VIERNES, 28 DE JULIO DE 2006
"Que yo era Presidente..."

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“Tiene algo de infamante y de poco caritativo exhibir la locura como si se tratase de un espectáculo”


Tiene algo de infamante y de poco caritativo exhibir la locura como si se tratase de un espectáculo.

           

Comentando las películas de Juan Orol decía Guillermo Sheridan que ese excéntrico recurría en sus historias al copretérito lúdico, es decir a esa forma verbal con la que los niños postulan el carácter de los personajes creados por su imaginación y establecen las reglas de la impostura que harán posible y verosímil el juego:

 

-        Que yo era un agente secreto y tú eras un gangster explotador de bellas mujeres…

-        Que yo era Supermán y tú eras Lex Luthor

-        Que yo era Presidente de la República…

 

En el juego hay un acuerdo previo que le da su encanto: Persisten las reglas de la lógica (por ejemplo, las causas son previas a los efectos), pero se trastocan, de acuerdo a un reglamento convencional, otros principios de realidad. En el juego, yo puedo volar – algo que en la realidad nunca sucederá- pero puedo hacerlo si y sólo si hemos postulado que en el juego yo soy Supermán (no podría volar, por ejemplo, si hemos postulado que soy Batman); en el juego yo puedo disparar a los malechores con mi dedo índice y el pulgar levantado, pero si y sólo si hemos postulado que, en ese juego que hemos acordado jugar, mi dedo índice es el cañón de una pistola.

 

Por su parte, Jorge Ibargüengoitia en un memorable artículo (“Delirio de persecución”) escribió que si bien tal delirio “es una de las enfermedades más terribles que pueda haber, tanto para la víctima como para sus familiares”, también “en sus manifestaciones más benignas (es) un juego de salón muy divertido”. Por ejemplo, una variante del delirio de persecución como juego, no como enfermedad mental, sería que un adulto juegue a imaginar que todos los buzones son falsos y que en realidad son cajas colocadas en la calle por una banda de maniáticos; una vez que uno deposita su carta en el buzón y se aleja, “viene un coche enorme y negro, que se lleva el buzón a la guarida de la banda, en donde los maniáticos leen la carta que uno escribió entre carcajadas”.

 

Son juegos, escribió Ibargüengoitia, que “no dejan de producirme un cosquilleo en la columna vertebral”. Jugarlos a solas, advertía, “es mucho más divertido, pero mucho más peligroso y corre uno el riesgo de acabar en un manicomio”.

 

Por eso es tan incómodo ver a personas adultas creyéndose a pie juntillas imposturas que sólo tendrían sentido en un juego. Y por eso tiene algo de morboso y de poco caritativo – hacia las penalidades de la víctima de la locura- “seguirle el juego”. El lector del Quijote no deja de sentir antipatía hacia quienes, en la novela, deliberadamente le siguen el juego al loco que se creía caballero andante, sólo por divertirse. Lo correcto hacia tales dementes, piensa uno, sería tratar de sacarlos de su delirio y procurarles atención especializada, no exhibirlos, digamos en un noticiario de televisión.

 


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