MIÉRCOLES, 28 DE FEBRERO DE 2007
¿Un mal sueño de Cayo Valerio Godínez?

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“¡Pobre almohada bañada de babas!, fue el resumidero de la rabiosa impotencia de Cayo. La vida tiene, a veces, implacables mecanismos de cobro.”


La “ley de la indeclinable voluntad reformadora” pasó en unos días de logro político encomiable a motivo de burla y hazmerreír. Cayo Valerio Godínez ya ni siquiera disfrutaba de los mullidos asientos de piel del automóvil. Por si fuera poco, el chofer, ¡idiota!, había tomado un pésimo camino lleno de hoyancos y vericuetos (algún tonto atajo por algún barrio miserable y desolado, artimañas inútiles de las que estos incompetentes se ufanan, pensó). Maldijo y le rechinaron los dientes escondidos tras el bigotito de galán otoñal que hacía juego con el pelo engominado.

 

Quiso darle tres gritos al imbécil chofer, pero por algún motivo supo de inmediato que no le saldría la voz. Con un estremecimiento entendió que estaba incomunicado, encerrado en el asiento trasero del ostentoso automóvil con vidrios opacos. Mudo. Impotente ante el fracaso… Como salido de la nada –así son los sueños- apareció Catarino Mendoza, su maestro en el arte de la política -¿no había muerto hace años?- y le soltó a bocajarro: “Cayito, Cayito, ¡siempre fuiste un tarugo!, ¿cuántas veces te dije que no hicieses apuestas inciertas? Haber usado la ratificación de Jiménez como moneda de cambio fue, admítelo, una soberana pendejada…”.

 

Cayo quiso formular objeciones a los reproches de Catarino, pero el espectro ya había desaparecido… El auto se detuvo bruscamente y la cabeza de Cayo golpeó contra la ventanilla, ¡chofer imbécil! masculló, pero nadie lo oía… Nadie estaba al volante. Sintió un líquido viscoso que le escurría de los labios. ¿Sangre?… “Nada más eso faltaba, que por culpa de este retrasado mental (¿dónde diablos se ha metido?) también me haya partido el hocico…”

 

Ruido: Poquetá-poquetá-poquetá… Y la cantaleta, la burla cruel de la voz de Catarino: “Soberana pendejada, soberana pendejada, soberana pendejada…”. Y él que se había sentido genial y poderoso… “Ese pesado de Jiménez (ese tecnócrata que simbolizaba todo lo que Cayo jamás podría ser) no pasará; ¡su postulación es un agravio!...”.

 

Sentía la mejilla empapada, se esforzó en gritar… Abrió por fin los ojos, el corazón retumbándole en el pecho… No, no es sangre. Sólo la almohada bañada de babas asquerosas…

 

Se consuela: Fue un mal sueño… De la calle llegaba el ruido sistemático: Poquetá-poquetá-poquetá

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