MIÉRCOLES, 11 DE ABRIL DE 2007
Del bronce al lodo (6): Ferocidad y secuelas

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“La Guerra de Tres Años llevaba uno; mas esa guerra, con las secuelas que culminaron en el Cerro de las Campanas, sigue en nuestro subconsciente nacional, dividiéndonos y lastimándonos, a principios del siglo XXI”


Mucho me he preguntado por qué las guerras intestinas del siglo XIX fueron tan feroces y concitaron tan destructivas y duraderas pasiones. Las respuestas que articulo son, en el fondo, asaz sencillas.

 

1.      En 1857 los liberales “puros” impusieron como proyecto propio diseñado en sus mentes, una constitución radical que atentaba contra todo lo que el catolicismo popular consideraba valioso, y contra el poder material enorme de la Iglesia. La reacción fue brutal.

 

2.      Esos mismos puros transaron con Estados Unidos territorios, derechos vitalicios de paso o explotaciones mineras con garantía hipotecaria, que literalmente les entregaban grandes extensiones de las tierras que no nos quitaron en 1836 y 1847.

 

Era inadmisible. Pusieron el territorio nacional como carta de negociación a cambio de dinero y de reconocimiento político extranjero, poco después del trauma de perder más de la mitad de las tierras nacionales a beneficio de EEUU. Ni Maximiliano no los conservadores hicieron algo así.

 

En cambio, la primera causa podría haberse atenuado, como ocurrió en cualquier otro país. Bien dice Armando Fuentes Aguirre que este propósito de reforma expedido por el presidente Miguel Miramón (12.VII.1859) debería de inscribirse en letras de oro:

 

“Tiempo ha que el vasto territorio nacional es un teatro de escenas sangrientas y de horror… Una de nuestras convulsiones puso el poder en manos de una facción esencialmente desorganizadora y disolvente. El peligro de la patria era tan perceptible que no pudo ocultarse a mi vista. Consagré mi espada a conjurarlo, pero permanecí extraño a la política… Pero mientras tanto averiguaba el estado de los negocios, pensaba cómo adaptar a las circunstancias mis ideas de reforma…

 

“Hoy he tomado mi partido: he formado un programa que estoy resuelto a llevar a cabo con toda la fuerza de mi voluntad… Ofrecí consagrar mi vida a restablecer el orden y las garantías. Parecería que en mi sentir no hay nada más que hacer. Pero no: sería una equivocación grosera desconocer un elemento poderoso que enardece la lucha…”

 

Y habla Miramón de lo que enardecía la lucha: los privilegios de la Iglesia.

 

“Protesto por mi honor el más alto respeto y la más segura garantía a los intereses de la Iglesia… Pero estoy resuelto a adoptar el camino más conforme con nuestras creencias y con los estatutos canónicos para aniquilar ese germen de discordia que alimentará siempre la guerra civil en la República, y cuento con ser secundado en mi propósito por el sentido recto a ilustrado del venerable clero mexicano…”

 

Pudo haber tenido una importancia capital ese propósito. Comenta Catón:

 

“Se declaraba un reformador; manifestaba que las riquezas de la Iglesia eran semilla de discordia, y anunciaba su propósito de aniquilar ese germen haciendo que la Iglesia se sujetara al derecho canónico. Lo hubiese logrado, pues a esas alturas la Iglesia católica se daba cuenta de que tendría que sacrificar algo para no perderlo todo.”

 

Coincidencias de la historia. Ese mismísimo día, Juárez emitía en Veracruz una proclama que precedió a las Leyes de Reforma, en la que punto menos que hacía desaparecer a la Iglesia: suprimía las hermandades corporaciones religiosas y conventos, y confiscaba absolutamente todos sus bienes. Y hasta a la Constitución de 1857 contradecía, pues no hizo esas leyes el Legislativo.

 

Crimen de lesa patria de la “facción esencialmente desorganizadora y disolvente”, presidida por quien se dice hoy que buscaba la paz entre los individuos y las naciones respetando el derecho ajeno: radicalizar lo radical y provocar desunión, desorden y discordia al imponer ideas sin consenso popular, con un desenlace inevitable: continuar la guerra, radicalizar al adversario y romper toda posibilidad de una reforma sólida; no una impuesta por un puñado de “puros”.

 

Critico a aquellos liberales desde una perspectiva liberal, pues soy partidario inequívoco de la libertad. Y admiro profundamente la idea germinal de los Estados Unidos pero estoy convencido de que los pueblos evolucionan poco a poco. No dan saltos cuánticos.

 

La Guerra de Tres Años llevaba uno; mas esa guerra, con las secuelas que culminaron en el Cerro de las Campanas, sigue en nuestro subconsciente nacional, dividiéndonos y lastimándonos, a principios del siglo XXI.

 

• Historia no oficial

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