LUNES, 17 DE JULIO DE 2006
¿Un país de perdedores resentidos?

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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Superaremos este episodio aciago en la vida de México: El año en que vivimos en peligro de convertirnos en una republiquita de opereta comandada por un iluminado que no está en sus cabales, el año en que estuvimos a punto de convertirnos en un país de perdedores resentidos.”


Podemos financiar con nuestros impuestos ambiciosos programas de gasto social que busquen sacar de la pobreza extrema a millones de mexicanos, pero ¿sabremos sacar de la miseria moral a millones de mexicanos que han sucumbido ante la mentira y el resentimiento, aunque viajen en buenos autos, tengan títulos universitarios y utilicen modernas tecnologías para proclamar su odio al éxito y a la prosperidad?

 

¿Cuál es el famoso “proyecto alternativo de nación”? ¿Uno en el que prive la dictadura de los incompetentes resentidos? ¿Aquél en el que la norma sea el arrebato violento y la intransigencia?, ¿un proyecto en el que la competencia sea sustituida por el pase automático generalizado?, ¿uno en el que quepa cualquier clase de delincuente con la condición de que rinda pleitesía y ofrezca ferviente sumisión al caudillo iluminado?

 

Tengo para mí que la inmensa mayoría de las personas que votaron por Andrés Manuel López Obrador NO quieren esa clase de país, ni de futuro. De hecho algunos con gran honestidad intelectual, como el doctor Roberto Blancarte de El Colegio de México, han tenido la valentía de confesar que muy pronto el López Obrador posterior a las elecciones les ha decepcionado y en otros casos francamente aterrorizado. Votaron por un Presidente cargados –como todos nosotros- de un amasijo de sentimientos, convicciones, juicios y prejuicios, pensando que ese candidato era, como ellos lo son, un demócrata que podría atender, mejor que sus contendientes, los anhelos de equidad social y de justicia. Pensaron que su candidato se sujetaría, como político inteligente y moderno, a los marcos institucionales que garantizan bienes intangibles pero preciosos para cada ciudadano: la libertad, el derecho a ser y pensar diferente, el sagrado derecho de disentir, el derecho a ser mejores. No fue así.

 

Con el paso de los días y con la serena firmeza que otorga la razón podremos, espero, superar este episodio aciago en la vida de México: El año en que vivimos en peligro de convertirnos en una republiquita de opereta comandada por un iluminado que no está en sus cabales, el año en que estuvimos a punto de convertirnos en un país de perdedores resentidos…

 

López Obrador, si mantenemos la serenidad y la firmeza –repito- que nacen de tener la razón, pasará al archivo, que NO al basurero, de la historia. Pero, ¿qué pasará con ese núcleo de enfebrecidos seguidores –que no partidarios- en los que López ha inoculado todas las toxinas del fracaso resentido?, ¿qué sucederá con aquellos en los más nobles ideales de justicia fueron corrompidos por la prédica absurda e intolerante de López?

 

No podemos darnos el lujo de perder a esos espléndidos y valiosos mexicanos. No podemos resignarnos a que su futuro sea vivir sumidos en la confusión amarga y resentida de quien ve con odio a sus vecinos y de quien ha trastocado la generosidad de los ideales por la consigna embrutecedora o el desahogo vandálico. Son mucho mejores que el caudillo al que equivocadamente siguieron (y que no ha tenido empacho en motejarlos de corruptos cuando se atrevieron a disentir o a comportarse de acuerdo a un código de integridad moral) y merecen como cualquier otro –así es la verdadera democracia- sumarse a la construcción de un país próspero y plural, en el que las discusiones se ganen con verdades y razones, no con gritos y consignas, en el que las elecciones se ganen en las urnas celosamente vigiladas por ciudadanos, no en la marcha callejera de borregos que lanzan estribillos como quien arroja piedras contra su malhadado destino.

 

Tender puentes entre los mexicanos desunidos no es cooptar o comprar voluntades, se trata de recuperar el espacio para la discusión y el debate inteligentes. Se trata de no abjurar de nuestras más valiosas posesiones: la inteligencia y la libertad.


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