MARTES, 27 DE MARZO DE 2007
Del bronce al lodo (3): Sangre olvidada

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“Abundaban en el siglo XIX los héroes creyentes de que morirse sería provechoso para su amada patria. Uno de ellos, antes de hacerlo, escribió una conmovedora carta que cita Armando Fuentes Aguirre en su Otra Historia de México”


Abundaban en el siglo XIX los héroes creyentes de que morirse sería provechoso para su amada patria. Uno de ellos, antes de hacerlo, escribió una conmovedora carta que cita Armando Fuentes Aguirre en su Otra Historia de México. “A los mexicanos”, la tituló ese patriota, inmediatamente antes de ser fusilado a manos de Ignacio Zaragoza, por orden de Juárez. Me doy por aludido en ese llamado postrero:

 

“…En los momentos en que voy a morir creo que cumplo con un deber manifestándolos en pocas palabras mis sentimientos y mis convicciones. Espero que será creído un hombre que habla al borde del sepulcro. Yo no soy traidor, ni cedo ante nadie en patriotismo. La experiencia y la reflexión me han convencido, sí, de que en nuestro estado de desmoralización y desorden, ya no podemos atajar el mal por nuestros solos esfuerzos. Creo que nuestro único remedio consiste en aprovechar los ofrecimientos que hoy nos hacen las naciones europeas y constituir un gobierno de moralidad y orden; un gobierno nacional y justo al derredor del cual puedan agruparse todos los buenos ciudadanos. Si esos ofrecimientos no se aprovechan, o desgraciadamente no fueran sinceros, ya no hay salvación posible para nuestra infortunada patria. Volverá a la barbarie y su territorio será ocupado por el pueblo que lo codicia, sin simpatía alguna por las razas que hoy lo pueblan. Yo iba a procurar cerciorarme de cuál es la disposición de los gobiernos europeos antes de tomar parte activa en los negocios. Éste es mi delito; si por él merezco la muerte, justa es la orden del señor Zaragoza que va a privarme de la existencia…

 

“¡Oídme, mexicanos! No son los desórdenes, el pillaje, los ataques a la libertad del país y las sangrientas ejecuciones los medios que ha de salvar a la patria. Yo he visto pueblos muy distintos vivir muy felices bajo formas de gobierno muy distintas; pero ninguno puede serlo sin orden, sin verdadera libertad y sin que los habitantes disfruten en sus personas y propiedades las garantías que forman la esencia y objeto de las sociedades. No dirijo reproches a ninguno de los partidos: hablo con sinceridad a todos los mexicanos…

 

“Olvidad todo sentimiento de odio y de venganza; perdonaos unos a otros como yo perdono a los que van a derramar mi sangre. ¡Quiera el Todopoderoso que sea yo la última víctima de nuestras discordias!”

 

Se llamaba Manuel Robles Pezuela ese olvidado general conservador, breve presidente interino (todo presidente era breve) que cedió la silla a un gigante llamado Miguel Miramón. Lo capturaron en 1862, no en acción bélica, de modo que fusilarlo (como después a Maximiliano, Miramón, Mejía y tantos) fue un asesinato político de Juárez.

 

En la carta campea el espíritu que animaba a quienes miraban a Europa para evitar a México quedar a merced de los gringos (“el pueblo que lo codicia, sin simpatía alguna por las razas que hoy lo pueblan”). Pensaba, con medio país, que tal amenaza era peor que la europea, pero “Si esos ofrecimientos no se aprovechan, o desgraciadamente no fueran sinceros, ya no hay salvación posible para nuestra infortunada patria.” El convertirnos en apéndice inferior de los Estados Unidos era lo peor imaginable.

 

Benito Juárez representó con toda evidencia, tratados firmados, propósito y estrategia, que su lealtad estaba con la gran potencia del norte, esa que 14 años antes se había apropiado de lo que le faltó cercenarnos en 1836. Si algo deja claro el historiador Catón es tal preferencia de los liberales “puros”. Es agradecible conocer por sus páginas los testimonios de verdaderos mexicanos cuya vida se perdió junto con su memoria, por caer en el bando equivocado de la historia oficial.

 

A 145 años de distancia, es pertinente ese llamado a la concordia y al perdón.

 

• Historia no oficial

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