MARTES, 3 DE ABRIL DE 2007
Del aborto (I)

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El punto sobre la i
“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
Félix de Jesús


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“Hay derechos que el Estado y sus leyes deben reconocer y garantizar para todos por igual, ¡sin excepción de ningún tipo!, por tratarse de cuestiones de principio, tal y como de principio es todo lo relacionado con la vida, la libertad y la propiedad del ser humano.”


Inicio esta serie de tres Pesos y Contrapesos aclarando lo siguiente: escribo en contra del aborto, y sobre todo de su legalización, no como católico, creyente y practicante, que lo soy, sino como liberal, en el sentido clásico del término, que también lo soy.

 

Así las cosas debo iniciar, aunque sea de manera resumida, aclarando que el liberalismo consiste, esencialmente, en un marco legal que reconoce plenamente y garantiza jurídicamente los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, partiendo del hecho de que el respeto a esos derechos es la base de la convivencia civilizada entre los seres humanos. El Estado y sus leyes deben reconocer planamente, y garantizar jurídicamente, esos tres derechos, siendo ello, ¡y nada más! lo que justifica su existencia, con todo lo que ello implica, comenzando por el cobro de impuestos. Leyes que no reconocen y no garantizan esos tres derechos, y que no lo hacen para todo ser humano, ¡sin excepción de ningún tipo!, son leyes injustas que le restan legitimidad al Estado, ante el cual el ser humano tiene la obligación moral de revelarse, lo cual puede ir, desde la lucha por cambiar dichas leyes, hasta la abierta desobediencia de las mismas.

 

Insisto en un punto: hay derechos que el Estado y sus leyes deben reconocer y garantizar para todos por igual, ¡sin excepción de ningún tipo!, por tratarse de cuestiones de principio, tal y como de principio es todo lo relacionado con la vida, la libertad y la propiedad del ser humano. Una ley que reconociese y garantizase la vida, únicamente, de todos los mayores de 15 años, y no la de los menores, sería, ¡obviamente!, una ley injusta. Una ley que reconociese y garantizase la vida, solamente, de los hombres, y no de las mujeres, también lo sería. La defensa de la vida no es una cuestión que tenga que ver con la edad o el sexo, o con cualquiera otra circunstancia accidental. No: la defensa de la vida es una cuestión de principio.

 

Si lo anterior es cierto, y lo es, ¿cómo explicar la despenalización del aborto hasta las catorce semanas de embarazo, pero no después? ¿Cuál es la diferencia entre un feto con trece semanas, seis días, veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos, y cincuenta y nueve segundos de existencia, y ese mismo feto dos segundos después, ya cumplidas las catorce semanas de vida. Y escribo vida, ¿por qué de qué otra manera llamar a lo que anima al feto? ¿Por qué no esperar al momento del parto para, entonces, quitarle la vida?

 

¿Qué tendríamos en el caso concreto de la despenalización del aborto antes de cumplidas las catorce semanas de vida, pero no después? Una legislación injusta, basada en cuestiones arbitrarias, y no en principios éticos (no matarás) fundamentados en derechos naturales (a la vida). ¿Y quién es, en una sociedad civilizada, el encargado de reconocer y garantizar esos derechos? El Estado y sus leyes. ¿Y esos derechos, en una sociedad civilizada, cómo deben estar reconocidos y garantizados? Para todos por igual, sin excepción.

 

El reconocimiento y garantía, de parte del Estado y sus leyes, de los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, para todos por igual, es la esencia de la convivencia civilizada, es el rasgo característico del liberalismo, momento en el cual vale la pena aclarar lo siguiente: hay quienes creen que la postura a favor de la legalización del aborto es liberal, no lo es, siendo libertina, lo cual supone, en este contexto, el mal uso de la libertad para la violación de los derechos de los demás. Insisto: escribo en contra del aborto, y de su legalización, no como católico, sino como liberal, lo cual, para muchos, supone estar a favor de la libertad de la mujer para disponer, según le convenga o apetezca, de su cuerpo, lo cual es cierto, derecho que yo defiendo a capa y espada, tal y como expondré en la segunda entrega de esta serie.

 

Continuará.

• Aborto

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