El punto sobre la i
Dic 8, 2008
Arturo Damm

“El mercado nació como una institución preferible a la rapiña o guerra. Proviene del saludo, la conversación y el intercambio de regalos entre tribus. El mercado no es la ley de la selva: es una institución de la libertad civilizada.”

Gabriel Zaid

La división del trabajo supone que la mayoría de los bienes y servicios que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades son propiedad de alguien más, lo cual plantea la siguiente cuestión: ¿cómo obtenerlos? Existen tres posibilidades: benevolencia, violencia e intercambio. En el primer caso, apelando a la benevolencia de quien es dueño de lo que necesitamos, le pedimos que nos lo regale, le pedimos limosna. En el segundo, amenazando con la violencia, le robamos lo que es suyo. En el tercer caso, por medio del intercambio, le ofrecemos algo que valore más que aquello que, siendo suyo, necesitamos, y que, ¡obviamente!, valoramos más que aquello que estamos dispuestos a dar a cambio. Esto último es el mercado, entendido como la relación de intercambio entre oferentes y demandantes, intercambio que siempre es un juego de suma positiva, lo cual quiere decir que las dos partes ganan, dando como resultado que las dos, una vez realizado el intercambio, elevan su nivel de bienestar: valoran más lo que reciben que lo dan.

 

El intercambio, o si se quiere: el mercado, es éticamente correcto y económicamente eficaz. Éticamente correcto porque parte del respeto a la propiedad privada y, por lo tanto, a la libertad individual, ya que la primera es la condición de posibilidad de la segunda. Pero además de éticamente correcto el mercado, o si se prefiere: el intercambio, es económicamente eficaz porque gracias al mismo el oferente y el demandante, el productor y el consumidor, elevan su nivel de bienestar, siendo dicha elevación el fin de la actividad económica de los seres humanos.

 

El que el mercado sea éticamente correcto, y económicamente eficaz, quiere decir que es, como lo señala Zaid, una institución de la libertad civilizada, frase que vale la pena analizar. En primer lugar el mercado es institución, es decir, regla del juego, es decir, código de conducta, que supone reconocer y respetar la propiedad de los demás, de la cual podemos obtener parte (la que necesitamos y valoramos), ofreciendo a cambio parte de la nuestra (la que no necesitamos y no valoramos). En segundo término, el mercado es institución de la libertad civilizada, es decir, del ser humano decidido a respetar la propiedad de los demás, libertad civilizada que encuentra una de sus manifestaciones más claras en el intercambio: quienes participan de un intercambio lo hacen voluntariamente, es decir, libremente,  partiendo del respeto a la propiedad y, por ello, del respeto a la libertad, por lo ya dicho: la propiedad es la condición de posibilidad de la libertad.

 

El mercado, el intercambio, el comercio, no es la ley de la selva, por la cual cada quien hace lo que quiere, comenzando por violar la propiedad y libertad de los demás. Al contrario: el comercio, el intercambio, el mercado es la justicia, es decir, la voluntad de respetar el derecho de los demás, derecho que en este caso comienza siendo el de propiedad, y termina siendo el de la libertad. Quien está dispuesto a ofrecer algo a cambio de aquello que necesita, y que es propiedad de alguien más, actúa de manera justa, de forma civilizada, reconociendo la propiedad del otro y, algo que no hay que pasar por alto, estando dispuesto a beneficiarlo, ofreciéndole algo que valore, y que valore más que aquello que da a cambio. El mercado, así visto, y así hay que verlo porque así es, ¿es la ley de la selva? No, claro que no, por más que muchos, por ignorancia o por mala fe, digan que sí.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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