de los demás debe ser el primer acto libre de cada quien, la primera autodeterminación. En muchos casos, comenzando por los gobiernos, no lo es.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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