De capital importancia
May 17, 2007
Roberto Salinas

Las trampas de la competitividad

La idea de la competitividad, y su idea hermana, las ventajas competitivas, sobresalen en el nuevo vocabulario empresarial. Son palabras de moda, atractivas, llamativas. Sin embargo, si no definimos bien los conceptos de competitividad relevantes, pueden convertirse en palabras tramposas.

El día de ayer se celebró la Primera Mesa Regional de Negocios de The Economist Conferences, en la sede de Hermosillo, Sonora. El tema del evento se centró sobre la idea de la competitividad, y su idea hermana, ventajas competitivas.

 

Esto era de esperarse. Después de todo, estas dos palabras sobresalen en el nuevo vocabulario empresarial. Son palabras de moda, atractivas, llamativas. Sin embargo, si no definimos bien los conceptos de competitividad relevantes, pueden convertirse en palabras tramposas. La competitividad de una empresa depende de ganar mercado, vender más, con menos, en menor tiempo, para lograr generar la mayor utilidad posible. Y ello depende de muchísimas variables, como la capacitación, las economías de escala, las economías de especialización, el acceso a tecnologías, entre otras.

 

Si usamos el mismo criterio de competitividad, pero a nivel no de empresa sino de región, entonces pueden surgir propuestas contraproducentes—por ejemplo, manejar una idea de superávit comercial como fin principal de la región, o del país, como sustituto en este caso del concepto de maximizar utilidades. Ello no resulta necesariamente el caso, ya que un superávit comercial, como también un déficit comercial, puede ser signo de algo bueno, pero también de algo malo.

 

Vaya, una forma segura de generar un superávit comercial, al instante, es por vía de una recesión, o una devaluación. Si despedazamos la economía interna, los bienes que no logremos vender internamente, lo venderemos al exterior. Ojo, así pasó en 1995.

 

Decía Paul Krugamn, hace unos años: una nación no es una empresa. Las cuentas de una corporación requieren una lectura muy diferente a las cuentas nacionales.

 

Everardo Elizondo, en su participación en este magno foro, hizo referencia a estas posibles trampas conceptúales sobre el tema de la competitividad. La idea operante, para una región, es ver la competitividad como la capacidad de generar, atraer y retener flujos de inversión productiva en una región. Es el mismo criterio que utiliza el IMCO, y que, en este mismo foro, expuso Salvador Malo, director de investigación de este instituto.

 

Este criterio sí tiene sentido, sobre todo en un mundo caracterizado por la altísima competencia entre países para atraer inversiones, así como por los avances tecnológicos en el mundo financiero. Hoy, todos los capitales van y vienen, en un instante, ya sea en Bolsa o en manufactura, en bonos soberanos o en proyectos inmobiliarios. Su movilidad es cosa de días. Todos los capitales requieren, por tanto, condiciones para venir, para quedarse, y para prosperar.

 

Elizondo expuso este tema en mayor detalle, con factores que impulsan el nivel de competitividad de una región: un ambiente de estabilidad de precios; competencia en los sectores económicos, sobre todo los estratégicos; flexibilidad, para permitir productividad laboral; e instituciones económicas confiables, como los derechos de propiedad.

 

En algunos de estos rubros, salimos bien; en otros, no tan bien, mientras que en otros, de plano mal hasta muy mal. Por ende, nuestra competitividad, entendida en éste, el criterio de atraer y retener inversión, es mediocre, en el mejor de los casos.

 

No es para más: eso dicen todos, pero todos, los indicadores de competitividad que circulan en la actualidad.



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