MARTES, 7 DE NOVIEMBRE DE 2006
Perplejidades acerca de una condena a muerte

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“¿Y si matar rápidamente a Saddam Hussein fuese la solución más eficaz para que no tengan que rendir cuentas quienes desde Occidente colaboraron con la criminal carrera del “carnicero de Bagdad”?”


Ante los numerosos y apasionados comentarios que suscitó mi oposición a la pena de muerte, aun para criminales terribles como Saddam Hussein, confieso que me he quedado con más preguntas que respuestas.

 

Por una parte, la mayoría de los comentarios parecen avalar, para este caso concreto, la pena de muerte, dada la monstruosidad de los crímenes de Hussein y su pertinaz empeño en mostrarse orgulloso, en lugar de arrepentido, respecto de sus crímenes.

 

Además, se argumenta que la llamada pena capital es aleccionadora y compensa, así sea muy imperfectamente, los sufrimientos causados por el criminal.

 

Por otra parte aún hay muchos más ángulos no discutidos en este asunto:

 

Si de lo que se trata es de hacer sufrir a Saddam Hussein al menos una fracción de lo que él hizo sufrir a miles, entonces no le demos la compasiva salida de morir en la horca: ¿qué es más ignominioso y humillante?, ¿matarlo rápidamente para que se convierta en un héroe de los sunnitas contra los chíitas o dejarlo con vida, tal vez lobotomizado, encerrado en una jaula como en un zoológico (los gastos de su manutención podrían sufragarse con la venta de boletos para quienes quieran ver en vivo al monstruo)? Sin duda, un castigo como el descrito sería más humillante e indigno que la misma muerte. ¿Lo avalaríamos por su ejemplaridad, aunque implicase tratar a un ser humano como bestia en cautiverio?, ¿qué persigue la aplicación de castigos a los criminales?, ¿compensación?, ¿venganza?, ¿evitar nuevos crímenes?, ¿cuáles son los incentivos correctos para el fin que se persigue? 

 

Ahora bien, en esta condena a muerte no falta cierta dosis de hipocresía. La legislación iraquí, comparada con la legislación vigente en la mayoría de los países occidentales, es bastante primitiva y no comparte los valores occidentales de respeto a la vida humana, por lo que deberíamos reflexionar si con esta condena casi medieval no estamos avalando un sistema de justicia más cercano a la revancha que al respeto a la libertad y a la dignidad humanas.

 

¿Creemos o no creemos en la superioridad moral y racional de los valores occidentales o sólo lo hacemos cuando nos conviene?, ¿no estamos avalando en Irak algo que jamás avalaríamos para nuestras propias sociedades, escudados en un hipócrita "multiculturalismo"?

 

Y por último, las preguntas más perturbadoras: ¿por qué no hemos hecho hablar a Saddam Hussein acerca de sus tratos con Jacques Chirac, con Vladimir Putin, con algunos políticos estadounidenses -como Donald  Rumsfeld-, con el hijo de Koffi Annan, quien fue su cómplice en la corrupción del programa de la ONU de alimentos por petróleo?, ¿será que matarlo es la solución más eficaz para que aquellos que hicieron posible, desde fuera de Irak, la carrera exitosa de ese monstruo queden impunes?


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