VIERNES, 20 DE ABRIL DE 2007
Jeff Sachs

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“Lo que le ha crecido con los años a Sachs es su ego, que es hoy de proporciones monumentales.”


Un amable lector cuestionó mi tratamiento despectivo del ex-economista de Harvard Jeffrey Sachs, al calificarlo de pobretólogo y asociarlo con personajes de la farándula dedicados a la redención de la pobreza, más para alimentar sus egos que a los pobres.

 

Conozco a Sachs hace años, cuando era joven promesa entre los economistas académicos. Con el tiempo, sin embargo, se alejó de la economía y adoptó la ciencia ficción, culminando con su reciente obra El fin de la pobreza: posibilidades económicas para nuestro tiempo.

 

Lo que le ha crecido con los años a Sachs es su ego –ese argentinito que llevamos dentro-, que es hoy de proporciones monumentales, como lo acreditó sin pudor en la entrevista con Chris Giles, editor económico del Financial Times de Londres, el 6 de abril.

 

Giles escribe que finalmente “se dio cuenta que Sach ya nos es sólo un eminente académico sino toda una leyenda que viaja por el mundo en compañía de una asistente, esparciendo su evangelio económico.”

 

En el sitio cibernético de la “leyenda” se cita que “se le considera generalmente el asesor económico internacional más prominente de su generación y que su misión es la de resolver los problemas (mundiales) de pobreza, enfermedad, el calentamiento global y la globalización.”

 

Se adjudica la victoria de curar la hiperinflación en Bolivia en 1985 –sin reconocer el papel jugado por sus ayudantes, destacadamente el gran economista mexicano Allen Sanginés- y que no hubo reforma en Latinoamérica en la que no tuviera una participación estelar.

 

A mi me tocó observar su intervención en las reformas mexicanas de los años noventa. Sachs se había autonombrado asesor del secretario de Hacienda Pedro Aspe para la renegociación de la deuda externa.

 

Yo era entonces Ministro para Asuntos Económicos en nuestra Embajada en Washington y mantenía estrecho contacto con Aspe, quien viajaba con regularidad a atender reuniones con el Departamento del Tesoro y las instituciones financieras internacionales allí ubicadas.

 

En uno de esos viajes, Aspe me dijo que ya no sabía como deshacerse de Sachs por lo que le había dicho que en realidad quien llevaba las negociaciones de la deuda mexicana día con día, era yo, y le pidió que fuera a mí a quien llamara.

 

De esta manera, Sachs no le quitaba el tiempo al secretario de Hacienda ni al equipo que conducía las negociaciones con los banqueros sino a mí. Cuando se anunció finalmente el acuerdo, en el verano de 1989, Sachs me llamó para denunciar a gritos que habíamos hecho un pésimo trato.

 

En ese momento me di el lujo de mandarlo al diablo, no sin antes decirle que desde la torre de marfil de Harvard, no entendía que al país le urgía una solución que funcionara para quitarnos la pesada lápida de la deuda excesiva y dejar atrás el estancamiento de casi diez años, como ocurrió puntualmente.

 

¡Este es la “leyenda” que redimirá al mundo!

 

 

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