JUEVES, 26 DE ABRIL DE 2007
The third "güey"

Usted cree que en estos momentos México es...
Un país estable y sin crisis
Un país en bancarrota



“La democracia totalitaria cree que el poder de la mayoría (que nunca es la voluntad de todos) es absoluto y que ella, por definición, actúa por el bien del conjunto, representa la verdad y no puede errar. Dicho poder público no tiene limitaciones.”
Lucía Santa Cruz

Roberto Salinas







“Los términos “derecha” e “izquierda” representan las palabras más desafortunadas en el vocabulario contemporáneo de economía política. Ser de “derecha” es malo, ser de la “ultra-derecha” es infernal. Ser de izquierda significaba, en un momento, amor, tolerancia, paz y progreso. Hoy, a partir de las intolerancias mesiánicas del nuevo populismo, se ha hecho necesario diferenciar entre la izquierda “buena” y la izquierda “mala.””


Los términos “derecha” e “izquierda” representan las palabras más desafortunadas en el vocabulario contemporáneo de economía política. Ser de “derecha” es malo, ser de la “ultra-derecha” es infernal. Ser de izquierda significaba, en un momento, amor, tolerancia, paz y progreso. Hoy, a partir de las intolerancias mesiánicas del nuevo populismo, se ha hecho necesario diferenciar entre la izquierda “buena” y la izquierda “mala.”

 

La “centro-izquierda” moderna, dicen las flamantes voces de la nueva sabiduría convencional, se caracteriza por su apego a la apertura del comercio exterior, al mercado como sistema de intercambio, al equilibrio en las finanzas públicas, pero, a la misma vez, a una intervención del Estado para lograr una mejor distribución del ingreso nacional.

 

Esto significa todo, y significa nada. Las figuras chilenas más representativas de la “nueva izquierda,” como Lagos, Insulza o Bachelet, hablan de utilizar medios de mercado para fines sociales—lo cual les ha merecido el abierto insulto de la “vieja izquierda” como Chávez o Morales. Estos, a su vez, han puesto en marcha programas similares en la ley y en el espíritu al nacional socialismo, e incluso al fascismo, del siglo pasado—este último, por supuesto, una estampa tradicional de la “vieja derecha.”

 

Tony Blair, el padre político de la supuesta nueva izquierda, inspirado por la nueva retórica de la tercera vía, o “the third way,” siguió con la apertura, no dio marcha atrás al proceso de privatización, hasta dotó de mayor autonomía al banco central. Algo similar pasó con Clinton, en sus ochos años de “long boom” económico.

 

Mientras tanto, los supuestos derechistas de hoy, como los nativistas republicanos que aborrecen el libre comercio, por no decir la liberalización de los flujos migratorios, no son precisamente amigos del sistema de mercado. Vaya, ¿cómo diferenciamos en términos de “derecha o izquierda” a seres como Paul Craig Roberts, exfuncionario de Reagan, y el controvertido Joseph Stiglitz, supuesto apóstol de benevolencia progresista, cuando ambos han hecho la oposición al libre comercio una parte central de sus ideas contemporáneas?

 

Milton Friedman, tan odiado por tantos años como fuente de pensamiento militar, de derecha desalmada, propuso conceptos como el impuesto negativo, el subsidio directo, como mecanismos más efectivos de transferencia para abatir niveles de pobreza. Propuso también la idea de repartir, a costas del erario, cheques que se puedan intercambiar por servicios educativos, y de salud, entre los estratos más sufridos de la población. ¿No es esto, acaso, “usar mecanismos de mercado para fines sociales”?

 

Friedman, como otros, sostienen una diferencia, no siempre reconocida, entre los niveles de pobreza y los niveles de desigualdad económica. La tarea principal de una sana política económica es atacar, como prioridad, el primero de estos problemas—creando un clima de crecimiento, con estabilidad de precios. ¿No es esto lo que escuchamos de Felipe González, ocasionalmente de Lula da Silva, ciertamente de Tony Blair?

 

Ruth Richardson, arquitecta de la gran reforma de mercado de Nueva Zelanda, nos decía: cada cambio estructural debe ir acompañado por una red de protección social que se construya para apoyar a los que sufran las primeras consecuencias negativas de ajuste. Es, después de todo, parte de hacer posible lo aparentemente imposible.

 

Hablar de que todo esto es de “derecha o izquierda” es inútil. Richardson también sentenció: “no hay tal cosa como ‘la tercera vía.’ Hay, más bien, la vía correcta, o la vía incorrecta.”


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus