Ideas al vuelo
Ago 15, 2006
Ricardo Medina

Fidel Castro y “el bien de todos”

El artículo primero de la Constitución cubana dice que “Cuba es un estado socialista… organizado con todos y para el bien de todos”. Su próxima muerte –anticipa el dictador- será una “noticia adversa”… y es que así se ven a sí mismos los déspotas: Como la encarnación del “bien de todos”.

Cerca de la muerte, Fidel Castro sigue siendo el supremo hacedor en la isla: él decidió ser relevado por su hermano Raúl, él redactó el parte que al mismo tiempo informa y oculta la naturaleza de su enfermedad, él decidió también darnos a conocer que en el futuro próximo debemos estar preparados para recibir “noticias adversas” (eufemismo para no mencionar, superstición, la palabra prohibida: muerte), él decidió que se difundiesen por fin imágenes suyas enfundado en un atuendo deportivo azul, blanco y rojo, cual bandera cubana, simulando hablar por teléfono y embelesándose con la primera página del “Granma” del sábado que, ¡sorpresa!, adornó su portada con una vieja foto del dictador y proclamó que la historia lo ha absuelto. Justo el día que cumplió 80 años.

 

Los mortales todos los días podemos aprender algo nuevo –a diferencia de los dictadores, como Castro, que se han de aburrir mucho porque ya lo saben todo- y merced a la publicitada agonía de Fidel Castro me he enterado que el primer artículo de la Constitución cubana proclama que la finalidad del Estado socialista es nada menos que “el bien de todos”. Mira por dónde vuelve a surgir la frasecita insignia que identifica en México a las huestes de don Andrés (quien, por cierto, confirma el adagio del temido síndrome que lleva su nombre: “¡Ay Andrés!, de día recitas lo que de noche lees”).

 

Volviendo al legendario dictador cubano: Queda claro que la noticia de su muerte –presumiblemente más próxima que la de la mayoría de nosotros- debe ser, constitucionalmente y sin lugar a disidencia alguna, una “noticia adversa”, es decir: infausta, aciaga, un hachazo brutal y homicida –como decía Miguel Hernández de la muerte de su amigo Ramón Sijé-; uno de esos aborrecibles mensajes de los “heraldos negros” (César Vallejo), porque supondrá una mengua irreparable en el “bien de todos”.

 

(Y aprovecho, por puro gusto, para citar a Vallejo: “Me moriré en París con aguacero,/Un día del cual tengo ya el recuerdo./Me moriré en París –y no me corro-/Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”).

 

No faltará el cursi –mi candidato es el argentino Miguel Bonasso, tan amigo de Fidel como de Néstor y Cristina Kirchner- que desempolvará adjetivos para mostrarnos que él fue discípulo dilecto del castrismo embelesado.

 

Ya lo ha hecho en reciente entrevista. Cito un fragmento y pido a los lectores correr por un pañuelo desechable:

 

“Sin  lugar a dudas todos rechazamos  la  ausencia  física  de  Fidel; quienes tenemos el privilegio, el honor de  considerarnos  amigos  de  él, disfrutamos  de  su  ternura, su  exquisita  sensibilidad y  de amor a  las causas  justas, se resiste uno a su desaparición física”.

 

¿Qué tal? A conseguir reliquias.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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