LUNES, 25 DE SEPTIEMBRE DE 2006
Crisis de la izquierda en México

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“No es sólo una contradicción ética sino una posición política con consecuencias electorales profundas. Para sobrevivir la izquierda necesita debatirse a si misma.”


La izquierda en México ha logrado grandes triunfos ganando espacios de gobierno por vías institucionales; sin embargo, en los últimos meses la izquierda institucional corre el peligro de perder aquello que le permitió acceder a espacios de poder, por el choque de las corrientes encontradas dentro de su manifestación como partido político. La contraposición de ideas no ha resultado en una síntesis favorecedora que ayude a fortalecer a la izquierda, sino en la manifestación de la falta de un sincretismo ideológico que hoy la amenaza y que atiende a los diversos intereses personalistas de sus militantes.

 

El concepto de izquierda tiene sus orígenes en la revolución francesa, producto del esfuerzo de un grupo parlamentario que buscaba transitar de un Estado absoluto a un Estado liberal y que intentaba favorecer a la burguesía francesa, aun cuando fueron las clases populares las que lucharon para alcanzar los derechos fundamentales del pueblo francés. Izquierda y derecha han sido desde entonces dos categorías que han servido para denotar el contraste entre ideologías y movimientos políticos.

 

La izquierda, más igualitaria que la derecha, busca políticas distributivas que hagan más iguales a los desiguales; la derecha en cambio, defiende el tratamiento igual para todos, iguales y desiguales. Mientras la izquierda busca igualdad en los resultados, la derecha busca la igualdad en los procedimientos. A pesar del discurso redistributivo de la Revolución Mexicana (al menos en el discurso) en pro de obreros y campesinos, la institucionalización de los ideales revolucionarios a través del PRI y sus antecesores, no fue percibida como un “verdadero” movimiento de progresismo de izquierda y hubo lugar a la creación del Partido Comunista Mexicano (PCM), bajo concepciones ideológicas del marxismo.

 

Mucho tiempo ha pasado desde que la izquierda mexicana empezó a asomarse en la vida política del país y los ideales que ha pregonado, así como sus manifestaciones, han variado atendiendo a las demandas que han elaborado y a las posibilidades de participación que las instituciones le han permitido. En un principio los militantes de la izquierda mexicana actuaban de manera clandestina contra el Estado. Tras la reforma electoral de 1977, la izquierda mexicana conquistó la posibilidad de competir de manera formal por el poder. En un sistema de partido hegemónico con elecciones controladas desde el poder, sin embargo, las posibilidades reales de la izquierda mexicana de acceder a espacios de poder resultaban más bien nulas.

 

Fue hasta la década de los ochenta, cuando la izquierda y el gobierno encontraron en la transición una medida conciliatoria, el cambiar protestas por votos. Después de una gran escisión del partido oficial originada por un alejamiento de esos ideales igualitarios por la toma del poder de la tecnocracia, la izquierda se vio fortalecida y tuvo expectativas reales de triunfo. El fraude de 1988, volvió a castigar las posibilidades políticas de la izquierda. Sin embargo los grupos de oposición fueron integrados a espacios de poder y se realizaron reformas electorales que no sólo reconocían a la izquierda como competidor sino que le dotaron de mecanismos de financiamiento.

 

Con la fundación del PRD en 1989 se aglutinaron diferentes corrientes de la izquierda mexicana con el objetivo de aprovechar sus nuevos espacios institucionales y generar desde allí, las reformas necesarias para el país. El partido tenía un objetivo claro, en un sistema presidencial distinguido por el liderazgo unívoco del ejecutivo, el PRD se propondría la conquista de la presidencia. Se desestimaron desde entonces los espacios locales de gobierno e incluso se demeritó la importancia de escaños en el Congreso. Sin embargo, el mensaje fue claro: la izquierda caminaría por los espacios de la democracia, reformaría y no destruiría.

 

En esa lógica de participación política desde una oposición leal al régimen democrático, la izquierda mexicana fue conquistando espacios de poder, fomentó la renovación de las instituciones electorales que permitirían la competencia democrática entre élites. Con el tiempo y la experiencia legislativa, pero sobre todo después de arrebatar con el PAN la mayoría priísta en las cámaras, participó incluso en reformas que no eran sólo políticas, sino en el diseño de la política pública.

 

La relevancia del conflicto postelectoral para la izquierda mexicana es mayor porque cuestiona los fundamentos de su historia. La propuesta política de AMLO camina en el sentido opuesto al que le permitió a la izquierda mexicana, en 2006, estar tan cerca de llegar a la presidencia. Mientras la historia de la izquierda en el siglo XX mexicano ha sido la lucha por el reconocimiento jurídico y político de su existencia como un actor legítimo, y sus avances electorales han ido de la mano de sus logros en aquella trinchera, ahora que se desconocen las instituciones democráticas y se propone refundar en lugar de reformar, se desconoce también su propia historia.

 

Pero no es sólo una contradicción ética sino una posición política con consecuencias electorales profundas. El elector mexicano ha apoyado una izquierda que gobierna responsablemente, que participa por la vía institucional de la democracia que no es otra que la participación pacífica. La radicalización del discurso de una facción del PRD no responde a las motivaciones de sus electores, traiciona la consistencia que con tanto trabajo construyó en las últimas dos décadas, atenta contra la unidad tan delicadamente sostenida al interior del partido. Para sobrevivir la izquierda necesita debatirse a si misma.


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