MARTES, 15 DE MAYO DE 2007
Del bronce al lodo (11). La razón liberal

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Lástima que los liberales se hayan radicalizado tan duramente contra la Iglesia, hayan doblado la cerviz ante Estados Unidos, y hayan librado una guerra intestina feroz que acabaron bañando al vencido en sangre y triunfando sin un ideal de paz. Lástima que un hombre tan ambicioso e inconmovible, sanguinario y rencoroso como Juárez, sea quien haya encarnado los ideales liberales. La brutal división social que provocó, sigue viva hasta hoy.”


Quien haya tenido la agradecible paciencia de seguir esta miniserie, podrá estar sorprendido de mi severidad con los liberales decimonónicos.

 

Para empezar, estaban amarrados a los dictados de Estados Unidos. Admiro ese país, especialmente por su origen: ninguna otra nación ha nacido de una tabula rasa escrita por el impulso libertario de su gente. Su acta de nacimiento y documentos fundadores destilan valores que muchos vemos como ideales: más que la democracia, el respeto al derecho individual desde todo y para todo. En la generación fundadora de ese gran país hubo varios de los más notables hombres de una gloriosa época, el siglo XVIII. Pero su actuación como potencia siempre ha sido discutible, por decir lo menos.

 

Soy liberal de pensamiento, palabra, obra y omisión. Sostengo como principio de mi existencia que el ser humano es individual antes que social; la soberanía reside en la persona, y no hay estado legítimo si no respeta derechos individuales previos a cualquier estado: la vida, y su correlato de integridad corporal y personal; la libertad en todas sus manifestaciones, junto con la responsabilidad de asumir las consecuencias; y la propiedad privada: según Luis Pazos, la libertad aplicada a los bienes materiales e intelectuales.

 

He puesto verdes a los liberales mexicanos y elogiado a los conservadores, que defendían privilegios y atacaban las libertades (religión y fueros, era su divisa). He llegado al anatema de defender la monarquía.

 

En el terrible siglo de la destrucción mexicana —el XIX— no usaban epítetos como derecha o izquierda. Los liberales (hoy “izquierda”) eran los rojos; los conservadores, mochos y cangrejos (hasta su canción les hicieron: “Cangrejos al combate, cangrejos a compás; un paso pa" delante, doscientos para atrás…”).

 

La intolerancia arruinó la riqueza nacional y nos desangró en querellas sin fin entre visiones contradictorias. He citado a Octavio Paz: “El dilema al que se enfrentaron el movimiento de independencia y los sucesores de los insurgentes era, en cierto modo, insoluble: o negarse al cambio, o la ruptura violenta. Se escogió, como era natural, la ruptura.”

 

Concuerdo con la visión de Don Armando Fuentes, Catón; tenían la razón histórica los liberales, herederos de los grandes movimientos del Siglo de las Luces (el mejor de ellos, el de Estados Unidos). Traían el impulso al futuro, contrapuesto al novohispano ideal de permanencia agustiniana en una sociedad teocrática. Triunfaba ya el impulso hacia delante; el conservador Miramón, siendo presidente, se declaró a favor de hacer reformas.

 

No progresó su empeño. En una nefanda chiripa de la historia, el mismo día de 1859 en que Miramón se comprometía a flexibilizar posiciones, Juárez sacaba su primer borrador de las Leyes de Reforma: radicales, exageradas, extralógicas, impacientes e inoportunas para un México que no estaba listo para tantos y tan súbitos cambios. La educación política sólo estaba al alcance de núcleos muy minoritarios, ante un resto educado bajo las instituciones eclesiásticas y una jerarquía especialmente rígida. Así, los liberales sólo eran representativos de sí mismos, y no les importó que sus posiciones produjeran excomuniones a quien (aun por obligación burocrática) jurara la Constitución del 57.

 

Tendrían el futuro de su lado, pero no en aquél presente nostálgico del glorioso pasado mexicano (el aun cercano siglo XVIII, Siglo de Oro de México). A ese pasado dorado se oponía una fuerza aliada al invasor ladrón de territorios y vista como francamente facciosa, impositiva y con mucho de exótico. Claro: exacerbados los extremos, se agravó la guerra. Los actos revolucionarios suelen concitar sangre. Pero además, descaradamente buscó Juárez el apoyo yanqui al punto de poner lo que no era suyo —el país— de rodillas ante ellos. No agradó todo eso a la mayoría de los mexicanos. Lo revolucionario es esencialmente destructivo; sólo lo evolucionario permite hacer cambios de profundidad.

 

Prevalecieron los liberales y su tendencia modernizadora (lo que de todos modos habría ocurrido, como en todo Occidente). Pero el triunfador Juárez no declaró la paz, sino la victoria. Algo así como Franco: jamás se reconcilió con sus enemigos de la guerra civil, tratados con impiedad e inclemencia. Jamás el ejército conservador se ensañó fusilando prisioneros como lo hizo Juárez, aun contra la opinión de sus generales.

 

Ni siquiera hoy está mayoritariamente vivo el ideal liberal. ¡Cómo estaría a mediados del XIX! Imaginemos aquél México. A partir de 1810 se destruyeron las instalaciones productivas e inundaron las minas, y aún no llegaban las magníficas hornadas de españoles, franceses, libaneses y alemanes que, en el porfiriato, empezaron a crear empresas. En la cosmovisión popular de 1857 nada se parecía a los nobles ideales liberales.

 

Aun hoy el mexicano tiene estructuralmente imbuido el que vivir fuera del presupuesto es un error. Las masas de peticionarios (sindicalizados o no) se la viven exigiendo que el gobierno les dé. Las marchas callejeras son por “justas demandas”. El ideal mayoritario de los niños de primaria es enchufarse al gobierno, no poner un negocito o un taller o vivir de su esfuerzo. La empleomanía, o chambismo, es un ideal nacional. Los pueblos aprenden despacio (peor aún luego de un siglo socialista y estatista como el XX).

 

Lástima que se hayan radicalizado tan duramente contra la Iglesia, hayan doblado la cerviz ante Estados Unidos, y hayan librado una guerra intestina feroz que acabaron bañando al vencido en sangre y triunfando sin un ideal de paz. Lástima que un hombre tan ambicioso e inconmovible, sanguinario y rencoroso como Juárez, sea quien haya encarnado los ideales liberales. La brutal división social que provocó, sigue viva hasta hoy.

• Historia no oficial

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