LUNES, 24 DE JULIO DE 2006
¿Electores oligofrénicos?

¿Usted cree que es una buena idea que sean Pemex y la Secretaría de Energía quienes construyan una refinería?
No
No sé



“Si se viola una ley injusta lo único que se viola es esa ley, no algún derecho de alguien. Por el contrario, si se viola una ley justa se viola la ley y algún derecho de alguien.”
Othmar K. Amagi

Ricardo Medina







“El último recurso de quienes se resisten a la derrota en una contienda electoral es alegar que los electores son débiles mentales, fácilmente sugestionables. El postulado de fondo es el mismo que el de Porfirio (Díaz, por supuesto): “México no está preparado para la democracia”.”


Si tuvieron la ocurrencia de invocar a Stalin en su alegato jurídico ante el Tribunal Electoral, no sería sorprendente que recurriesen al elaborado argumento de Porfirio Díaz y los positivistas del porfiriato: La democracia es deseable, pero las condiciones materiales e intelectuales del pueblo de México impiden por ahora su realización plena.

 

Recuerdo que hace muchos años, en una presentación del Secretario de Gobernación ante la Cámara de Diputados un legislador de la oposición le soltó a bocajarro la pregunta, en ese entonces del millón de dólares: “Señor Secretario, ¿México está preparado para la democracia?”. El funcionario del régimen priísta sorprendentemente calló ante la pregunta y perdió la oportunidad de elaborar una respuesta decorosa. Ese funcionario, por cierto, era Manuel Bartlett Díaz.

 

Cuando se invocan, para solicitar la anulación de las elecciones presidenciales, causales tan peregrinas como el carácter subliminal de unos anuncios de jugos o de papas fritas, o la perversidad de unos anuncios institucionales del Consejo Coordinador Empresarial que defendían las bondades de la estabilidad de precios y advertían de los peligros de la inflación, entramos de lleno al terreno de la presunción más ofensiva para los ciudadanos: Son (somos) incapaces de tomar decisiones racionales y libres.

 

Esta presunción de la incapacidad ciudadana para la democracia lo mismo atribuye la debilidad de los electores a la pobreza material, que a la insuficiente educación o a la precariedad de los anhelos e instituciones democráticas en una sociedad lastrada por incontables miserias.

 

El sábado, un editorialista (René Delgado) ofrecía a sus lectores una variante insidiosa de la misma tesis porfirista: “Se argumenta que en una democracia un voto marca la diferencia. Es cierto, en una democracia eso ocurre. La cuestión está en que el grado de desarrollo político en México no configura aún una democracia si por tal se entiende algo más que el simple régimen electoral”.

 

Y concluía: “Cualquier esquina urbana o vereda rural es un testimonio brutal de qué tan lejos estamos de la aspiración consitucional” (la de la democracia como “sistema de vida”).

 

Este resurgimiento de la vieja tesis de que el ejercicio de la democracia electoral – un hombre, un voto – puede posponerse, obviarse o falsificarse (con la mejor de la intenciones, tal vez) porque el país no está aún maduro para tener ciudadanos, o porque los presuntos ciudadanos son tan miserables, material e intelectualmente, que son manipulables contra su voluntad, es la cosecha que recojen los sembradores de suspicacias enfermizas. La lógica es implacable: Si un sistema electoral ciudadano debe ser puesto en entredicho, es la misma capacidad de los ciudadanos para gobernarse a sí mismos la que se pone en duda.

 

Vertiginoso retroceso de cien años: ¿Ganó el que no ganó en las urnas porque no estamos preparados para la democracia?


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