LUNES, 22 DE ENERO DE 2007
Mercado o ¿acuerdo de precios?

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
No
No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Godofredo Rivera







“Vaya demagogia y estupidez en la que la administración calderonista cayó por la presión de los políticos y periodistas cuya visión arcaica se impuso.”


“El papel del economista en el análisis de la administración pública debe ser el de prescribir lo que debiera hacerse a la luz de lo que puede hacerse, dejando de lado la política, y no pronosticar lo que es políticamente viable para recomendarlo luego”. Milton Friedman

 

Sí, el reciente acuerdo del Presidente Calderón para “estabilizar” el precio de las tortillas, nos recuerda el peligro que implica el hacer “lo políticamente correcto” a costa de “lo económicamente correcto.” Ya la abrumadora mayoría de los medios de comunicación están aplaudiendo la actitud “decidida” del Presidente para “poner en orden” al mercado. A su vez, los medios de izquierda están diciendo que este es un triunfo de la política por encima de la tecnocracia. En fin, puras sandeces.

 

No, aunque el acuerdo redujo las críticas que le han llovido al gobierno, no soluciona el problema de fondo, que es económico. No le haga caso amigo lector a los periodistas (y menos a los políticos) ignorantes de los principios fundamentales de la economía (que en México pululan) que andan diciendo sandeces como “que éste es un problema político y no económico”, “que éste es un problema de seguridad nacional”, “que éste es un problema de soberanía alimentaria”, y otras tonterías. A esta cacofonía periodística se le han unido los políticos de izquierda y, por supuesto, los grupos sindicales oscuros que ya exigen un alza salarial de “emergencia”. Por lo pronto, hay muchos molineros que no entraron al acuerdo y que ahora quieren su tajada (osease, subsidios del gobierno). Este tipo de acuerdos sólo levanta la codicia de los viejos grupos buscadores de rentas que están incrustados a lo largo de toda la cadena productiva del maíz.

 

El acuerdo firmado nos recuerda a esos viejos pactos de “solidaridad” que los gobiernos posteriores a la docena populista, firmaban para tratar de paliar los excesos fiscales de sus antecesores. No, por desgracia estos acuerdos sólo representan la salida mediocre del “second best”, el paliativo que sólo resuelve temporalmente (a veces ni eso) un problema económico. No, los precios acordados (que además no se respetan), al igual que el control de precios, no funcionan y sólo alargan la agonía (vía subsidios que no se sostienen en el tiempo). Tampoco se solucionan los problemas estableciendo medidas draconianas como la de encarcelar a los “especuladores.” Si el Presidente Calderón continua cediendo a los chantajes de medios y políticos premodernos, en una de esas acabaremos restituyendo a la ineficiente y corrupta CONASUPO, así como enlazándonos en una espiral de precios vía la guerra de alza de precios y salarios.

 

Es precisamente en los tiempos duros en que se pueden dar los cambios económicos decisivos. Un primer paso sería el liberalizar de una vez por todas (y no por cupos parciales) a todo el mercado de bienes agrícolas y pecuarios. En el pasado, los subsidios sólo han prolongado los problemas. El año pasado, vaya ironía, el subsidio federal a los productores de Sinaloa sólo provocó que más de un millón de toneladas se destinara al consumo animal, así como a los mercados de exportación (se vendieron a Sudáfrica 116 mil toneladas igualmente subsidiadas; hoy pretendemos importar maíz de este país), quedando con ello menos cantidad para el consumo humano en el mercado interno. Y así podríamos ver toda la mala asignación de recursos que provocan los subsidios. En el caso de los productos de origen animal, sería bueno también intensificar la competencia en este mercado (cuántos proveedores -de las tienditas- de huevo y leche conoce amigo lector, son dos ó tres), para que el consumidor sea el más beneficiado y no el oligopolio que prevalece en estos sectores. Al final, los mexicanos podemos incentivar precios más bajos en el futuro por la vía de elegir y/o sustituir los productos caros por los baratos y en esto ayudan mucho los mercados abiertos a la competencia nacional e internacional. Eso es más eficiente que los subsidios, que además de tomar dinero de los contribuyentes, crean distorsiones que sólo alargan la dependencia de los productos caros.

 

En el 2006, cuando los productores de azúcar comenzaron a subir sus precios, la sola intensificación de la competencia, vía la importación de mayores cupos de azúcar, bastó para que la oferta se ampliara y el precio del azúcar bajara. Funciona siempre mejor el mercado que las distorsiones que crean los subsidios.

 

Otra medida contra los precios altos del maíz, sería de una vez por todas descongelar la ley que impide a México producir maíz genéticamente modificado (México prohíbe su producción, pero lo importa de países que ya permiten su modificación). Los efectos colaterales de los transgénicos sólo están en la mente de los trasnochados de Greenpeace. No, si bien es cierto que toda modificación genética puede provocar alteraciones sobre los productos no modificados (vamos, los genes del maíz modificado podrían afectar vía el polen -aunque esto de acuerdo a los expertos es muy raro que ocurra-, a los genes del maíz producido por los métodos tradicionales), no hay pruebas científicas contundentes que demuestren que los transgénicos dañan a los humanos. La biotecnología es el futuro de la humanidad. Que no le inventen cosas “extrañas” de los tránsgénicos amigo lector. Si gusta enterarse más (y no sólo oyendo a López Dóriga ó a Javier Alatorre), le recomiendo el siguiente libro, Genetically Engineered Organisms: Assessing Environmental and Human Health Effects de los autores Deborah Kay Letourneau y Beth Elpern Burrows. También puede revisar las siguientes páginas que sin dogmas hablan sobre los costos y beneficios de los transgénicos:

 

http://www.ctahr.hawaii.edu/gmo/risks/benefits.asp

http://www.inspection.gc.ca/english/sci/biotech/capac/redab1e.shtml

 

Por cierto, también hay mucho que hacer en materia de información. En esta área, el gobierno no debe quedarse de brazos cruzados. Por ejemplo, hoy muchos medios de información (más bien de desinformación) están diciendo que los “malos de la película” son los intermediarios (comercializadoras como Gruma, Maseca y Cargill) y el PRD repite este argumento como perico. A ver, en primer lugar, si bien es cierto que el mercado en estos sectores de comercialización dista de ser un mercado de competencia pura (como le llaman los economistas), lo cierto también es que ellos no son los culpables de la crisis del maíz. Dicen algunos desinformados (entre los que hay varios periodistas) “es que estas comercializadoras compraron el maíz en menos de dos mil pesos y hoy lo están vendiendo a más de tres mil”, “voraces”, “chupeteadotes”, afirman estos despistados. A ver, en primer lugar, el precio de venta final que hace una comercializadora no es el precio de adquisición, sino el precio de reposición de los inventarios. Se lo pongo así amigo lector, si usted se dedica a la compra venta de, digamos, naranjas, el precio final jamás será igual al de adquisición. Al precio de adquisición habrá que agregarle los costos que tendrá que hacer para conservar su producto (en determinado momento gastará en almacenamiento, luz, transporte de carga, etc). Ahora bien, en esto están de acuerdo hasta los perredistas. Ellos se preguntan, ok, el comercializador le tiene que ganar algo, pero por qué tanto. Sencillo: como ya dijimos, el precio de adquisición no cuenta. El precio relevante es el precio de reposición (cuánto le costará a usted volver a comprarle naranjas al productor). Si la naranja sufre de repente un aumento espectacular (digamos que por un huracán que destruyó muchos árboles de naranja), tal vez tuvo suerte de adquirirla a un precio bajo antes del desastre natural, pero esto sólo le durará un tiempo (pues en cuanto se acabe el cargamento que por suerte adquirió antes del huracán, tendrá que surtirse con los productores de naranja, ahora sí a un precio alto, que refleja los costos que originó el desastre natural) así que a sus clientes forzosamente tendrá que cargarles el nuevo precio (para que en el futuro no haya escasez de naranjas), si no lo hace así, amigo lector, perderá dinero y no podrá seguir en el futuro ofertando naranjas (nunca será negocio vender barato y comprar caro, bueno eso sí lo hace el gobierno muchas veces, pero es porque vive del dinero ajeno). Bueno, a esta conducta de racionalidad económica (que claro, los políticos no tienen, pues viven de nuestros impuestos y no están obligados a ser rentables) le llaman acaparamiento y, lo peor, ahora pretenden castigar a quienes actúen así. De aplicarse esta medida, la mitad de los mexicanos acabaremos en la cárcel. Las comercializadoras no venden el maíz caro por gusto, sino por que ya en abril tendrán que reponer sus inventarios con maíz que hoy cuesta más. Si no lo hicieran así, perderían dinero. Vaya demagogia y estupidez en la que la administración calderonista cayó por la presión de los políticos y periodistas cuya visión arcaica se impuso.

 

Seamos serios, ni los acuerdos y menos los controles de precios funcionan. Hay que dejar que el mercado funcione (y su funcionamiento es mejor en la medida en que sea un mercado abierto al mundo y sin distorsiones como los subsidios). Hay que informar a la gente que la culpa no es por acaparamiento, sino por los subsidios que prevalecen sobre los sectores maiceros de aquí y de EU (por la vía del subsidio que el gobierno norteamericano otorga a sus productores de maíz para incrementar la oferta de etanol, y con ello, en el futuro, dejar de depender paulatinamente de menos petróleo importado).

 

Podemos hacernos tontos y continuar con acuerdos y subsidios, así como echarle la culpa a cosas intangibles como a “el neoliberalismo” o al “capitalismo salvaje”. No y mil veces no, el enemigo de la gente no es el mercado. El mercado no es Gruma, ni Maseca, ni cualquier trasnacional. El mercado somos millones de consumidores y productores que intercambiamos bienes y servicios voluntariamente para alcanzar un mejor bienestar. El verdadero enemigo del pueblo es el contubernio que surge entre el gobierno y los grupos de interés para sacar ventaja en los intercambios que se llevan a cabo en los mercados. Así las cosas, empecemos por exigirle al gobierno que quite las manos de los sectores agrícolas. En EU también lo tendrían que hacer, pero ese es asunto de los norteamericanos. Más mercado, menos gobierno y menos pactos es lo que soluciona en el largo plazo cualquier fenómeno de escasez. Ahí está la historia.

• Tortilla

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