Sólo para sus ojos
Oct 16, 2006
Juan Pablo Roiz

¿Es fácil ser el hombre más rico de México?

El proyecto del interino le falló al ingeniero, pero como buen hombre de negocios se rehizo inmediatamente, marcó distancias con el loquito de Tabasco, se acercó a Calderón y hoy pretende dictarle sus condiciones, y de paso cobrarle agravios pendientes a quienes no fueron del todo amigables.

El jueves pasado Carlos Slim Helú dijo que es fácil ser Secretario de Hacienda o Gobernador del Banco de México cuando los precios del petróleo están en 60 dólares el barril y cuando hay remesas anuales por más de 25 mil millones de dólares. Y lanzó su desafío: Para que México crezca se necesita que el próximo gobierno libere recursos presupuestales para que inversionistas privados le entren a proyectos de dotación de servicios públicos y de construcción de infraestructura.

 

El ingeniero Slim sabe, sin duda, lo que quiere y cómo lo quiere. No quiere, por lo pronto, funcionarios como Francisco Gil Díaz o como Guillermo Ortiz que anden obstaculizando los negocios del hombre más rico de México. No quiere gente como Gil Díaz que le ponga objeciones a que se modifique el título de concesión de Telmex –modificación que permitirá que Telmex sea el actor dominante no sólo en el mercado de la telefonía, sino también en el mercado de la televisión restringida o de pago-, no quiere gente como Ortiz que está todos los días criticando los altos costos de los servicios financieros y la falta de competencia en los mercados. Tampoco quiere que el próximo Secretario de Hacienda tenga como prioridad mantener en equilibrio o en superávit las finanzas públicas o que el gobernador del Banco de México insista en una política monetaria responsable para mantener la estabilidad de precios.

 

Slim desea, y es transparente en sus declaraciones, que se abran las llaves del gasto público para obras de infraestructura, para lo cual ya creó “Ideal”, un consorcio especializado en obras públicas dispuesto a llevarse la tajada del león de futuros contratos que licite el gobierno mexicano, para construir presas, carreteras, líneas de ferrocarril, hospitales, escuelas, lo que se ofrezca. Slim desea que el próximo gobierno no se ande con monsergas neoliberales acerca de la libre competencia en los mercados, la defensa de los derechos de los consumidores, la responsabilidad fiscal o la estabilidad monetaria. Slim sabe muy bien que su gran fortuna la hizo en un entorno de inflaciones altas y de generosa discrecionalidad por parte del gobierno hacia empresarios “nacionalistas” –como Slim, desde luego- a quienes se les dieron amplios cotos de mercado para explotar (el título de concesión de Telmex, cuando se le vendió a Slim, es de antología: Monopolio asegurado por varios años, tarifas ajustables por decreto por encima de la inflación –para capitalizar a la empresa- y opción de obtener rentas adicionales, vía subsidios cruzados, como cuando las altas tarifas de telefonía local permitieron a Telmex actuar como depredador en el mercado de larga distancia, ya abierto a la competencia) y otras ventajas indiscutibles. Hoy, cuando la globalización y la internet están marcando el fin de las rentas extraordinarias en el negocio de la telefonía, Slim ha ampliado sus horizontes: Quiere generosos presupuestos de obras públicas, tratos fiscales preferenciales, nuevos cotos de caza (la televisión, por ejemplo) que le permitan capturar nuevos excedentes de los consumidores.

 

Todo mundo sabe que Felipe Calderón nunca fue el candidato de Carlos Slim; sus candidatos fueron, primero, Andrés Manuel López Obrador –y su proyecto de restauración del nacionalismo revolucionario, al amparo del cual los mercantilistas mexicanos hicieron fabulosos negocios- y cuando López enloqueció su candidato de reemplazo fue Juan Ramón de la Fuente como parte del plan de unos 18 meses de presidencia interina, durante la cual se establecieran nuevas reglas del juego a modo para los negocios de Slim y se frenaran todos los aviesos intentos –de los “cochinos neoliberales”- tendientes a imponer condiciones de libre y plena competencia en mercados que Slim considera suyos y sólo suyos.

 

Ni modo, el proyecto del interino le falló al ingeniero, pero como buen hombre de negocios se rehizo inmediatamente, marcó distancias con el loquito de Tabasco, se acercó a Felipe Calderón y hoy pretende dictarle sus condiciones, y de paso cobrarle agravios pendientes a Gil Díaz y a Ortiz Martínez, quienes no fueron todo lo amigables que hubiese deseado el ingeniero Slim. Ese par de tecnócratas nunca entendieron –desde la perspectiva de Slim- que lo que es bueno para grupo Carso es bueno para México. De ahí la crítica despectiva: Poco mérito habrán tenido ese par –Gil Díaz y Ortiz Martínez- en consolidar la estabilidad, cuando les ayudaron los altos precios del petróleo y los millones de dólares que envían a sus familias en México quienes trabajan en Estados Unidos.  

 

La pregunta que habría que hacerle al ingeniero Slim es la siguiente: ¿No es fácil ser el hombre más rico de México y el tercer hombre más rico del mundo cuando te entregaron envuelto para regalo el monopolio de la industria telefónica en México?, ¿no es fácil seguir siéndolo cuando en este sexenio que termina la Secretaría de Comunicaciones y Transportes funcionó, para todo efecto práctico, como la oficina de gestoría de los intereses, en este orden, de Slim, Azcárraga Jean y Salinas Pliego?

 

Es fácil, desde esas alturas, menospreciar el más importante logro del gobierno de Vicente Fox –la consolidación de la estabilidad económica y la renovación del sistema financiero- y marcar una nueva agenda para el nuevo Presidente: Hay que crecer a como de lugar, pero no te preocupes de las reformas estructurales, tú sólo abre las llaves del gasto de inversión –yo me encargo de captarlo- y tú sólo garantízame la protección en mis cotos de caza de rentas. Del crecimiento, me encargo yo. Fácil.



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