JUEVES, 16 DE NOVIEMBRE DE 2006
El camino de las oportunidades

¿Usted cree que es una buena idea que sean Pemex y la Secretaría de Energía quienes construyan una refinería?
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“Si se viola una ley injusta lo único que se viola es esa ley, no algún derecho de alguien. Por el contrario, si se viola una ley justa se viola la ley y algún derecho de alguien.”
Othmar K. Amagi

Adolfo Gutiérrez







“La capacidad que tienen los países de generar oportunidades de desarrollo para su gente depende de la libertad, los incentivos y las reglas que tienen sus habitantes para generarlas.”


El crecimiento económico no es otra cosa que la generación de verdaderas oportunidades de desarrollo para las personas; oportunidades para estudiar, para trabajar, para ahorrar, para consumir, para invertir.

 

La capacidad que tienen los países de generar oportunidades para su gente no depende ni de su clima ni de su dotación de recursos naturales, como se pensaba en el pasado. Ni Japón, ni Suiza, ni Hong Kong poseen grandes territorios, ni terrenos propicios para la agricultura o la ganadería, ni importantes yacimientos de petróleo o minas de metales preciosos. Vaya, Suiza ni siquiera tiene salida al mar. Las tres son hoy importantes potencias económicas.

 

El crecimiento económico tampoco se debe a que los países ricos exploten a los pobres. España y Portugal, que fueron grandes potencias coloniales, eran a mediados del siglo XX naciones pobres y atrasadas. Igual Francia, Italia y Bélgica, antiguas potencias, hoy lo son pero de tercero y cuarto nivel. Hong Kong, fue colonia británica y hoy se destaca por su riqueza económica, en un territorio que no posee ninguna riqueza natural. La nación más rica del planeta, Estados Unidos, fue también colonia en el pasado.

 

Hasta ahora, la evidencia empírica indica que la ayuda internacional a los países pobres tampoco se traduce en mayores oportunidades de desarrollo para sus habitantes. Está comprobado que la ayuda externa sólo ha fomentado la corrupción, el derroche, el desempleo y el deterioro ambiental en los países atrasados. Un estudio de la década de los 80 demostró que el país africano con la mayor ayuda externa por habitante era el que más se había empobrecido.

 

Los países que generan más oportunidades tampoco son los que más gasto público destinan al ámbito social. Desde que Alemania, Italia y Francia desbordaron su gasto público (cerca del 60% del PIB es acaparado por el gobierno) para sostener a su famoso Estado de Bienestar, han dejado de crecer y, de hecho, el ingreso personal en esas naciones comienza a estancarse y a ser rebasado por el de países cuyo gasto público es menor.

 

Los políticos de esos países –y uno que otro romántico despistado- creen fervientemente que, a través de un poderoso Estado benefactor, puede darse a la gente lo que no tiene. Basta con un acto generoso de voluntad redistributiva para crear todo lo que la economía no ha sido capaz de crear. Sólo hay que otorgar derechos, a diestra y siniestra, que aseguren la felicidad a todos, desde una completa alimentación hasta buenas escuelas, hospitales, universidades y jubilaciones. “Una especie de acto mágico, de atajo milagroso, que lleva del atraso al bienestar”, como dicen los expertos.

 

El problema es que la regulación y los altos impuestos requeridos para sostener al Estado benefactor reducen las oportunidades de la gente de hacer su propia vida, frenan el crecimiento y crean desempleo. Como consecuencia, la actividad económica es baja y el nivel de vida se estanca o deteriora en esos países.

 

Es curioso que los admiradores del Modelo Social Europeo y su “social democracia” -ese Estado grande con altos impuestos, monopolios estatales omnipresentes, mercados de trabajo regulados, ambiciosos programas de bienestar social, amplias restricciones a la libre empresa y grandes sistemas estatales de seguro social- nunca hablen del vergonzoso estancamiento económico que ha ocasionado. En los últimos 15 años, Francia, Italia y Alemania, con su orgullosa “economía social de mercado”, han registrado un mediocre crecimiento económico de 1.5% en promedio al año (ni la mitad del observado por Estados Unidos) y crónicas tasas de desempleo del 10% (el doble que el promedio de los países de la OCDE). Así pues, no es de sorprender la desesperación de los jóvenes europeos (evidenciada en los pasados disturbios en París) causada por las “benefactoras” políticas económicas y sociales.

 

Suecia, ejemplo por antonomasia del gran Estado de bienestar -al que llegó, por cierto, a través de un pujante capitalismo abierto al mundo y mediante el que se crearon las condiciones de un progreso social sin precedentes-, y que suele ser la demostración para muchos de que sí se puede garantizar el bienestar a todos a fuerza de decisiones políticas, se está deshaciendo ya de su modelito benefactor, al darse cuenta de que éste pone en peligro las bases de la prosperidad que los mismos suecos habían alcanzado mediante la economía de mercado. El masivo recorte de impuestos, las reformas liberalizadoras y la profunda ola de desregulación que Suecia lleva a cabo en estos momentos está devolviendo la esperanza a las personas y colocando a ese país a la cabeza de las economías más prósperas de la Unión Europea. Cuando aquí ponemos de ejemplo el modelo benefactor sueco, en ese país tratan de olvidarse ya de ese mito que ellos mismos difundieron por el mundo (recomiendo mucho leer la investigación al respecto de Mauricio Rojas, Suecia después del modelo sueco).

 

En contraste con el Estado todopoderoso está el gobierno limitado y la economía de libre mercado. En estas sociedades, donde el Estado pesa poco y se entromete menos en las decisiones de las personas, la gente tiene más oportunidades para mejorar sus condiciones de vida. Impuestos bajos y mercados laborales libres disparan las oportunidades de empleo y la prosperidad general. Eso lo vemos en países como Corea del Sur, Irlanda, Nueva Zelanda, Australia, Eslovaquia, Estonia, Estados Unidos y, más recientemente, Islandia.

 

Corea, por ejemplo, después de su guerra (1953-1960), tenía un ingreso por persona de menos de 87 dólares al año. Las reformas de mercado en la década de los sesenta consiguieron atraer la inversión, lo que dio como resultado una de las economías de crecimiento más rápido del mundo (el PIB per capita coreano creció a una tasa anual de 7.0% entre 1965 y 1995), lo que se conoce como el “Milagro del Río Han”. En esos 30 años, Corea logró sacar de la pobreza a más de la mitad de sus habitantes gracias al crecimiento económico; su alto nivel de ingreso personal lo ha llevado a ocupar uno de los primeros lugares entre las economías emergentes.

 

Hace tres décadas, Irlanda era uno de los países más pobres de Europa, pero dio un salto enorme al liberar su economía y crecer 80% durante los últimos diez años. Ese pequeño país ha emergido a la superficie de los países desarrollados, convirtiéndose en una de las naciones más ricas de Europa. Hoy goza del tercer ingreso per cápita más alto del continente (28,762 dólares), muy por encima de Alemania ($23,002) y Francia ($22,723), y es un poderoso imán de la inversión mundial. Su tasa tope de impuesto a las empresas es 12.5%, la tercera más baja del mundo, posee uno de los mejores ambientes para desarrollar negocios y atrae una tercera parte de la inversión norteamericana en la Unión Europea. De haber sido una isla de emigrantes, ahora cuenta con más de 1,200 empresas internacionales que exportan más de 70 mil millones de dólares de software, siendo la número uno del mundo en la industria. En los últimos 30 años, Irlanda ha incrementado la expectativa de vida de sus habitantes en 12 años y, casualmente, ocupa ya el tercer lugar del Índice de Libertad Económica.

 

Más sorprendente es el caso de Islandia, un país cuyo PIB hace veinte era insignificante, ocupaba el lugar 140 en el mundo, pero eso sí, con un hinchado Estado de beneficiencia de corte socialista. La economía isleña estaba completamente estancada por los altos impuestos, las excesivas regulaciones, una enorme burocracia y una inflación galopante. Con el inicio de un programa liberatorio, mediante el que se privatizaron los bancos y un gran número de empresas estatales, se flexibilizó el mercado laboral y se introdujo una masiva reducción de impuestos, Islandia explotó en prosperidad. En estos momentos, el país nórdico registra tasas de crecimiento del orden del 6% anual, mientras que su ingreso por cabeza es superior a los 32 mil dólares, el segundo más alto de los países europeos.

 

La reestructuración de la banca ha convertido a Islandia en un centro financiero de importancia mundial. El agresivo recorte impositivo (el impuesto a las empresas ha sido rebajado de 50% a 18%) aumentó dramáticamente los ingresos del gobierno permitiendo reducir la deuda pública de 50% a 15% del PIB. La flexibilización laboral ayudó a reducir la tasa de desempleo de 15% a 4% (en Islandia no hay “salario mínimo”, por cierto). La desregulación ha provocado competencia y hasta baja de precios permitiendo florecer a sectores como la pesca y las telecomunicaciones, anteriormente deprimidos. Incluso está ya por iniciarse la construcción de una línea submarina para exportar energía barata a Europa en forma de hidroelectricidad.

 

En fin, Islandia, que ha escalado al lugar 5 en el Índice de Libertad Económica, es un testamento del desarrollo, producto del “dejar hacer” y no de la compasión gubernamental. Vale la pena considerar aquello que planteaba Otto Graf Lambsdorff, exministro de Economía de Alemania, al apuntar que: “Existe una necesidad comprensible y loable por hacer algo, cualquier cosa, para ayudar directamente a los pobres, a través de los instrumentos del Estado. Esto es lo que piden muchos pobres, acostumbrados a los sistemas estatales de beneficiencia. Pero las buenas intenciones a menudo ocultan la interrogante sobre si las acciones paternalistas en realidad enfrentan las raíces de la pobreza, o si sólo alivian los síntomas al tiempo que generan dependencia y ahogan la iniciativa de los mismos pobres.”

 

La capacidad, pues, que tienen los países de generar oportunidades de desarrollo para su gente depende de la libertad, los incentivos y las reglas que tienen sus habitantes para generarlas. Así de sencillo. Por eso se dice que el crecimiento, que produce oportunidades, y no la redistribución del ingreso, que arrebata oportunidades a unos para repartirlas a otros, es la única manera efectiva de combatir la pobreza.

 

Como puede apreciarse, el camino de las oportunidades está pavimentado no de enormes y costosas burocracias con buenas intenciones, sino de instituciones sólidas: libertad económica, imperio de la ley, sistema judicial eficiente, respeto a los derechos de propiedad, competencia, políticas públicas responsables, etc. Los países con arreglos institucionales débiles difícilmente pueden generar oportunidades para su gente porque castigan la acumulación de capital, ya que los agentes económicos no tienen claras las reglas del juego o les resulta costoso cumplir con ellas. El crecimiento económico, o la creación de oportunidades, es pues función de mercados eficientes, basados en reglas bien definidas, que facilitan la acumulación de capital.

 

El camino que han tomado Francia, Alemania e Italia los ha llevado al estancamiento económico y a la desesperación social. El camino escogido por otras naciones como Corea, Irlanda, Islandia y los países excomunistas los ha conducido a un mejor nivel de vida. Usted, amigo lector, ¿cuál considera que sea el camino de las oportunidades para México?

• Estado de bienestar

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