Desde el sur libertario
Oct 19, 2005
David Martínez-Amador

Cesarismo democrático, pero a la Fox...

En México, la democracia ha servido para instituir la mediocridad, la falta de liderazgo, la ausencia de poder.

La turbulenta situación política que se vive en México tiene, aunque cueste creerlo, algunos aspectos de interés para los estudiosos de la Ciencia Política. Pero no sólo los estudiosos de este campo académico pueden beneficiarse al sacar lecciones de este escenario; también los mortales comunes y corrientes son capaces de ampliar sus nociones respecto de la vida societaria, el rol del Estado y, la funcionalidad del proceso democrático.

 

La historia política de Occidente conoce dos tradiciones en torno al marco jurídico que un sistema de gobierno pueda tener. Uno de ellos, la época gloriosa de la República Romana, iniciada en el año 19 a.c. por el Emperador Augusto, y que duraría siete siglos. En un Imperio que abarcaba del Norte Africano hasta Persia, desde Britania hasta Jerusalem, fue posible la existencia de respeto a leyes, rutas de libre comercio y ante todo, un ejemplo de libertad, responsabilidad  y tolerancia política. Pero este escenario se desmoronaría con la llegada de hombres arrogantes, quienes concentrarían en su persona todo el poder, hombres que moldearían las leyes a su favor para entronarse eternamente, que prometerían el “cielo bajo la tierra” sin importar el costo, época de reformas agrarias, devaluaciones de la moneda, conflictos entre ricos y pobres, burocracia agobiante e ineficiente, altos impuestos, etc. Y no me refiero a más de algún sexenio priísta o la actual Venezuela sino, a los años finales de imperio Romano.

 

Pero también, los antiguos romanos conocieron líderes políticos que, brillaban por su incapacidad de mandar e imponer el orden, líderes que rodeados de enanos mentales, sucumbían ante las presiones de cualquier grupo de presión. Y en ese sentido, los mexicanos hoy por hoy, somos muy romanos. Tenemos un gobierno que, a todas luces, muestra su inefectividad e incapacidad de mando. Si algo ha logrado Fox es emular a los más mediocres emperadores romanos. Si para los antiguos latinos la ley era el capricho del César, en México la ley es la voluntad de cualquiera, pero menos, la del Señor Presidente. En otros lares, hay gobiernos que aunque perfectamente constitucionales,  democráticos y apegados a ley, se consideran capaces de diseñar la sociedad y sus instituciones, lo cual es un gran error. Pero en México, la democracia ha servido para instituir la mediocridad, la falta de liderazgo, la ausencia de poder. Vivir en Democracia no significa, que la voluntad mayoritaria pasa por encima de la ley o, de una agenda necesaria de gobierno.

 

Que un gobierno sea electo de manera popular no asegura que el mismo sirva a los fines que se debe, que una ley tenga un carácter de constitucional no asegura que la misma se encuentre reñida con los valores que sustentan la libertad y la igualdad de los hombres.  Pero tampoco significa, carecer de una agenda clara y, de la capacidad de hacerse servir en el Ejecutivo de un poder que imponga fuerza y guíe el rumbo de la nación. Y por ello, hoy la mayoría de la población extraña los días autoritarios del Régimen.

 

En fin, bienvenido de vuelta el Cesarismo Democrático en México, los mediocres han sido la puerta de entrada a los verdaderos autoritarios.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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