JUEVES, 21 DE SEPTIEMBRE DE 2006
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“Dicen que están beneficiando a los pobres. Pero al detener la actividad económica, tanto en Oaxaca como en el centro de la Ciudad de México, han golpeado más a quienes menos tienen.”


Andrés Manuel López Obrador es un político con una gran habilidad para llamar la atención de los medios. Pero su capacidad para dialogar e impulsar iniciativas políticas que realmente beneficien a esos pobres que él dice representar ha sido mucho más limitada.

 

Sus conferencias de prensa matutinas cuando era jefe de gobierno, sus descalificaciones al presidente de la república al llamarlo chachalaca, sus grandes manifestaciones, su bloqueo del Paseo de la Reforma y su insistencia en dar el grito en el Zócalo o de crear un gobierno alterno, lo han convertido en el personaje político más famoso de nuestro país. Si algo se le puede atribuir es que, desde que llegó a la jefatura de gobierno del Distrito Federal, ha establecido constantemente la agenda política nacional a través de su manejo de los medios. Incluso el presidente Fox ha caído en el juego y ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo en responderle. En cambio, los logros de López Obrador en la lucha contra la pobreza han sido más bien marginales.

 

El programa de apoyo a los adultos mayores de la ciudad de México ha sido, sin duda, un éxito mediático, como lo fue en su momento Solidaridad de Carlos Salinas de Gortari. La experiencia en México y en el mundo, sin embargo, nos dice claramente que no es con programas asistenciales como se combate la pobreza. Esto sólo se puede hacer creando riqueza y empleos. Y el periodo de gobierno de López Obrador en el Distrito Federal fue más bien modesto en estos campos.

 

Curiosamente, el esfuerzo más venturoso de López Obrador para generar riqueza fue el impulso a la renovación del centro histórico de la ciudad de México. En esto contó con el respaldo de inversionistas importantes, como Carlos Slim y un grupo de constructores, que estuvieron dispuestos a apostar grandes cantidades de dinero a la reconstrucción del centro de la ciudad. Sin embargo, fue contra ellos precisamente que López Obrador se lanzó cuando secuestró el corredor Paseo de la Reforma-Zócalo para presionar a los magistrados del Tribunal Electoral.

 

Grupos simpatizantes de López Obrador, como la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca y la sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, han actuado con la misma lógica en la ciudad de Oaxaca. Ellos dicen que están beneficiando a los pobres. Pero al detener la actividad económica de la capital del estado, así como la educación de los niños oaxaqueños, han golpeado más a quienes menos tienen.

 

La izquierda mexicana tiene que pensar muy bien qué opción debe tomar ahora. ¿Quiere seguir a López Obrador en el camino de un liderazgo mesiánico que sólo se interesa en el poder? ¿O quiere recuperar las viejas causas de la izquierda y hacer un esfuerzo serio para combatir la pobreza?


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