El punto sobre la i
Mar 2, 2009
Arturo Damm

“La teoría de la producción agregada, que es el tema del libro, puede adaptarse mejor a las condiciones de un Estado totalitario que (...) a las condiciones de la libre competencia y de un buen grado de laissez faire.”

John Maynard Keynes

El libro al que hace referencia Keynes es La teoría general del empleo, el interés y el dinero, y la frase está tomada de la introducción que él mismo redactó para la edición alemana (http://tmh.floonet.net/articles/foregt.html), y que en épocas de crisis económica, sobre todo cuando ésta se presenta en forma de recesión, adquiere singular importancia, ya que es entonces cuando el keynesianismo, considerado por muchos (economistas y periodistas, intelectuales y legisladores, políticos y empresarios) como la solución al problema, vuelve a tomar un papel protagónico. ¿Quién puede, ¡y por lo tanto debe!, contrarrestar las presiones recesivas? El gobierno. ¿Cómo? Aumentando sus gastos, ¡con una condición! Que nadie más (empresas, familias, individuos, etc.), reduzca los suyos. ¿Y cómo se consigue esto? Financiando el mayor gasto gubernamental, no con más impuestos (ya que entonces lo que el gobierno gasta de más es lo que los contribuyentes gastan de menos), no con más deuda (ya que entonces el aumento en el gasto del gobierno tiene como contrapartida la reducción en el gasto de sus acreedores), sino recurriendo a la emisión de dinero, a la inflación.

 

Lo anterior quiere decir que la esencia del keynesianismo es el gasto deficitario del gobierno, financiado con emisión primaria de dinero, es decir, a través de la corrupción del medio de intercambio (que eso, y nada más que eso, es el dinero: medio de intercambio), y con las consecuencias que ello tiene, en primer lugar, sobre la propiedad (el poder de compra de los consumidores) y, en segundo término, sobre la libertad (el margen de acción de los consumidores). No hay que olvidar, para entender esto último, que la propiedad privada es la condición de posibilidad de la libertad individual, y que lo que limita la primera (por ejemplo: la pérdida del poder adquisitivo del dinero), limita la segunda (por ejemplo: la capacidad para comprar).

 

La esencia del keynesianismo es la corrupción del dinero, corrupción que es un atentado contra la propiedad privada y la libertad individual, siendo ese atentado la característica esencial de los estados totalitarios, razón por la cual hay que agregar, a lo dicho por Keynes, que el keynesianismo no solamente se practica mejor en tales estados sino que su práctica conduce a la creación y consolidación de dichos estados, tal y como sucede cada vez que el gobierno pone en marcha planes para sacar a la economía de la recesión. ¿De qué se trata? De acrecentar la participación del gobierno en la actividad económica y, por lo tanto, de achicar la participación de los particulares, lo cual supone, ¡no hay de otra!, menos libertad individual y menos propiedad privada y, ¡por ello!, más Estado totalitario.

 

Keynes redactó la mentada introducción en 1936, hace ya setenta y seis años, y hoy se le debe enmendar la plana, quedando claro que el keynesianismo se puede aplicar, sin muchos remilgos, en estados democráticos, sobre todo en aquellos, que son la mayoría, en los cuales la ignorancia en materia de economía - ¡y el keynesianismo es una gran falacia! -, es el común denominador entre la mayoría de políticos y empresarios, de intelectuales y legisladores, de periodistas y economistas. Sí, ¡¡¡de economistas!!!, todos los que forman el mainstream economics. Claro que, bien puede ser, que la democracia sea, pese a la impresión contraria, el mejor disfraz de los estados totalitarios, democracia que permite la violación de la libertad individual y la propiedad privada, no a partir de la voluntad de uno, el tirano, sino partiendo de la voluntad de los representantes de la mayoría, los electores, como si lo que importara fuera el cuántos lo hacen y no el qué se hace.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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