Ideas al vuelo
Mar 9, 2007
Ricardo Medina

El Estado y su monopolio de la “bondad”

El legendario Scrooge ahuyenta de mal modo a los pedigüeños: “¡Ya pago impuestos!”, como si les recordase: “Pídanle al munificente Estado la compasión que me expropió”.

La tradicional virtud judeocristiana de la caridad, merced a la absorción y anulación de las virtudes personales en el gran e impersonal colectivo del Estado, acabó en un sucedáneo de ínfima calidad, rebautizada como “sensibilidad social”.

 

El Estado de Bienestar significa en el fondo que la bondad –en una versión diluida en retórica vacua– se ha vuelto otro de los monopolios del omnipresente Estado. No hay más virtud individual, el hombre se redime dejándose arrastrar por la corriente colectiva y todo lo que se le pide es que se adhiera con más o menos fervor a la consigna dictada por los políticos: “No soy nada sin el Estado”.

 

A diferencia de la que ejercían las abnegadas religiosas y religiosos dedicados, para mayor gloria de Dios, a socorrer el prójimo, la compasión se ha funcionarizado. La ejercen funcionarios a sueldo, como la enfermera –bien o mal pagada por el Estado- que despacha apresurada un medicamento mientras observa inquieta el reloj para no llegar tarde a la asamblea sindical en la que se discutirán las próximas demandas salariales que le harán al “patrón” –que es el Estado- y que habrá de pagar el contribuyente o el beneficiario de la “seguridad social” que es, tal vez, ese mismo paciente a quien se le escatimó una palabra de consuelo porque no estaba estipulada en el contrato colectivo.

 

Como un residuo de la olvidada caridad –asunto de cada cual con su conciencia o con Dios-  abominar del interés, se convierte en el santo y seña de la “conciencia social”, del “ser de izquierda”, de la “sensibilidad progresista”. Paradójicamente, la búsqueda del interés –en un mercado libre en el cual la competencia se hace con reglas iguales para todos- resulta más eficaz para desperdigar el bienestar que toda la fastidiosa retórica colectivista.

 

¿Por qué será que en las sociedades en las que el Estado se ha abrogado la ejecución de toda virtud, la filantropía desfallece?

 

Hay que releer a Dickens: El legendario Scrooge tiene la coartada perfecta, ahuyenta a los pedigüeños recordándoles que él paga impuestos. Como si les dijese: “Vayan y pídanle al Estado la compasión para huérfanos y enfermos de la que gentilmente me despojó”.



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