El punto sobre la i
Feb 28, 2020
Arturo Damm

El efecto natural del comercio es el de llevar a la paz. Dos naciones que comercian entre sí se hacen recíprocamente dependientes.

Juan Pablo Viscardo y Guzmán

Lo primero que hay que tener claro es que las naciones, los países, no comercian entre sí. Comercian entre sí personas de distinta nacionalidad. El mal llamado comercio internacional no se da entre naciones sino entre personas de distinta nacionalidad, algo muy distinto.

Lo segundo que hay que tener en cuenta es que el resultado del comercio, del intercambio entre compradores y vendedores, es un mayor bienestar para cada uno de ellos, ya que cada uno valora más lo que recibe que lo que da a cambio. En este sentido el resultado del comercio es un bien común: bien porque ambas partes GANAN; común porque AMBAS partes ganan. Se trata de un juego de suma positiva. Y éstos, los juegos de suma positiva, hay que permitirlos e incentivarlos, no prohibirlos o limitarlos.

Lo tercero que hay que considerar es que el motivo (intercambiar para mejorar) y el resultado (mejorar por haber intercambiado) del comercio son los mismos, ya se trate de personas de la misma nacionalidad (comercio intranacional), o de personas de nacionalidad distinta (comercio internacional), por lo que no hay razón para darles trato diferenciado, por ejemplo, permitiendo e incentivando el primero, limitando o prohibiendo el segundo.

Dado todo lo anterior, resumido en el hecho de que todos los que participan del comercio ganan, debemos preguntarnos cómo justificar que, una y otra vez, en mayor o menor medida, los gobiernos limitan o prohiben el comercio entre personas de distinta nacionalidad, limitando o prohibiendo que, gracias al comercio, las personas involucradas eleven su nivel de bienestar. La respuesta siempre ha sido: para proteger a los productores nacionales de la competencia que las importaciones traen consigo, proteccionismo con el que los gobiernos promueven la incompetencia de los productores nacionales: mayores precios, menor calidad, peor servicio, en detrimento del bienestar de los consumidores, cuyo bienestar depende de lo contrario: menores precios, mayor calidad y mejor servicio.

Desde el punto de vista ético lo justo es que los gobiernos no prohiban las relaciones comerciales, de sus ciudadanos, con personas de otra nacionalidad. Se respeta la libertad para comerciar con quien más convenga.

Desde el punto de vista económico lo eficaz es lo mismo: que los gobiernos permitan el comercio, de sus ciudadanos, con personas de otros países. Aumenta el bienestar de todas las partes involucradas.

El problema surge cuando los gobiernos se creen con el derecho (que nunca es derecho sino solamente poder) de limitar, o inclusive prohibir, las relaciones comerciales de sus ciudadanos con personas de otra nacionalidad, erosionándose entonces una de las causas de la paz entre las naciones: el comercio entre sus ciudadanos. Esas limitaciones y prohibiciones pueden ser la causa de una primera guerra, la comercial, que puede a su vez ser la causa, como históricamente ha sucedido en más de una ocasión, de la guerra sin adjetivos, y todo consecuencia de un abuso de poder de parte de los gobiernos: limitar o prohibir el comercio entre personas de distinta nacionalidad.

Pare terminar preguntémonos quién es el gobierno para prohibirnos comprar lo que nos dé la gana (producto nacional o extranjero), a quien nos dé la gana (oferente nacional o extranjero), donde nos dé la gana (en el el país o en el extranjero). Respuesta: nadie, absolutamente nadie. Y, sin embargo, de una u otra forma, en mayor o menor medida, lo hace. Cómo es posible que lo permitamos.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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