LUNES, 19 DE FEBRERO DE 2007
La supuesta confesión de López

¿Usted cree que es buen momento para realizar inversiones en México?
No
No sé



El punto sobre la i
“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
Félix de Jesús


Más artículos...
Ricardo Valenzuela
• Unión de Estados Americanos Socialistas (II)

Arturo Damm
• ¿Otra tenencia?

Víctor Hugo Becerra
• El gobierno de López Obrador, un fracaso

Arturo Damm
• Noticias: una buena, una mala

Manuel Suárez Mier
• Destierro a los expertos

Arturo Damm
• Impuestos, la justificación moral

Luis Pazos
• Presupuesto 2020, ¿realista?


Pulsaciones...
• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Juan Pablo Roiz







“Saber si López dijo o no dijo “perdí” es irrelevante. Lo relevante es que perdió, con todas las de la ley, con todas las pruebas documentales y con toda la lógica en su contra. Que ahora todo pretenda centrarse en la veracidad o falsedad de una confesión privada es ridículo. Tello bien puede agradecer a sus apasionados detractores tanta publicidad para un librito que no la merece.”


En seis meses han pasado de la epopeya al chisme de comadres. Carlos Tello Díaz publicó un librito sobre el pasado 2 de julio (ese es el título) en México. El libro es valioso para desmontar el mito del fraude electoral (mito que cada día tiene menos adeptos) y hasta para revelar algunas afinidades electivas insospechadas –como las simpatías que Bernardo Gómez y otros “televisos” tuvieron por Andrés López Obrador- pero carece del rigor de una investigación definitiva, es una edición poco cuidada de Editorial Planeta y en muchos pasajes sacrifica lo esencial –por ejemplo: la demostración de que esa fue una de las elecciones más inobjetables de la historia de México- para darle primacía al chisme y a la anécdota.

 

Y justamente a partir de una anécdota sin mayor relevancia –si López dijo o no dijo, como íntima confesión a sus más cercanos, la terrible palabra: “perdí”- que está narrada en la página 161, se ha desatado un intercambio de bilis, salivazos, insultos, dimes y diretes, pleito de comadres, entre algunos de los amigazos de López y el autor. De perlas le cayó a Federico Arreola la invitación de Carmen Aristegui a debatir cara a cara con Tello Díaz la veracidad o no de la anécdota. De nuevo, aunque fuese por unos minutos y aunque fuese en un espacio matutino de la radio que irregularmente controla el grupo español Prisa en México (amabilidad de las gestiones políticas del expresidente español Felipe González y ejemplo emblemático de los vínculos entre monopolistas de medios de México y sus similares de España), Arreola regresó a lo que le fascina al grado de obsesión: La exhibición de su catálogo personal de dolencias morales y mentales, histeria, mitomanía, ruindad, vulgaridad y servilismo, entre otras.

 

Al tiempo, otro de los involucrados en la real o imaginaria (nunca lo sabremos) anécdota, José María Pérez Gay, recurría al consabido articulito en “La Jornada” para desmentir a Tello, respecto de la anécdota y a partir de ese punto restarle cualquier veracidad al libro y cualquier credibilidad al autor. Mucho más hábil que Arreola, Pérez Gay cumplió, a sabiendas o no, un triple propósito con su desahogo: 1. Desmarcarse, ante el supremo amigo López, de cualquier sospecha de que él o alguien cercano a él -¿su hermano Rafael?, ¿Héctor Aguilar Camín?- pudiese ser la fuente oculta de la versión, 2. Desautorizar íntegro el libro de Tello, como si todo el documento se basase en la tan citada y tan lamentada (por los amigos de López) anécdota y 3. Dar una cínica lección de buen periodismo a las huestes jornaleras y perredistas: “Documenten, señores, no inventen” escribió Pérez Gay; huestes con las que tantas afinidades le unen, al grado de identificarse con ellas.

 

Saber si López dijo o no dijo “perdí” es irrelevante. Lo relevante es que perdió, con todas las de la ley, con todas las pruebas documentales –millones de votos contados, recontados y vueltos a contar, decenas de miles de actas– y con toda la lógica en su contra. Que ahora todo pretenda centrarse en la veracidad o falsedad de una confesión privada es ridículo. Tello bien puede agradecer a sus apasionados detractores tanta publicidad para un librito que no la merece.

 

Me explico: Tello trata de dar rigor documental a su libro, pero constantemente incurre en adjetivaciones injustificadas y en presunciones erróneas (ejemplos: calificar a Felipe Solís Acero, representante del PRI ante el IFE, de “solvente” sólo es admisible como sarcasmo para quien conoce la trayectoria de ese individuo en los órganos electorales; decir que la peor iniquidad del proceso electoral fue la difusión de anuncios del Consejo Coordinador Empresarial advirtiendo en abstracto de los peligros del populismo, es repetir propaganda ramplona e ignorante), comete algunos “horrores” ortográficos imperdonables –que los editores de Planeta dejaron pasar- como escribir “carabana” en lugar de “caravana” y como escribir “honda” en lugar de “onda”, no atina a explicar por qué fallaron algunos pronósticos malamente derivados de encuestas mal hechas…

 

Con todo, el libro es valioso. Nos recuerda cuánta gente, incluido el mismo autor, sucumbió al espejismo de que un triunfo de López era inevitable; nos avisa de cuánta gente trabajó sigilosamente para que eso sucediera, mientras ocultaban en público sus preferencias (algunos de esos soldaditos solapados de López hoy se proclaman fervientes “calderonistas”); documenta, eso sí, la chabacanería propagandística con que algunos fabricaron el mito del algoritmo misterioso y, en general, recrea la mediocridad política y la deshonestidad intelectual que padecemos en México.

 

Nada del otro mundo. Un librito que pasaría sin pena ni gloria, a no ser por la generosa publicidad que le están dando los pleitos de comadres de los seguidores (algunos quedan) de López.


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus