Asuntos Políticos
Ago 7, 2006
Cristina Massa

AMLO en su laberinto

La preocupación del PRD por la presidencia y su desestimación por otros espacios de poder, sólo evidencian a un partido que no acaba de encontrarse. Discuten en todas las direcciones, como quien da patadas de ahogado.

Con la colaboración de Edgar Moreno

 

El bloqueo de Andrés Manuel es una muestra más de que su altura moral llega hasta donde el discurso alcanza, mientras sus acciones no encuentran límite ni en las más oprobiosas muestras de autoritarismo. Su enorme ambición lo ha llevado a los niveles más mínimos de congruencia. La gente por la que dice defender un triunfo imaginario es la misma que hoy sufre las consecuencias de sus acciones. Su orden de no entablar negociaciones legislativas es la misma lastimosa actitud que ha venido anclando al país al subdesarrollo.

 

AMLO llegó al 2 de julio confiado en su fortaleza electoral. Estratégicamente o no, decidió desoír las señales que anunciaban una elección cerrada y prefirió sostener que su amplia ventaja se mantenía. Desesperadamente busca ahora presionar a los jueces que definirán su futuro. Indiferente se muestra a las señales de rechazo social a su bloqueo. Despreocupado atiza el conflicto político y reparte descalificaciones a las instituciones que han surgido para defender el pluralismo. Ingenuo equipara los tiempos del autoritarismo y los de la democracia.

 

La impugnación del proceso electoral no es el problema. La gravedad son los mecanismos por los que lo hace. AMLO no ha tenido reparo alguno por evidenciar la calidad de súbdito de Alejandro Encinas, que ahora considera paliar los daños de su amo con los impuestos de los ciudadanos que gobierna. El Distrito Federal que tanto ha dado al PRD sufre por ello. Estratégica o pasionalmente el destino es el mismo: el repudio. AMLO pierde con sus acciones lo mucho que había ganado con su discurso.

 

Seguro de que el gobierno del DF está lleno de sus lacayos, incumple las normas que él mismo aprobó como gobernante. Desquiciado desquicia a los ciudadanos del DF que el 2 de julio le apoyaron mayoritariamente. Irresponsable renuncia a la responsabilidad de un líder político que llevó a su partido a ser la segunda fuerza política del país. Bloquea las calles de la ciudad pero más grave, bloquea las posibilidades de que el país retome el rumbo del desarrollo. Intransigente busca la presidencia para gobernar y desestima su presencia legislativa para diseñar las políticas públicas por las que dice luchar.

 

No sólo es AMLO, debe reconocerse, es la política en México. La democracia le ha quedado grande a una clase política añeja. Sin embargo, por conveniencia o por convicción, el resto de las fuerzas políticas del país han optado por la prudencia. Incluso el partido Convergencia, miembro de la Coalición por el Bien de Todos, ha preferido pronunciarse sobre el conflicto en Líbano que sumarse decididamente a la arriesgada empresa de AMLO. Los silencios aumentan entre las filas de la coalición y las divisiones se alistan.

 

AMLO ganó mucho al apostar a la mesura como gobernante, pero ahora como candidato, virtualmente derrotado, ha preferido quedarse con los radicales. La preocupación del PRD por la presidencia y su desestimación por otros espacios de poder, sólo evidencian a un partido que no acaba de encontrarse. Surgió para derrotar al PRI y no lo hizo. Pudo transformarse en un partido con intereses programáticos de gobierno más que mero elemento discursivo para ganar elecciones y tampoco lo hizo.

 

México no se acaba en el 2006, ni sus problemas, ni sus promesas. La corta visión de AMLO y de sus seguidores parece suponer que no es así. Intensos buscan imponer un resultado que no les dieron las urnas. Reticentes a aceptar lo que en el agregado sólo es una pequeña derrota, elaboran para sí mismos un abismo mayor. Desprestigian al gobierno del DF, reprochan a los gobernadores de su partido por no haber movilizado más electores, acusan a sus representantes de casilla de haber sido comprados, culpan al IFE de instrumentar un fraude, recriminan a Fox por su intervención en el proceso, condicionan al TRIFE para respetarlo. Discuten en todas las direcciones, como quien da patadas de ahogado.

 

México necesita un compromiso con la equidad en la distribución del ingreso, un compromiso con el crecimiento económico, un compromiso con la democracia y el fortalecimiento de sus instituciones, un compromiso con la legalidad, un compromiso con la sociedad en general. Nada de lo que ha hecho AMLO refleja tal cosa. Pero ilustra la capacidad que sin duda ha tenido para imponer el marco dentro del cual se discuten los temas. La habilidad de poner la agenda de AMLO bien podría servir para llegar a los muy necesarios acuerdos legislativos, pero ha preferido usarlos para poner la tensión en las instituciones y el conflicto entre los políticos y electores mexicanos.

 

En México los políticos parecen funcionar en contrario. El desafuero para combatir a AMLO lo favoreció. Ahora la resistencia del perredista beneficia a sus contendientes. Una lección que deberá ser atendida por los políticos profesionales que pretendan sostenerse en la arena política: el elector tiene la capacidad y voluntad de sancionar las acciones que no aprueba. En adelante, los políticos deberán comportarse cada vez con mayor apego a las preferencias de sus electorados. Es una ganancia de la democracia que AMLO pretende desconocer y que, sin embargo, una mayoría aplastante de los mexicanos ha preferido apoyar. AMLO en su laberinto le apuesta a su soledad.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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