JUEVES, 14 DE JUNIO DE 2007
Inversión, empleo y moneda

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“España creó condiciones favorables para atraer inversión privada en volúmenes importantes pero también aumentó su inversión pública estratégica.”


Intentaré destilar las experiencias recientes que llevaron al notable éxito de la economía española desde 1994, período en el que el número de trabajadores en su sector formal creció en un 80% después de haberse mantenido atorado en una planta laboral de 12.5 millones por medio siglo.

 

De acuerdo al relato de Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda en el último período presidencial de José María Aznar, y uno de los arquitectos de este verdadero milagro experimentado por la economía ibérica, hubo varias circunstancias que se conjuntaron para lograrlo.

 

Primero, se alcanzó una inversión productiva respecto al PIB cercana al 30%, vez y media superior a lo que se invierte en México en relación al tamaño de nuestra economía. Para lograrlo, España creó condiciones favorables para atraer inversión privada en volúmenes importantes pero también aumentó su inversión pública estratégica.

 

En este último renglón, se puso un notable énfasis en la construcción de infraestructura productiva. Carreteras, puertos, ferrocarriles de gran calidad –en notable contraste con los que existían en la era franquista- aparecieron por doquier, junto con obras hidráulicas de gran envergadura para generar energía eléctrica y llevar agua al campo y a una población urbana creciente.

 

Se adoptaron fórmulas innovadoras para promover inversiones públicas-privadas que permitieran superar las limitaciones presupuestales impuestas por equilibrios fiscales a los que se comprometió el gobierno español en el Tratado de Maastricht que creó la Unión Europea en 1992.

 

Si bien se mantuvo un sano equilibrio en las finanzas públicas, los elevados niveles de inversión resultaron en un desequilibrio externo que hubiera sido imposible de no haber adoptado España al euro como su moneda.

 

En efecto, el año pasado el déficit en cuenta corriente llegó al 10% del PIB, lo que hubiera sido impensable antes del euro, en la que cada vez que este desequilibrio externo se aproximaba al 3% del PIB sobrevenía el pánico, la fuga de capitales, la devaluación de la peseta y la consecuente crisis financiera.

 

Hay que tener presente que el famoso déficit en cuenta corriente, que en el nombre lleva ya una connotación negativa y que significa que el país importa más de lo que exporta –situación aborrecida por los mercantilistas-, no es otra cosa que un superávit en la cuenta de capitales, que significa que el país está atrayendo inversión externa.

 

Lo que cambió hoy es que España tiene una moneda común con el resto de las economías europeas que adoptaron el euro que no es “devaluable” a nivel nacional, por lo que quienes invierten sus ahorros en España no tienen el temor de verlos esfumarse en una crisis cambiaria.

 

Las cifras de balanza de pagos deben suprimirse de las cuentas nacionales en naciones con una moneda común, pues carecen de sentido, como ocurre entre estados dentro de un propio país. ¿A quién le importa si Sonora tiene un superávit externo mientras Quintana Roo mantiene un abultado déficit?


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