MARTES, 22 DE AGOSTO DE 2006
Reunión en Washington

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“Las instituciones resistirán el embate, Felipe Calderón será declarado Presidente Electo por el Tribunal, y tendrá que ir legitimando las acciones de su gobierno frente a la abultada minoría que creyó en López Obrador pero que no está dispuesta a inmolarse con él”


Relaté ayer parte del contenido de la reunión que organizó el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) el viernes pasado y las brillantes presentaciones de Raúl Ávila sobre el Tribunal Electoral y de Jeffery Weldon respecto a la favorable situación que tendrá el PAN en el próximo Congreso.

 

Toca hoy hacer la crónica de la tercera presentación de la reunión aludida, la de Sergio Sarmiento, a quien conozco hace más de dos décadas cuando él era columnista de temas económicos en El Financiero y yo trabajaba en el Banco de México en dónde una de mis labores era platicar con periodistas.

 

A lo largo de todos estos años Sarmiento y yo hemos seguido al tanto de nuestras respectivas carreras profesionales y mantenido el contacto, ya sea que me invitara a su programa La Entrevista o para conversar sobre temas económicos y políticos.

 

Siempre he respetado los denodados intentos de Sergio por ser objetivo aunque no siempre he estado de acuerdo con sus puntos de vista. Ese fue el caso con López Obrador, de quién si bien nunca fue un apologista sistemático –aunque en algunas de sus columnas llegó a parecerlo-, le daba el beneficio de la duda.

 

Por otra parte, mi juicio sobre López Obrador no ha variado desde que empecé a seguir su carrera de agitador profesional y nunca tuve la menor duda de su sesgo autoritario y del peligro que representaba para México. El 1º de febrero del 2001, cuando le otorgue el Premio al Antieconomista del Año, escribí de él:

     

“(Lo caracteriza) un populismo desaforado con el que pretende gobernar para los ‘pobreh’ regalándoles dinero…y todo tipo de programas de gasto clientelares que lo único que lograrán será hacer crecer la planta interminable de burócratas que laboran para el ‘gobierno’ capitalino y construir una base política que le permita a AMLO concretar su verdadera aspiración, que es la presidencia de la República.”

 

Es por ello que me dio tanto gusto que Sarmiento expresara en Washington, ya sin la menor ambigüedad, que no tenía ninguna duda del carácter y las intenciones de AMLO, y que él había buscado incansablemente indicios de los muchos fraudes señalados por el perredista, sin haber encontrado ninguno.

 

Poniendo la historia en un contexto más amplio, Sarmiento señaló que AMLO había venido preparando el escenario de la denuncia del fraude desde años antes, al poner siempre en duda la legitimidad de las instituciones electorales, empezando por el IFE.

 

Ello explicaría por qué Pablo Gómez, negociador del PRD para configurar el nuevo Consejo General del Instituto en 2003, se emperró en exigir una “cuota” de cuatro perredistas, el 44.4% del número total, cuando su partido difícilmente superaba el 20% de los votos en elecciones nacionales recientes.

 

La idea desde entonces era forzar al PRI y al PAN, que contaban con los votos necesarios en el Congreso, a nombrar ellos solos a los integrantes del Consejo General sin incluir a ningún perredista.

 

Sarmiento describió la completa congruencia de todas las encuestas de salida –salvo la de María de las Heras- validando el triunfo de Felipe Calderón por un estrecho margen, igual que lo hicieron el sistema de conteo rápido del IFE y los resultados de la tabulación general de los votos, y concluyó que López Obrador se encuentra en una fatal trayectoria de autodestrucción.

 

A su juicio, las instituciones resistirán el embate, Felipe Calderón será declarado Presidente Electo por el Tribunal, tomará posesión como lo señala el calendario institucional el 1º de diciembre próximo, y tendrá que ir legitimando las acciones de su gobierno frente a la abultada minoría que creyó en López Obrador pero que no está dispuesta a inmolarse con él.

 


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