Ideas al vuelo
Jun 5, 2007
Ricardo Medina

Yo también detesto a Frida

Una víctima que se refocila en su desgracia y destila resentimiento contra todo lo que sea exitoso o fruto del mérito individual.

Luis González de Alba no cosechará muchas felicitaciones de la progresía mexicana por su atinada y valiente invectiva contra el símbolo Frida Kahlo publicada el lunes. Sin embargo algunos –quién sabe si muchos o pocos- nos regocijamos porque alguien finalmente desenmascaró ese mito de “la sufrida Frida” que tanto ha intoxicado a generaciones de mexicanos.

 

Frida es una especie de cuento de hadas al revés muy querido por la progresía local. Simboliza a la hija de extranjero que se “enamora” de las “más hondas raíces de lo mexicano” –de ahí los perpetuos trajes de Tehuana- y también a quien idealiza esa idiosincrasia nacional (artificiosa y de pastiche) elevándola a categoría metafísica: Ser mexicano es ser víctima perpetua de una fatalidad, un tranvía que nos dejó baldados. Tragedia que nos alimenta de resentimientos. Vivir es retratarnos hasta la saciedad en pleno sufrimiento resentido contra los otros: los poderosos, los capitalistas, los traidores de clase, aquellos que quieren despojarnos de nuestras “hondas raíces”, todos los que persiguen cualquier tipo de éxito basado en el mérito individual.

 

La manía de los autorretratos de “la sufrida Frida” conviene con exactitud a la manía de la contemplación del propio ombligo como “idiosincrasia nacional”. Un narcisismo de la derrota y  de la perpetua humillación, adolorido, amargado desde la columna vertebral llena de clavos, que parece simbolizar que lo que nos mantiene enhiestos es echarle en cara al mundo nuestra desgracia. Épica de los vencidos y de los defraudados: Somos víctimas de todo tipo de atracos, especialmente de los agravios que nos infligen leyes que, sabemos de antemano –aun cuando ni siquiera las conozcamos-, sólo se diseñaron para hundirnos más en la miseria, porque ése es el fin de los poderosos en el universo: desgraciarnos. Se trata de una creencia “honda y sentida”, de una teología en la que nosotros -¿quién más?- somos el centro, el principio y el fin.

 

Me extraña que algún astuto negociante no haya hecho camisetas con el icono de “Frida, la sufrida” y la jaculatoria: “Todos somos Frida”. Se venderían como pan caliente en las marchas del CNTE, en las asambleas del PRD y en todo acto bendecido por la progresía mexicana.



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