MIÉRCOLES, 9 DE AGOSTO DE 2006
México y la globalización

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“La globalización ofrece beneficios enormes que hay que saber utilizar. Rechazarla, como proponen los demagogos delirantes, no es la solución. Hay que discurrir cómo llevar sus frutos a la población que hasta hoy ha sido marginada.”


La globalización pareciera un destino maniqueo al que sólo es posible abrazar sin restricciones o rechazar frontalmente. Quiénes lo denuncian como nefasto forman una alianza insólita de populistas, empresarios proteccionistas, ecólogos despistados y quienes temen la pérdida de la soberanía nacional.

 

Sus apologistas lo creen la panacea que por sí sola eleva la productividad con la especialización del trabajo, dónde los países con salarios bajos emprenden actividades intensivas en el uso de mano de obra mientras que naciones con trabajadores más productivos acometen actividades de mayor valor agregado.

 

Ambas visiones son exageradas y engañosas. La globalización, definida como un proceso de integración de economías nacionales, no es nueva ni irreversible ni inexorable. Los países se pueden marginar de ella pero hay que sopesar los costos y beneficios de hacerlo.

 

En el medio siglo previo a la Gran Guerra (1914-18) se dio una globalización notable, resultado del abatimiento de los costos de transporte y la reducción de barreras nacionales al comercio que condujeron a un extraordinario movimiento de personas, capital y mercancías entre naciones.

 

Una mayor integración generó gran prosperidad pero el proceso se vio abruptamente interrumpido por la guerra. A su término y a resultas de la falta de visión de los estadistas del momento, el mundo entró en un desastroso período de proteccionismo y autarquía.

 

Se impusieron impagables compensaciones de guerra; se adoptaron regímenes cambiarios inviables; se cerraron las fronteras al comercio y a los flujos de capitales. El resultado fue la Gran Depresión que arrasó con las economías occidentales y condujo directamente a la Segunda Guerra Mundial.

 

Es paradójico que las instituciones creadas en la segunda posguerra mundial como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, que permitieron alcanzar la paz, la estabilidad y una generación de riqueza portentosa, sean hoy culpadas por los enemigos de la globalización de todo tipo de desgracias económicas y políticas.

 

La nueva globalización tiene dos fuerzas motoras para las que pocos países están hoy cabalmente preparados: el proceso mismo de rápida eliminación de barreras al comercio de mercancías, servicios, ideas y capitales; y el acelerado avance tecnológico, sobre todo en telecomunicaciones y manejo de información.

 

La apertura al mundo global en México no ha sido la panacea universal y sus beneficios no se han repartido en forma adecuada, por varias razones:

 

1.      Es necesario hacer un esfuerzo educativo para que las generaciones futuras aprovechen las oportunidades que brinda la apertura. Tal cosa requiere de reformas radicales en los sistemas educativos tendientes a elevar su calidad en forma nunca vista y a desburocratizarlos.

 

2.      Los gobiernos federal y locales tienen que mejorar la infraestructura y los servicios que ofrecen a la sociedad en forma drástica. El costo de servicios deficientes de agua, teléfono y electricidad, la inseguridad pública, el pésimo sistema de transporte y otros problemas similares, llevan a menores salarios de los trabajadores. ¡Qué decir del estado de sitio que hoy sufre la capital!

 

3.      Los gobiernos deben remover la ineficiente burocracia y los trámites redundantes que impiden el florecimiento de la economía y la elevación de los salarios.

 

4.      En una era en que la información es esencial, las autoridades deben organizarse para difundirla y promoverla entre los agentes productivos, de tal naturaleza que los alerten de las principales tendencias de la economía mundial y de qué hacer y cómo organizarse para aprovecharlas.

 

La globalización ofrece beneficios enormes que hay que saber utilizar. Rechazarla, como proponen los demagogos delirantes, no es la solución. Hay que discurrir cómo llevar sus frutos a la población que hasta hoy ha sido marginada. Se requiere de un programa completo de gobierno que intentaré trazar aquí en los días por venir.


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