Ideas al vuelo
Oct 3, 2006
Ricardo Medina

Libros: La falacia del “monopolio”

Desde cierto punto de vista, falaz, cada marca es un monopolio: Los cigarros “Camel” en el mercado mexicano son un “monopolio” de British American Tobacco México, pero cuestan sensiblemente más en un restaurante que en un estanquillo y, sobre todo, compiten con las demás marcas de cigarrillos y con la sabia decisión de no fumar.

Tengo para mí que Gabriel Zaid revolucionó el género del ensayo en México y no cambiaría un solo ejemplar de “Cómo leer en bicicleta” o “Para leer poesía” de Zaid por una docena de libros de, digamos, Carlos Monsiváis. En ese sentido, Zaid tiene toda la razón del mundo al decir que el autor o sus herederos o, más generalmente, el editor, tienen el monopolio de la obra en determinado mercado y que cada libro – propuesta cifrada que se ofrece para ser descifrada- es un monopolio.

 

Pero, aceptada esta peculiar definición de monopolio, aceptemos también que cada chile en nogada es un monopolio, que los cigarros marca “Camel” son un monopolio y que los autos Toyota modelo Yaris son un monopolio. Por supuesto, el dueño del producto – quien cocinó el chile en nogada, el minorista que compró los cigarros, la planta que fabrica los automóviles y el editor que deja a consigna el libro en las librerías- está en todo su derecho de fijar un precio único para su producto o de hacer los descuentos o cargos que les plazca.

 

Básicamente, existen dos sistemas para establecer los precios de los libros: El de precio único y el de precio recomendado. En el primero, el distribuidor está obligado a vender siempre al precio establecido por el editor (quien, mientras el libro no se vende, sigue siendo el propietario de ese objeto físico llamado libro) y eventualmente podrá hacer algún descuento, pero sólo el permitido y pactado de antemano por el editor. En el segundo sistema, precio recomendado, el editor (y con él, el autor) se aseguran un ingreso mínimo por libro vendido, pero dejan en libertad al distribuidor de hacer los descuentos – o los cargos adicionales- que le plazcan.

 

La propuesta del precio único en los libros – la prohibición ¡por ley! de hacer descuentos- castiga a los distribuidores más eficientes que podrían hacer mayores descuentos y promociones (por mayor capacidad financiera, por economías de escala o porque ésa es su estrategia) buscando evitar que esa eficiencia (compárese la logística de Wal Mart con la de la librería Alfonso Reyes del Fondo de Cultura Económica) “abarate” el mercado…Al castigar al distribuidor eficiente la propuesta condena a los consumidores a precios más altos y a una oferta más escasa.

 

Por otro lado, la falacia del “monopolio” salta a la vista: Zaid y sus editores tienen el monopolio de los ensayos de Zaid, pero no tienen el monopolio de los ensayos en español, ni en el mercado mexicano, ni mucho menos el monopolio de los libros en el mundo. Zaid compite con Monsiváis pero también, ¡ay!, con el detestable “libro vaquero”.



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