Asuntos Políticos
Oct 16, 2006
Cristina Massa

El Estado cooptado

El uso de la fuerza es una señal de que el poder mengua pero es también una alternativa legítima cuando se usa como recurso para defender aquellos valores de la democracia y las instituciones que los sostienen.

Más allá de sus particularidades, los conflictos políticos contemporáneos son ilustrativos del extravío en el ejercicio del poder en México. Los políticos profesionales y grupos de interés buscan posar, siempre falsos, de la mano de un concepto socialmente aceptado. Un bien público deseable. En defensa de la democracia erigen autoritarios movimientos. Invocando a la democracia buscan la impunidad que la marchita. El abuso ha alcanzado su límite y la estrategia no sólo tiende a acabar en desencanto, sino en la parálisis del estado para cumplir sus funciones más elementales. Es necesario aclarar lo que la democracia es, lo que le es propio y lo que le es ajeno.

 

La democracia es una forma de gobierno. No es un talante cultural ni societal y mucho menos un modelo económico. La democracia es la competencia de élites por el poder a través del voto popular. La democracia, en consecuencia, no es sino una configuración de la distribución del poder político en una sociedad. Está definida por un mecanismo de selección de gobierno y una manera de ejercerlo.

 

La democracia genera, a través de elecciones donde todos tienen derecho a votar y ser votados, incentivos que llevan a los políticos a buscar las políticas que sus electorados prefieren. Estos incentivos aumentan o decrecen con la competitividad de las elecciones y la calidad de las instituciones políticas. Pero la democracia tiene en este mecanismo de competencia una inigualable herramienta para estimular la representación política y distribuir el poder y moderarlo con su mejor contraparte: “la ambición contiene a la ambición” y “el poder contiene al poder”.

 

La democracia tiene el valor político de entregarnos a los ciudadanos el poder de elegir a quiénes y cómo nos gobiernan, de garantizar a través de la competencia y existencia de oposiciones el cuidado de las libertades individuales y el derecho de las minorías, de reducir la asimetría de información entre políticos y electores, así como crear gobiernos responsables frente a la sociedad que los elige.

 

En el velo de la democracia, sin embargo, grupos de interés y políticos profesionales tratan de guardar la impunidad y el agravio. Detrás de los procedimientos de la democracia está el reconocimiento de dos valores: la equidad y la libertad. En consecuencia, sus instituciones se diseñan para dar cabida a la disidencia, al pluralismo. Las minorías tienen las garantías de coexistir en la sociedad y las mayorías poseen los mecanismos para no ser dominadas. Pero la discusión y el diálogo democráticos sólo tienen sentido en tanto suceden en los espacios propicios para ello.

 

La democracia, para bien o para mal, excluye a los movimientos antidemocráticos que la combaten. Pero sobre todo, la democracia subsiste en tanto los canales de resolución de conflictos se mantienen en el marco legal que la delinea. El espacio vacío de la democracia en tanto lugar difuso donde el poder público es compartido, sólo mantiene una forma corpórea en los límites del marco jurídico que defiende y establece sus contenidos.

 

El pluralismo democrático, imparcial, que intenta generar el espacio público de la convivencia de los diferentes es sólo un espacio institucional, que da cause al flujo de motivaciones individuales en una sociedad. Guardando las proporciones entre estos conflictos, lo mismo la criminalidad de la APPO que el vandalismo sindical o la irresponsabilidad magisterial y el bloqueo de la churrigueresca protesta lopezobradorista son fenómenos que escapan a esos espacios. Para consolidar la democracia mexicana debe replantearse hasta dónde la tolerancia democrática se combate a sí misma.

 

La democracia es un régimen que establece controles al poder pero no lo desaparece. La negociación política es un mecanismo legítimo y deseable para evitar la violencia. El diálogo es el antídoto de la fuerza. Pero la tolerancia debe establecer sus límites. Hay un abismo que separa al ciudadano que participa, se organiza, debate y se reconoce como sujeto de derechos y en consecuencia los demanda, de quienes usan la fuerza para negar las libertades del adversario, del otro, del diferente. Es el mismo trecho que separa a la pasión política democrática de la vocación totalitaria.

 

La democracia no puede tolerar la intolerancia. Allí su límite. El Estado existe para proteger los derechos de los individuos. La democracia es el cuerpo político que hace extensivos esos derechos a la totalidad de sus habitantes. El uso de la violencia es un síntoma de que los canales institucionales del diálogo y la participación pacífica no son suficientes para encauzar las demandas de la sociedad. El uso de la fuerza es una señal de que el poder mengua pero es también una alternativa legítima cuando se usa como recurso para defender aquellos valores de la democracia y las instituciones que los sostienen.

 

En México debe establecerse que la democracia es el canal único. Que sus mecanismos son exhaustivos. Cuando se han agotado debe usarse aún la protesta cívica, las marchas, las huelgas u otros mecanismos de presión. Pero cuando las acciones rebasan el derecho de los otros y atentan contra la normalidad de la democracia, el uso de la fuerza se torna legítimo. Si bien es señal de la debilidad de los gobiernos al no poder resolver los conflictos por otros medios, más grave es la indiferencia, la posición tibia que inhibe un conflicto violento para generar otros tantos. La disposición al diálogo debe ser el mecanismo preferido a la violencia porque es deseable y no porque es el único. La democracia en México debe mejorar en la canalización de conflictos pero también enfrentar con seriedad los límites de la tolerancia.



Comments powered by Disqus
El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
Entrar
Encuesta de la semana
Termina la era “TLCAN” y comienza la era “T-MEC”. ¿Considera que será suficiente para remolcar a la economía mexicana y hacerla crecer a pesar de que los motores internos están apagados (consumo, inversión, inversión gubernamental)?
Artículos recientes...