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Jun 2, 2020
Krishna Avendaño

Desesperación en el imperio

Mientras la iniquidad se embriaga de sí misma, los gobiernos tienen miedo de aplicar el orden por temor a ser llamados fascistas o racistas, y los ciudadanos se resignan por estar colmados de hastío. Es entonces cuando una civilización se postra y se entrega.

El mundo, su iniquidad y desesperación a lo que invitan no es tanto al desarraigo como al hastío. En una realidad de lectura fácil, la reformulación del mal apenas estremece a sus más fríos espectadores. Nada más lamentable que llegar a este punto. El que lo terrible resulte aburrido confirmaría la derrota de todo cuanto teníamos por noble: la civilización, la libertad, la fraternidad, la paz. Estaríamos declarando una supremacía ontológica del mal y el caos sobre el bien, el orden y la razón.

Por fortuna y también por desgracia, la esperanza sirve de contrapeso a la ubicuidad de lo absurdo. Desgracia porque, si somos honestos y leemos bien y sin cursilerías modernas a los clásicos, sabemos que el último de los males de la caja de Pandora era verdaderamente atroz. Hay una forma de esperanza que se troca en vil conformismo y resignación. De nada sirve la certeza de un mundo mejor si el hombre se echa a esperarlo sin hacer nada al respecto.

La peste se desvanece pero no la incertidumbre. Los mares del imperio amanecen revueltos, sus calles arrasadas y la propiedad vandalizada. El gusto por la destrucción supera el pavor a infectarse, y es así que turbas a lo largo de los Estados Unidos se han organizado, con una extraña y sospechosa capacidad de coordinación, con el fin de sacudir el de por sí endeble sentido de la normalidad. Y no es que fueran ilegítimas las protestas. El abuso policial fue cometido, como también es cierto que la justicia ya tiene en sus manos al oficial que dio muerte a George Floyd. ¿Por qué entonces arden los Estados Unidos? ¿Quiénes son esos antifascistas que hoy el presidente declara como terroristas? ¿Por qué, desde lejos y aún encerrados en nuestras casas, asistimos con arrobo al espectáculo que bulle en las capitales de un país extranjero?

Alain de Benoist anotó que «En un mundo que ha aprendido a desconfiar de la idea de un bien absoluto, pero que sigue sintiendo más necesidad que nunca de un mal absoluto, el antifascismo representa, por otra parte, una cómoda forma de profesar una moral mínima».[1] Su intención era explicar por qué el fascismo, derrotado y humillado, se ha convertido en el chivo expiatorio de esa clase intelectual deshonesta y perezosa que, con tal de legitimar sus posturas progresistas, se aferra a un gastado pero efectivo imaginario. Los antifascistas actuales no luchan más contra la amenaza nazi o fascista, sino contra todo proyecto político y cultural que se opone al avance de la hegemonía izquierdista. Tildar de fascista a un conservador es la mejor estrategia de marketing.

Los peores elementos del antifascismo contemporáneo no se conforman con articular un discurso simple pero efectivo. Para ellos el antifascismo y el anticapitalismo es trasunto de su verdadera ideología: la lucha contra lo que, para ellos, representa la civilización occidental. Basta un chispazo, una fractura en el sistema, para canalizar su antagonismo a la acción destructiva.

Tras las ráfagas, los cuerpos hollados y las columnas de humo duerme la desesperación de una civilización. Podrían hacerse apuntes sobre la coyuntura, reivindicar el estado de derecho, proponer generar instituciones que faciliten el diálogo. Esas veleidades se las dejo a otros. Mejor sería ver el símbolo tras el caos y entender que el recrudecimiento de la violencia es uno de los dos síntomas ante el declive de una civilización. El otro, es la apatía generalizada tanto del Estado como de los individuos. Mientras la iniquidad se embriaga de sí misma, los gobiernos tienen miedo de aplicar el orden por temor a ser llamados fascistas o racistas, y los ciudadanos se resignan por estar colmados de hastío. Es entonces cuando una civilización se postra y se entrega.

Allá de 1940, en una Europa sitiada por la guerra, escribía Albert Camus un comentario pertinente para toda etapa histórica. «Nos encontramos en una época trágica. Pero es asimismo cierto que demasiadas gentes confunden lo trágico con lo desesperado».[2] Donde unos se tiran a padecer el desarraigo y otros observan impotentes, los hay quienes empuñan las armas en un intento por corregir la perversión de los tiempos. Las transformaciones, físicas o intelectuales, requieren de una masa crítica. A título personal, soy un tanto escéptico. Aquí no me refiero a los salvajes para quienes la acción es, simplemente, forma de dar revuelo a sus más bajos apetitos. Me refiero al hombre que quisiera corregir todo el mal que lo rodea pero que ha dejado de creer que sea posible hacerlo. Creo que hay algo en la modernidad, la democracia, el progreso y la comodidad que ha sabido drenar el ímpetu general de la lucha transformadora. Podría equivocarme.

Mientras tanto, Camus nos alienta a entender la naturaleza de la realidad al afirmar, correctamente, que «este mundo está envenenado de desgracias en las que parece complacerse».[3] Es éste un mundo que se regodea de sus tragedias porque la existencia, en sí misma, es trágica. ¿Qué hacer entonces? Llorar por el espíritu, dice Camus, es vano. Habrá que trabajar en él por medio de «la firmeza de carácter, el gusto, la clásica felicidad, la dura altivez, la fría frugalidad del sabio». En otras palabras, no sucumbir a la desesperación, pues como diría Houellebecq «una civilización muere por hastío, por asco de sí misma».[4] Por falta de carácter, habría que añadir. Virtud cada vez más rara en Occidente.



[1] Alain de Benoist, Comunismo y nazismo, 2005.

[2] Albert Camus, Los almendros (1940), compilado en Bodas/El verano (2017), pág 101.

[3] Ídem, pág. 102.

[4] Michel Houellebecq, Serotonina (2019), pág. 130.



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