JUEVES, 22 DE MARZO DE 2007
El arte de lo (im)posible

¿Usted cree que es una buena idea que sean Pemex y la Secretaría de Energía quienes construyan una refinería?
No
No sé



“Si se viola una ley injusta lo único que se viola es esa ley, no algún derecho de alguien. Por el contrario, si se viola una ley justa se viola la ley y algún derecho de alguien.”
Othmar K. Amagi

Roberto Salinas







“Hay que pensar en lo imposible, en soluciones radicales. No caigamos en petición de principio, y sigamos el partido, cien días después, con la actitud de que no se puede.”


Un denominador común de los grandes reformadores contemporáneos es que los cambios estructurales son producto de la economía política de lo imposible. Los chilenos, en su experiencia, partían de la premisa que debemos ser radicales en el enfoque, aunque prudentes en la ejecución. En Nueva Zelanda, la comunicación política del cambio se dio a partir de un sentido de urgencia, de hacer o morir, sobre las reformas. En Estonia, quizás el caso más sobresaliente de reformas radicales exitosas en los últimos años, presumen abiertamente: “no sabíamos que podíamos caminar en agua.”

 

Uno de los peligros de la economía política de lo posible, ahora tan en boga dentro del quehacer de la nueva administración, es que, en aras de sacar lo que sea posible, existe el peligro de prostituir la reforma, hacerla una “reformita,” más orientada a cumplir con el interés de grupos visibles que con la causa general del crecimiento. Por ejemplo, una tasa única fiscal, dentro de un universo amplio y complicado de deducciones y privilegios, nos daría algo peor, puramente recaudatorio, del ya horroroso laberinto tributario que tenemos que soportar, todos los años, todos los días, todas las misceláneas.

 

Un (posible) caso concreto es la modificación a la reforma del ISSSTE, la cual es muy buena en impulsar una transición hacia cuentas individualizadas, la cual acomoda el bono de reconocimiento para pensionados de mayores edades, pero la cual ha impuesto, bajo la excusa de “hacer lo posible, no lo perfecto,” una entidad intermedia, la ya famosa Pensionissste, para administrar las pensiones al arranque del programa, con una duración temporal.

 

Si algo sale mal, si las inversiones que se realicen fruto de intereses políticos, no de retorno ajustado al riesgo, la culpa eventual se cargará sobre la reforma, no sobre la nueva burocracia financiera. La competencia, aquí, en China, sea en pensiones, aviones o teléfonos, no discrimina sus beneficios.

 

En parte, la filosofía calderonista parece ser que debemos acomodar los intereses, y a la oposición política, para combatir el fantasma populista. Para los nuevos “populistas de inacción,” como los denomina Sebastián Edwards, la retórica es todo, y el contenido de una propuesta preactiva es secundario. La desigualdad del ingreso es una herramienta muy efectiva, pero sólo instrumental, para ventilar resentimiento popular. No proponen, sólo se abocan a criticar, destruir, denunciar, incitar… literalmente, “encabronar.”

 

¿Se puede “negociar” con estas especies políticas? ¿Se puede dialogar (es decir, en la definición propia de la palabra, desarrollar una conversación civilizada e iluminada, que es la lógica de la dialéctica, para el bien de una idea, contenido o propuesta)? La verdad es secundaria, el “rollo” y la “grilla” todo. Una reforma “posible” nos los pondrá en jaque, ni mucho menos en paz.

 

Hay que pensar en lo imposible, en soluciones radicales. No caigamos en petición de principio, y sigamos el partido, cien días después, con la actitud de que no se puede.


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