MIÉRCOLES, 13 DE JUNIO DE 2007
Migración y desarrollo

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“La lección española es evidente: no sólo hay que crecer económicamente sino hacer más eficiente a la economía para que se generen empleos suficientes y se revierta la diáspora.”


La primera vez que fui a Europa, hace ya casi 40 años, era común encontrarse con emigrados españoles en los países de mayor desarrollo económico en la región septentrional del continente, realizando labores que nadie más quería emprender.

 

Los diligentes y esforzados españoles eran apreciados por sus empleadores por la calidad de su trabajo, pero como siempre sucede con gentes de diferente cultura, raza y lengua que adoptan residencia fuera de su país, eran objeto de discriminación y rechazo social.

 

La diáspora económica española ocurrió a pesar que en su país se dieron tasas de crecimiento económico no deleznables pero que no generaban la suficiente oferta de empleo para absorber a los nuevos trabajadores en busca de ocupación. Al no haber un Estado benefactor para sobrellevar el paro, la opción era irse fuera.

 

Tal situación empezó a cambiar con el dinamismo que adquirió la economía española al terminar la dictadura franquista, lo que permitió que gradualmente la diáspora regresara a su patria, en parte debido a la adopción de un Estado dadivoso que hacía más llevadero el elevado desempleo.

 

Este período de la economía española, que va de mediados de los setenta hasta 1996, se caracterizó, sin embargo, por un sistemático aumento de la participación del gobierno en la economía al duplicarse su gasto del 25% al 50% del PIB.

 

Tan destacado incremento en el gasto público no fue seguido de la creación de empleos, como auguraban los economistas keynesianos. En esas dos décadas el número total de trabajadores se mantuvo constante en 12.5 millones, aunque la cantidad de burócratas creció en cerca de dos millones.

 

Es decir, la economía ibérica no sólo se burocratizó en forma notable sino que se perdieron el 16% de los empleos productivos que tenía el sector privado, al tiempo que la tasa de paro se mantuvo extraordinariamente elevada en niveles que fluctuaban alrededor de 20% de la fuerza de trabajo.

 

El ingreso de España a la Unión Europea y, sobre todo, al sistema monetario que culminaría en la adopción del euro, junto con el acceso del primer gobierno no socialista al poder, se potenciaron para crear condiciones favorables para un recio crecimiento económico con mucho más rápida creación de empleo.

 

Las políticas seguidas por el gobierno del Partido Popular de reducir gradualmente el tamaño del Estado y las tasas impositivas, junto con el notable abatimiento de las tasas de interés como resultado de la adopción del euro en España, crearon condiciones sin precedente para no sólo disparar el crecimiento de su economía sino generar empleos a un ritmo sin precedente.

 

Hoy, todos los españoles que habían emigrado están de regreso en su patria y han llegado millones de inmigrantes de Iberoamérica y el Maghreb. La lección es evidente: no sólo hay que crecer económicamente sino hacer más eficiente a la economía para que se generen empleos suficientes y se revierta la diáspora.

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