Ideas al vuelo
Nov 6, 2006
Ricardo Medina

Matar a Saddam Hussein no nos hace mejores

Saddam Hussein ha sido sentenciado a morir en la horca por un tribunal especial, iraquí, y de pleno derecho. Este abominable émulo de Stalin no merece compasión, pero de ninguna forma puedo unirme al regocijo de miles de sus víctimas que festejan la sentencia. La pena de muerte es una aberración aun para recetársela a los monstruos.

Durante el largo juicio, que sólo se refirió a uno de decenas de crímenes contra la humanidad que cometió Hussein (la matanza despiadada de 148 presuntos conspiradores chiítas en 1982 en la localidad de Duyail), Hussein jamás mostró la menor señal de arrepentimiento. Le quedan pendientes otros juicios –por ejemplo, sobre la matanza de kurdos y sobre las atrocidades que perpetró durante la guerra contra Irán- y les queda, a él y a los otros condenados, la oportunidad de apelar la sentencia.

 

Saddam Hussein y sus colaboradores cercanos jamás le dieron a sus víctimas la oportunidad de un juicio más o menos imparcial, con abogados defensores, con derecho a discutir públicamente y a presentar pruebas de descargo, con derecho a recurrir la sentencia en una apelación ante otro tribunal. Saddam Hussein no puede quejarse de haber sido torturado para incriminarse o de haber sido objeto de mutilaciones a cambio de una supuesta confesión de culpabilidad, como él estilaba con sus opositores o como sucedía durante los juicios “ejemplares” que organizaba su admirado Stalin para deshacerse de potenciales adversarios.

 

El proceso judicial ha sido correcto y la sentencia proporcional conforme a las leyes vigentes en Irak. Le han juzgado sus compatriotas, no un tribunal de guerra encabezado por potencias enemigas. Ni hablar.

 

Sin embargo, ¿resuelve algo esta sentencia a muerte?, ¿compensa la muerte de Saddm Hussein el inmenso sufrimiento que causó?, ¿vale tan poco la vida de sus víctimas como para quedar satisfechos con este intercambio en el que aquél que “a hierro mata, a hierro muere”?

 

No. Las víctimas de Saddam Hussein, los familiares y amigos de esas víctimas, el pueblo iraquí vejado por años, los chiítas, los kurdos, los opositores, las víctimas inocentes, ¿de veras ganan algo con ponerse al mismo nivel moral que su victimario y cegar una vida humana, monstruosa, sí, pero humana?

 

Dudo que sobre las muertes de Saddam Hussein, de su medio hermano Saddam Barsan Al Tikriti y del corrupto y despiadado Awad Al Bandar –juez venal al servicio del atroz régimen de Saddam Hussein-, pueda edificarse en Irak una sociedad más libre, más tolerante, más humana. Entiendo que ante las atrocidades que cometieron estos tipejos, la sentencia a muerte haya sido recibida con aparente júbilo. La cadena de televisión iraquí Al Irakiya mostró a familiares de las víctimas de la matanza de 1982 celebrando la sentencia. Es lógico, pero tiene un innegable aroma de venganza, de revancha, de desquite… no de plena justicia.

 

La pena de muerte es un pésimo negocio. Salpica a quienes la ejecutan un poco o un mucho del profundo envilecimiento de los asesinos condenados.



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