Nostalgia del porvenir
Abr 17, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (7): El enorme Miramón

Vale la pena considerar cómo pensaban y juzgaban los contemporáneos, y los ánimos de sus tiempos; pero el bronce no deja conocer esos detalles. Le basta propalar la versión simplota de que los derrotados y fusilados eran viles traidores.

Dice Armando Fuentes Aguirre: “Miguel Miramón ha sido uno de los mejores hombres que ha tenido México”. Quien lea su historia queda invitado a compartir dicho juicio sobre un mexicano que, tras asesinarlo la política, lo remató la historia de bronce al cubrirlo de lodo.

 

El cadete Miramón habría sido el séptimo de aquellos Niños Héroes. Murió por la patria, pero veinte años después de la mítica epopeya de Chapultepec. Cuenta en sus memorias su esposa Conchita Lombardo que un oficial estadounidense apreció la valentía con que peleaba cuerpo a cuerpo ese joven de 15 años, y evitó que un soldado lo rematara con su bayoneta tras herirlo; lo hizo prisionero.

 

Tenía razones Juárez para odiar a Miramón y desear la muerte a su más eficaz enemigo. Era el mejor militar de esos tiempos, que de a tiro por viaje derrotó a los liberales (especialmente al “héroe de las derrotas”, Santos Degollado) y estuvo a punto de ganarles la Guerra de Tres Años. En 1858 estaban tan desesperados, que así se expresaba el embajador Forsyth sobre el juarista Miguel Lerdo de Tejada:

 

“Este caballero ha perdido toda la esperanza para su patria en elementos de ella misma. Está completamente convertido a la doctrina de que el único recurso es un americano protestante. Admite la disolución del ejército mexicano, por ser éste una corrompida fuente de revoluciones, y que se sustituya con tropas americanas. ‘Si fuera posible —dice— yo extirparía hasta la lengua castellana’…”

 

Miguel Lerdo de Tejada es héroe en el bronce oficial…

 

Finalmente cayó Miramón en el Cerro de las Campanas por orden de Juárez, quien a su vez servía a quienes siempre quisieron suprimir toda influencia europea desde su traspatio hasta la Patagonia. Lo lograron, con ayuda del “Benemérito de las Américas”.

 

(Inútil digresión: ¿cuáles y cuántas son las “Américas”, o por que los gringos llaman a su país “América”, usurpando el nombre de un continente al que llaman “Américas”? Puaj. ¿Por qué entonces Francia no llama “Europa” a su país?)

 

Miramón, como casi todo el pueblo mexicano, abominaba de que tanto mandaran en nuestros asuntos los que se habían apropiado de nuestro territorio; de eso se habla poco hoy. En 1859 tuvieron que intervenir diez barcos estadounidenses con esa bandera, en el último reducto que le quedaba a Juárez —Veracruz— para derrotar al general y presidente Miramón en un ataque que iba a ser decisivo. Así lo reconoció el mismo Juárez al año siguiente, en carta a su amigo Epitacio Huerta (quien fue, por cierto, uno de los más entusiastas destructores de arte religioso):

 

“Siento, como usted, que la gran familia liberal no haya podido por sí sola y sin ayuda del extranjero pulverizar a la reacción…”

 

Sin duda Juárez se relamió de gusto al matar dos veces a Maximiliano, Miramón y Mejía, cuando al borde del paredón difirió tres días la ejecución, del 16 al 19 de junio de 1867. Y ordenó que quedaran bien muertos, especialmente el emperador, cuando tuvo que advertir a los soldados: “el que hiciera el menor movimiento a favor de Maximiliano sería fusilado junto con él”. Y a pesar de que dispararon a un metro de distancia, sólo aparecieron en el cuerpo del emperador cinco balas, de siete tiradores… no estaban tan infundados los temores juaristas. La gente y las tropas llegaron a querer y admirar a esos tres hombres, que murieron como héroes.

 

Vale la pena considerar cómo pensaban y juzgaban los contemporáneos, y los ánimos de sus tiempos; pero el bronce no deja conocer esos detalles. Le basta propalar la versión simplota de que los derrotados y fusilados eran viles traidores.

 



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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