Asuntos Políticos
Ago 14, 2006
Cristina Massa

¿México dividido?

En realidad la elección mostró un México dividido. Pero esta afirmación debe ser matizada y bien dimensionada. ¿Hasta dónde llegan las diferencias políticas entre los electores?

Los resultados del 2 de julio han sido el centro del debate público en México. La incertidumbre generada por la impugnación perredista del proceso y más en general, por la competitividad de la elección, han ayudado a que la atención se fije casi exclusivamente en identificar quién es el ganador de la contienda. Para entender el escenario político actual, sin embargo, es necesario que se recurra a cifras y hechos que si bien pueden ser menos llamativos, son también mejores indicadores de la realidad política nacional.

 

El 2 de julio se expresó la pluralidad en las preferencias del electorado mexicano. Ningún partido político obtuvo mayoría absoluta en alguna de las cámaras que conforman el Congreso. Tampoco los candidatos presidenciales recibieron el apoyo de una mayoría aplastante de los ciudadanos. En realidad la elección mostró un México dividido. Pero esta afirmación debe ser matizada y bien dimensionada. ¿Hasta dónde llegan las diferencias políticas entre los electores? La respuesta es imprescindible para poder elaborar escenarios respecto al futuro político de México más allá de sus momentos electorales.

 

En primer lugar debe discutirse la idea de la división regional. Si bien hay diferencias regionales claras, tampoco son tales como para pensar en el sur perredista en oposición al norte panista. En el sur, el PRD obtuvo mejores resultados que su contraparte, pero sólo en tres estados (Tabasco, Guerrero y el Distrito Federal) se impuso con más del 50% de los votos. Por su parte, el PAN venció al PRD en el norte pero sólo rebaso este nivel de votación en dos Entidades Federativas (Guanajuato y Sonora). En ningún caso algún partido recibió más del 58% de los votos. Es decir, si bien hay claras ventajas regionales para los partidos políticos, es engañoso suponer que hubo decisiones unánimes.

 

Fijar la atención en el ganador y perder de vista la magnitud de su ventaja, supone el desconocimiento de un sistema electoral que tiene mecanismos para traducir el número de votos en escaños legislativos de una forma bastante proporcional. Sugiere también que se subestima a los votantes que son minorías. Aún más, oculta la verdadera realidad: sólo hay minorías más grandes que otras. En el estado de Veracruz que suele dibujarse de amarillo, el PRD sólo tuvo ventaja de un punto porcentual sobre el PAN, en Campeche la diferencia es incluso menor y así sucede con el estado de Puebla que se dibuja en azul aún cuando el PAN aventajó al PRD por escasos 5 puntos porcentuales.

 

Cuando se piensa exclusivamente en el ganador se excluye al PRI como actor relevante y, a pesar de su debacle electoral, el viejo partido oficial se mantiene como un actor nodal para las reformas legislativas y para obstruir o promover la estabilidad política del país desde los muchos espacios locales de gobierno que aún controla. Su participación en ambas cámaras del congreso es especialmente importante no sólo por su tamaño sino por su posición. En la medida en que el PRI está colocado entre dos posturas que cada vez parecen alejarse más, se convierte en el actor obligado y necesario para realizar coaliciones parlamentarias, ya sea hacia la izquierda o derecha del status quo.

 

Respecto a las diferencias ideológicas entre los electores también deben hacerse precisiones. Aún cuando los electores del PAN y PRD parecen alejarse entre sí, el respaldo ciudadano a las instituciones facilita una virtual desarticulación del conflicto. A pesar de que el PRD recibió una votación del 35%, sólo el 52% de ellos y el 24% del electorado en general, evalúan el proceso electoral como malo o muy malo. Sólo el 16% de los ciudadanos rechazaría el resultado del Tribunal Electoral en caso de que declarara a Felipe Calderón como presidente electo.

 

Desde el ejercicio de gobierno, el nuevo Presidente tendrá elementos para imponer nuevas discusiones y temas en la agenda pública, de suerte que se desarticulen los apoyos políticos de quienes tuvieran una posición obstruccionista. Es decir, los ciudadanos participan de la vida pública desde innumerables asuntos y no todos se traslapan en una división única. En la medida en que el nuevo gobierno explote nuevas divisiones que relajen la intensidad del conflicto electoral, la oposición y desconfianza ciudadanas se verán disminuidas. Justamente porque el país está dividido a lo largo y ancho de su territorio, hay elementos para esperar que así suceda.

 

La elección de 2006 debe ser explicada a partir de la observación de sus resultados en conjunto y no sólo de los ganadores que ha arrojado. Analíticamente debe explicarse el empate y no la victoria. La presidencia no es lo que fue ni el Congreso está sometido a ella. La distribución de escaños parlamentarios por el sistema de representación proporcional y las victorias distritales del PRD y el PAN en el sur y el norte del país, sólo enfatizan la pluralidad del país en su conjunto y la capacidad de las instituciones y electores para canalizarla. México ha elegido uniformemente un gobierno dividido.



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