JUEVES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2006
Devaluación sin devaluación

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“Estamos viviendo las mismas consecuencias generadas por una devaluación: desconfianza, corto-plazismo, costos de incertidumbre, parálisis—y una fuga inexorable, si bien silenciosa, de nuestro capital humano.”


Una de las leyes (casi) naturales en nuestro sistema político moderno es la ley del aterrizaje duro: los presidentes arrancan su sexenio con expectativas espectaculares, pero acaban su mandato con esperanzas frustradas, en un ambiente de cinismo y confrontación, y una economía hecha pedazos por los efectos de una devaluación cambiaria.

 

La excepción a la regla fue Zedillo. Empezó con el error de diciembre, acabó con la inauguración de la alternancia. Vicente Fox, sin embargo, es el caso más dramático de este cambio radical de expectativas: haber iniciado con un capital político sin antecedente, para estar acabando con una credibilidad hecha pedazos, con la imagen de líder débil, sin los tamaños para enfrentar los desequilibrios que se ven en todas partes, a todas horas.

 

La paradoja, como diría Paco Calderón, es merecedora no de la observación de los analistas, sino de la terapia de los psicoanalistas. Por un lado imperan los corporativismos, los grupos cuasi-armados, los nuevos revolucionarios, los políticos de una oposición que desafía abiertamente el orden institucional. El crimen es más común que el castigo, a la vez que los secuestros, ya sea de las calles o de nuestros familiares, se han vuelto parte de una vida sin sentido, un laberinto lleno de soledad.

 

Por otro lado, los mercados financieros y las expectativas de inversión rugen con optimismo, bajo un clima creíble de estabilidad, sin las terribles distorsiones ocasionadas por las crisis cambiarias del pasado. Por primera vez en tres décadas, el tema cambiario no figura en los lemas y los dilemas del debate público. No es prioridad. Sin embargo, a pesar de ello (y vaya que es motivo de celebración), los agentes enfrentan un escenario lleno de incertidumbre, de desconfianza sobre el futuro, pero desconfianza también en el sistema de leyes. La incredulidad se ha convertido en una faceta más de nuestro quehacer. El largo plazo es un asunto de veinticuatro horas, no de veinticuatro meses (por no decir años).

 

En otras palabras, estamos viviendo las mismas consecuencias generadas por una devaluación: desconfianza, corto-plazismo, costos de incertidumbre, parálisis—y una fuga inexorable, si bien silenciosa, de nuestro capital humano. La devaluación cambiaria, en el pasado, generaba un trauma mucho más allá del desorden macroeconómico. Era un reflejo de voluntarismo político, pero también de rompimiento de un contrato de la autoridad con el pueblo. Esta devaluación ha sido de corte institucional: decir una cosa, hacer otra; ceder ante la presión; dejar que impere lo que sea, como sea, por miedo a ser caracterizado como represor. Otro contrato social despedazado por el volutarismo, no presidencialista, sino de su anti-tesis exacta: la pirámide invertida, sin fundamento, sin credibilidad (o sea crédito,  sin credere).

 

La culminación de esta terrible frustración con el vacío de orden, de liderazgo, es la ridícula suposición de recurrir a un “Plan B” para la toma de posesión. Empero un Plan B haría del próximo Presidente Felipe Calderón un presidente B—devaluado, sin crédito, iniciando su mandato con la señal de que ni puede ni se puede, que no amerita el orgullo de portar nuestra franja tricolor. Es bienvenido el rechazo felipista de esta alternativa. Lo curioso, lo literalmente increíble, es que se haya contemplado.

 

Este es nuestro escenario: una devaluación sin devaluación. Ojalá no se transforme en un nuevo ciclo de crisis sexenales.


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