MARTES, 1 DE AGOSTO DE 2006
La capital raptada

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Tuvo razón el demagogo cuando afirmó ayer “que no aceptará que México sea gobernado por un presidente espurio, sin legitimidad, sin autoridad moral y política,” que es exactamente la descripción de sí mismo, el espejo implacable de su imagen.”


Cumplió su promesa el demagogo tabasqueño y tomó por asalto a la ciudad de México sin importarle los perjuicios que causarán sus actos sobre millones de ciudadanos que se han vuelto rehenes de su violencia autoritaria, que dista mucho de ser “acciones pacíficas y civiles” como las llama López Obrador.

 

Uso el término rapto con plena conciencia que en una de sus acepciones va más allá del secuestro porque implica, en adición a la detención y encierro involuntarios de personas, la violación de las víctimas, en este caso más de veinte millones de seres humanos.

 

Con la plena complicidad y protección del gobierno capitalino, cuyo jefe de gobierno no pasa de ser un obsecuente empleaducho de AMLO, sus seguidores se apoderaron del Paseo de la Reforma, avenida Juárez, Madero y el zócalo capitalino con 47 “campamentos” que se quedarán ahí indefinidamente.

 

El gobierno federal anunció que no intervendrá en este asunto porque es una función de las autoridades capitalinas asegurar el derecho a la libre circulación en la ciudad de México. Si bien esta es una actitud prudente, también resulta violatoria de la ley porque hay que tener presente que el Presidente de la República tiene autoridad sobre la fuerza policíaca capitalina.

 

No debiera sorprender a nadie que el demagogo haya emprendido “acciones” más violentas y radicales pues basta revisar su lamentable biografía para darse cuenta que su verdadero oficio es el de organizar motines e incitar a sus seguidores a la violencia.

 

¿Qué le va a pasar a la ciudad de México? Tenemos el ejemplo en Oaxaca que lleva 67 días “tomada,” ahora sólo parcialmente, por unos vándalos miserables que cobran como maestros de escuela y que han impedido que funcione la ciudad con pérdidas incalculables en sus actividades económicas.

 

El hecho que unos cuantos infelices seguidores del demagogo hayan tomado la yugular de la ciudad de México, que es el eje que va desde el anillo periférico hasta el zócalo, indica que su intención es la de hacerle el máximo daño posible a su economía pues es la zona en la que se genera la mayor riqueza de la capital.

 

La radicalización de las acciones de López Obrador equivale también a su suicidio político pues seguramente ya llegó a la conclusión que el Tribunal Electoral desechará sus impugnaciones a la elección presidencial como lo ha venido haciendo con las correspondientes a los legisladores.

 

Cada vez es mayor el número de personas que votaron por él que reconocen haber cometido un grave error al hacerlo y que finalmente descubren el talante autoritario y rijoso de AMLO. Ello significa que la posibilidad de concitar de nueva cuenta un apoyo electoral tan amplio como el que consiguió, se esfuma.

 

Esto no significa de ninguna manera que el demagogo no aspire ya a tomar el poder sino simplemente que debido a que el método democrático no le funcionó, ahora pretende hacerlo por la fuerza sustentado en el apoyo de la facción más radical de sus seguidores, la única que lo seguirá hasta el final.

 

Más vale que así lo entienda el gobierno federal que tarde o temprano tendrá que enfrentar el chantaje de AMLO para asegurar que el mandato democrático de los mexicanos en las elecciones del pasado 2 de julio, se cumpla cabalmente y que el candidato triunfador logre tomar posesión de las riendas del gobierno.

 

Tuvo razón el demagogo cuando afirmó ayer “que no aceptará que México sea gobernado por un presidente espurio, sin legitimidad, sin autoridad moral y política,” que es exactamente la descripción de sí mismo, el espejo implacable de su imagen. Los mexicanos no tenemos la menor intención de aceptar su liderazgo impuesto por la fuerza.


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