MARTES, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2006
Felipe Calderón ante la delincuencia

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Fernando Amerlinck







“Resulta refrescante oír que ni vive en Felipelandia ni delezna a quien marcha libremente por su derecho esencial; que promete ponerse al frente de los esfuerzos civiles, convoca y pide apoyo; que ofrece ser servidor público. Ojalá todos los ejecutivos de entidades federativas aceptaran lo que él: que ésta es su obligación número uno.”


Felipe Calderón y Margarita Zavala, ciudadanos de a pie, llevaron en carreola a su bebito a la primera marcha que hizo México Unido contra la Delincuencia, junto con cerca de 120,000; era el 29 de noviembre de 1997.


Daniel Arizmendi había asesinado meses antes a Raúl Nava, hijo del alma de este organismo y presidenta honoraria hoy. Josefina Ricaño de Nava tuvo dos opciones: sentarse a llorar, o convocar a evitar nuevos actos así. Sus amigos; los que por eso la conocimos; y los que llegaron después, conformaron una de las más limpias y numerosas organizaciones libres de este país. La marcha del 27 de junio de 2004 superó al millón.


Fue, como candidato a México Unido, el 8 de mayo a firmar 10 compromisos por la seguridad; y el 21 de septiembre, Margarita y él acudieron de nuevo. Fue visible su atención al discurso de la presidenta nacional, Mª Elena Morera: la miró fijamente, atendió sus palabras, tomó notas y escuchó el claro tono de exigencia –respetuosa, perentoria, inclemente– al electo presidente: la situación no ha mejorado… el sistema de seguridad y justicia está agotado… hacen falta cambios sustanciales… reconstruir desde los cimientos… basta de simulaciones de las autoridades. "Somos claros en nuestra demanda, y queremos resultados".


Se le hizo la misma petición hace seis años a Vicente Fox, en el Auditorio Nacional. Hace dos le recordamos su palabra empeñada al tomar protesta, en Los Pinos, a la nueva directiva de México Unido. Lo mismo ha recibido Felipe Calderón, pero a nadie le dio el avión. Su discurso fue memorable en dos sentidos: por su clara preocupación, compartido sentido de urgencia, y evidente compromiso; y porque rememoraremos sus palabras y, de ser necesario, se las recordaremos:


"La primera obligación de un gobernante es cumplir y hacer cumplir la ley" y la convicción ética, personal y profesional para hacer esto, es la primera obligación del poder. "Si el Estado y sus órganos tienen el monopolio de la fuerza pública es precisamente para hacer valer los derechos de los ciudadanos".


"Todos los gobiernos de todos los partidos –del PRI, del PAN, del PRD– tenemos cuentas pendientes que no hemos saldado con la sociedad en materia de justicia". Y en el D.F., respecto al jefe de gobierno electo: "quiero que lo sepa él: que para mí no hay diferencias de carácter político; o le entramos juntos, o le entramos juntos".


Dejó claro que "la inseguridad y la delincuencia organizada amenazan ya al Estado mexicano, a la paz, la estabilidad y la vida de la nación." Y, esencial: "Cueste lo que cueste… implicará tiempo, dinero y también pérdida de vidas humanas".


Refresca oír al próximo responsable de restaurar el orden constitucional, hablar sin triunfalismo. Esperaremos que realmente cumpla su promesa, su empeñada palabra; así cueste –lo evocó– sangre, sudor y lágrimas. Y si prometió actuar con valor, también reconoció como obligada la unidad nacional ante este reto.


Si evidencia tener tamaños, una sociedad vulnerada irá tras él. No sólo con vidas humanas, lágrimas, valor y sudor; también apoyo, talento e imaginación; y si como dijo, no le importa perder popularidad para evitar incentivos perversos que fomenten, desde el gobierno, que la ley se incumpla. "Quiero empeñar mi palabra en que, reconociendo que este es un flagelo que no podrá corregirse en el corto plazo, no escatimaré recursos ni esfuerzos para cumplir con la responsabilidad de brindar seguridad". Y declaró tener la convicción ética, personal y profesional, para hacerlo.

Resulta refrescante –esperanzante– oír que ni vive en Felipelandia ni delezna a quien marcha libremente por su derecho esencial; que promete ponerse al frente de los esfuerzos civiles, convoca y pide apoyo; que ofrece ser servidor público. Ojalá todos los ejecutivos de entidades federativas aceptaran lo que él: que ésta es su obligación número uno.


No sueño con que México Unido contra la Delincuencia pudiera pronto dejar de existir. Pero sí, al menos, que al fin del sexenio evidenciemos que el objetivo central se ha cumplido en una apreciable proporción.


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