LUNES, 18 DE JUNIO DE 2007
Reforma Fiscal: No a la grandilocuencia

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
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“Aprendamos de una vez que la buena política se hace paso a paso, de la ley a la ley, sin saltos mortales, ni acrobacias espectaculares. Tejiendo acuerdos posibles, susceptibles de perfeccionarse con el tiempo. No es todo o nada. Es avanzar. Que no es poca cosa.”


Hay buenos auspicios para que se concrete la tan llevada y traída reforma fiscal en las próximas semanas. Sin embargo, el asunto puede echarse a perder por la grandilocuencia a la que somos tan aficionados en México; especialmente, los políticos y los medios de comunicación.

 

Cuando cualquier programa gubernamental rabón se bautiza de “histórico” y cualquier ocurrencia frívola se califica como “parte-aguas” corremos el riesgo de que los acuerdos específicos y limitados –que son el cemento de la buena política- se tiren por la borda.

 

La reforma fiscal que se puede lograr necesita de cocineros que no crean ser Moisés mostrando las tablas de la Ley o Dios Padre diciendo la última palabra. Primero, porque la reforma fiscal posible y necesaria –hoy y ahora- NO puede ser la última palabra, ni el “no va más” de las reformas, sino un conjunto de cambios consensuados, factibles, en la dirección correcta, que sienten las bases para futuras reformas.

 

Es una primera aproximación, no la culminación de la carrera. Esto es así por muchas razones:

 

1.      Porque la reforma fiscal ideal –aquella que generalice y unifique la tasa del IVA para todos los consumos y que establezca una tasa baja y pareja en el ISR, con una base gravable amplia- está vedada por la incapacidad del PRI, por ahora, para superar sus traumas. El IVA no se toca porque remite, en el inconciente priísta, a la famosa “roque-señal” de la primavera de 1995, cuando los mandaderos de Ernesto Zedillo en el Congreso tuvieron que imponer un aumento en la tasa del IVA del 10 al 15 por ciento, como remedio de urgencia para unas finanzas públicas destrozadas por el “error de diciembre”. Así, y porque no se pueden hacer las cuentas sin contar con la cocinera, la reforma fiscal viable hoy y ahora para el gobierno de Felipe Calderón –que requiere como aliado indispensable al PRI- no puede ser la reforma ideal, sino la reforma factible. Esa última es la mejor porque la alternativa es: nada.

 

2.      También es una primera aproximación porque el enredado federalismo fiscal mexicano no se arregla en un día ni de un solo golpe. Será preciso que esta reforma empiece a corregir distorsiones en el reparto de recursos federales a estados y municipios; establezca incentivos para que los gobiernos locales asuman el riesgo de establecer gravámenes propios y pagar los costos políticos; meta reversa al incentivo perverso que hace a muchos estados, como Oaxaca, rehenes perpetuos de la pobreza y el atraso (porque a mayor marginalidad, más recursos federales reciben). Todo indica que la reforma que viene contendrá bastantes propuestas en este sentido, y en la dirección correcta. Avances, otra vez, no la meta final.

 

3.      No puede ser la última palabra porque el horno no está para calentar bollos; es decir: porque la sociedad mexicana no aceptaría ninguna reforma fiscal que no empezase por un compromiso serio para que el gasto público no sólo sea gastado con honestidad sino con eficacia y eficiencia. Antes de que me saques más dinero –decimos los contribuyentes- dime cómo le vas a hacer para evitar que el gasto se desperdicie miserablemente. No es poca cosa, y también sabemos que la reforma que viene lo plantea en serio, que el gobierno –que los gobiernos, porque esto tendría que ser norma también para los gobiernos locales- empiece a preguntarse antes de gastar ¿para qué?, y ¿qué se va a lograr, en resultados concretos, con tal o cual partida de gasto? Pongamos indicadores de eficacia y eficiencia y hagamos que quienes saben, y tienen la independencia necesaria para juzgar, evalúen los resultados.

 

4.      Tampoco puede ser la reforma definitiva, sino el primer paso de un camino más o menos largo, porque tan importante o más que el contenido de los acuerdos, es en estos momentos de la vida de México demostrarnos a nosotros mismos que podemos lograr acuerdos; imperfectos, aproximados, por acumulación de iniciativas, pero acuerdos. Ya vimos en 2006 la nociva propensión que tenemos a jugarnos todo en apuestas vehementes pero irracionales, ya vimos de cerca los peligros de elevar a los altares políticos a iluminados que se creen y proclaman ser la última cerveza del estadio.

 

Por si estas razones no bastasen, hay también una razón crucial para evitar a toda costa la grandilocuencia –las grandes frases, los lances dramáticos, las tentaciones adánicas de estar descubriendo el mundo por vez primera- y es que, siempre, la grandilocuencia mata los acuerdos. Por una razón muy sencilla: Los encarece hasta hacerlos inviables.

 

Ni el gobierno de Calderón, ni el PRI, ni el PAN, ni los pequeños partidos rescatables –cada cual sabrá cuáles son- deben convertir esta reforma fiscal en gesta histórica o en episodio para ser inmortalizado en el bronce o en un mural panorámico. El PRD por desgracia –para ellos- no tiene remedio; es un partido hinchado de grandilocuencia que -¿quieren apostar?- se irá por el camino del bloqueo y la ruptura. Pobrecitos, los pierden los delirios de grandeza que suelen embelesar a los eternos perdedores.

 

No. Aprendamos de una vez que la buena política se hace paso a paso, de la ley a la ley, sin saltos mortales, ni acrobacias espectaculares. Tejiendo acuerdos posibles, susceptibles de perfeccionarse con el tiempo. No es todo o nada. Es avanzar. Que no es poca cosa.

 

Ojalá el Presidente no quiera vender ese conjunto de propuestas que serán la reforma fiscal como si nos jugásemos la final de la Copa del Mundo; ojalá los partidos tampoco incurran en la teatralidad de amenazarnos con el fin del mundo si se aprueba tal cambio, o si no se aprueba tal otro.

 

Y otra cosa: No hay reforma sin costos. Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

• Reforma fiscal

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