MIÉRCOLES, 21 DE MARZO DE 2007
¿Populismo mexicano?

¿Ud. está de acuerdo en que el gobierno mexicano regale 100 millones de dólares a gobiernos centroamericanos para frenar la inmigración?
No
No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“La actitud del PRD en el Congreso contribuye a consolidar la cada vez más generalizada impresión entre los electores que no representa una opción política seria ni confiable, con lo que coadyuva al suicidio político colectivo que empezó su excandidato presidencial con tanto empeño.”


Termino la serie de análisis que he venido haciendo sobre el populismo en América Latina –con las interrupciones que las circunstancias imponen- con la pregunta de si el populismo en México está muerto tras la derrota de Andrés Manuel López Obrador y su subsecuente suicidio político.

 

La pandilla amlista y un PRD en pleno resquebrajamiento, han visto reducido el apoyo político que realmente tienen a alrededor de un 15% del electorado, con lo que difícilmente representan una amenaza a nivel nacional y aún en las elecciones estatales que ocurrirán este año.

 

Este hecho, sumado a un desempeño sólido y encomiable en el comienzo de la administración de Felipe Calderón, podrían hacernos abrigar la esperanza que las expresiones más extremas de la agenda populista hayan sido sepultadas dónde corresponden, en el basurero de la historia como decía Carlos Marx.

 

Sin embargo, algunas posiciones adoptadas por el Congreso, que ponen en entredicho su seriedad y congruencia, hacen abrigar dudas que otra versión de populismo, el de baja intensidad o populismo de la inacción, como lo definió Sebastián Edwards en Álamos XIV, se haya superado o esté en vías de hacerlo.

 

El párrafo anterior es deliberadamente ambiguo pues el Congreso ha actuado con responsabilidad y acierto en algunos casos, como al aprobar en comisiones la reforma al sistema de pensiones de los burócratas que acaba de aceptarse mientras esto escribo, y que se espera lo sea también en el pleno.

 

Pero en otros casos, como en la abigarrada propuesta del Senado de una ley para la reforma del Estado o su rechazo de la candidatura de Carlos Hurtado para la Junta de Gobierno del Banco de México, ha actuado conforme a lo requerido para permanecer ociosamente en el populismo de la inacción.

 

Hay que aclarar que cuando aludo al Congreso estoy excluyendo al PRD y sus satélites, que en lugar de aprovechar su lugar en las cámaras legislativas para avanzar una agenda propositiva, se dedican en exclusiva a intentar bloquear cualquier iniciativa seria.

 

La actitud del PRD en el Congreso contribuye a consolidar la cada vez más generalizada impresión entre los electores que no representa una opción política seria ni confiable, con lo que coadyuva al suicidio político colectivo que empezó su excandidato presidencial con tanto empeño.

 

Aunque esta es una excelente noticia para dejar atrás de una vez por todas el populismo patrocinado por buena parte de esa facción, no es razón suficiente todavía para concluir categóricamente que se han superado los obstáculos que conducen a la inercia del inmovilismo.

 

La única forma de exterminar el fantasma del populismo de la mente de los mexicanos, siempre en espera del fortuito regalo divino –o del gobierno, en su defecto- para resolver todas sus cuitas, es que el país tenga indudable éxito económico como el registrado en España, Chile e Irlanda, y para ello se requiere adoptar las reformas que lo permitan.

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