MARTES, 8 DE MAYO DE 2007
Del bronce al lodo (9). Benito Andrés Juárez Obrador

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“Leer historia produce portentos como el de comprobar que Andrés Manuel se parece más que poquito a Benito Juárez, aunque no tanto como para parecer su reencarnación. Juárez tenía ventajas cruciales.”


Los liberales radicales del siglo XIX —Juárez, entre ellos— se hacían llamar “puros”, en loor a su radical pureza de principios. Un candidato presidencial del XXI convocó a un gobierno de “purificación nacional”. ¿A alguien le suena?

 

Un puro, su ministro Sebastián Lerdo de Tejada, giró una circular que decía: “La voluntad libremente manifestada de la mayoría del pueblo es superior a cualquier ley… El pueblo es el verdadero soberano.” De nuevo: ¿a quién le suena?

 

El presidente Juárez propuso unas reformas importantes en 1867 para debilitar al Legislativo, pero usando procedimientos anticonstitucionales, “…proponiendo al pueblo algunos puntos de reformas a la Constitución, para que resuelva sobre ello lo que fuere de su libre y soberana voluntad…” Pero la Constitución no preveía tal método. Hubo escándalo hasta en el partido liberal por tal desacato a la Constitución, pero las reformas salieron; era la “voluntad del pueblo”. (Juárez no hablaba de “la gente”). No sé por qué me suena eso de brincarse la autoridad del Legislativo y asumir facultades extraordinarias no previstas en la ley fundamental.

 

Un reciente gobernante de la ciudad de México “mandaba obedeciendo”, a base de “consultas” organizadas por él. No sé si a alguien le suene.

 

Según Catón, no tuvo empacho Juárez en el manipuleo electoral; o en destituir a León Guzmán, gobernador del estado “libre y soberano” de Guanajuato por oponerse a su modo de reformar la Constitución. Respondió el prepriísta presidente que “su designación como gobernador había provenido de él”. ¡Faltaba más! Y lo mismo hizo con Juan Méndez, gobernador de Puebla. El abogado Juárez torcía la Constitución (y el derecho ajeno) cada que le convenía, especialmente si arrogarse facultades especiales lo mantenía en la presidencia; y se daba vuelo ordenando fusilar enemigos por centenares, y castigando duramente toda clemencia que ejerciesen sus generales. (El derecho a la vida ajena —y la paz— no figuraban muy arriba en su escala de valores.)

 

Juárez (a diferencia de su contemporáneo clon) sí consiguió su objetivo de tomar el poder, y se aferró a la Silla con una determinación sólo doblegada por su súbita muerte. A ese triunfador la historia oficial le reservó —como para nadie más— el bronce.

 

Venturosamente, su clon no tomó el poder en 2006. Ante esa diferencia, este articulista metido a historiador debe recurrir a la política-ficción y hasta a la psicología. Jaime Sánchez Susarrey, estudioso y conocedor de ambas, ubica en su novela La victoria el más probable escenario de una pejepresidencia: la reelección, luego de torcer con movilizaciones, presión y “voluntad de la gente” lo que más desprecia, las leyes.

 

Quien lea a Catón conocerá al reeleccionista Juárez; quien lea a Sánchez Susarrey verá al reeleccionista López, que no consiguió lo que sí logró Juárez; pero se hace llamar “legítimo” (y también “purificador”). Juárez en la realidad, López en la novela, se perpetúan en la presidencia con reelecciones y poderes extraordinarios. Encima de la Constitución uno, y el otro brincándose el Estatuto del D.F., gobernando a base de bandos, publicando las leyes que le gustaban y omitiendo las que no. Juárez se agenció un Legislativo a modo (algo así como una Asamblea Legislativa del D.F.), con esas reformas de 1867.

 

Leer historia produce portentos como el de comprobar que Andrés Manuel se parece más que poquito a Benito Juárez, aunque no tanto como para parecer su reencarnación. Juárez tenía ventajas cruciales. Una, que era abogado y tenía sentido (aunque a veces teórico) de la ley. Juárez nunca dijo ¡nuestros adversarios nos van a salir de nuevo con que “la ley”!

 

La más importante —y definitiva— ventaja de Juárez: su solidez liberal. Muy, pero muy superior al perredoso y trasnochado estatismo del siglo XX latinoamericano y del XXI; de los socialismos demagógicos y subdesarrolladores que han arruinado al continente y lo vuelven a acechar con su egolátrica ponzoña peje-evo-castro-chavista, útil para dividir, enconar, tensar, destruir, incordiar e incendiar. Por eso, al menos, muchos desearíamos que el Peje fuese más juarista de lo que presume.

 

Hay un dato interesante. Juárez legó una fortuna de $151,233.81. No estuvo mal para cinco años de gobernar un país arruinado (y sin la complicidad de tranvías de mulitas piratas, ambulantes vendiendo robado, ni hordas de manifestantes profesionales bloqueando carruajes en las calles de tierra). Si un peso valiera lo que un dólar —el peso era de verdad: de plata— amasó algo así como un 7% del monto que iba a recibir en efectivo de Estados Unidos por el Tratado McLane-Ocampo (2 millones de dólares) y un 1% de los 15 millones que recibió Santa Anna por vender California, Arizona, Nevada, parte de Nuevo México, etc.

 

Interesante.

• Historia no oficial

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