MIÉRCOLES, 9 DE MAYO DE 2007
Fuga de cerebros

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“Es un hecho que la fuga de sus lugares de origen agrava las condiciones de miseria que prevalecen en ellos y extingue la esperanza que representa contar con una clase media profesional y educada, que suele ser la esencia y el motor de sociedades democráticas y progresistas.”


La sabiduría convencional, término que ahora me entero que el diplomático y novelista John Kenneth Galbraith reclamaba haber acuñado, concluye que la emigración de gente con mejor educación, de los países pobres hacia los ricos, es una tragedia económica para los primeros y una bonanza para los segundos.

 

Quienes emigran después de haber recibido años de educación, casi siempre subsidiada o gratuita, que obtuvieron becas de entidades públicas para sus estudios de postgrado y no regresan al terminarlos a sus países, constituyen lo que se conoce como la “fuga de cerebros.”

 

Sin embargo, la evidencia de lo ocurrido en la India, dónde la salida de técnicos para buscar empleo en avanzados centros científicos como Silicon Valley, ha resultado en una puerta rotatoria que los ha llevado de regreso a su país dotados de capital para invertir y habiendo adquirido atributos empresariales.

 

Ello, a su vez, ha permitido que surjan en la India clusters (¿racimos?) de empresas de alta tecnología en computación y telecomunicaciones que representan hoy por hoy, el más promisorio segmento de su economía para sustentar una transformación económica de manera sustentable y acelerada.

 

El caso de los países del África negra, constituye el contrapunto a la dinámica situación descrita. Se estima que cerca de medio millón de profesionistas con doctorados en diversas especialidades, pero sobre todo en las que son vitales como la medicina, se ha marchado hacia naciones ricas para no volver.

 

Nadie que haya estado en sus países de origen los puede culpar de aspirar a una vida mejor, y quien cree, como yo, en los ideales del liberalismo, no puede apoyar ninguna medida que impida el libre albedrío de las personas en lo que se refiere a elegir dónde vivir.

 

Pero es un hecho que la fuga de sus lugares de origen agrava las condiciones de miseria que prevalecen en ellos y extingue la esperanza que representa contar con una clase media profesional y educada, que suele ser la esencia y el motor de sociedades democráticas y progresistas.

 

Las cifras que he visto recientemente para nuestro país, que señalan que 400,000 mexicanos con estudios de licenciatura, maestría o doctorado residen fuera, serían muy preocupantes, aunque aún quede por dilucidar si se trata de un fenómeno revolvente, como el de la India, o terminal, como en África.

 

Mi impresión es que todo dependerá de lo que ocurra con el desarrollo económico de nuestro país. Eso fue lo que pasó con la diáspora española que se generó por motivos políticos, después de su Guerra Civil, y por razones económicas en las décadas subsecuentes.

 

En cuanto se empezó a crear un proceso de rápido e incluyente crecimiento de la economía, los españoles, que nunca “se hallaron” en las gélidas sociedades del norte de Europa, emprendieron el regreso a sus pueblos de origen a vivir en su idioma, con su comida y sus costumbres.


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