VIERNES, 2 DE DICIEMBRE DE 2005
Mediocridad e incentivos

¿Ud. está de acuerdo en que el gobierno mexicano regale 100 millones de dólares a gobiernos centroamericanos para frenar la inmigración?
No
No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Isaac Katz







“Mientras los incentivos para el desarrollo sean los incorrectos el resultado no puede ser otro que la mediocridad.”


La economía mexicana se encuentra sumida en la mediocridad. La tasa de crecimiento económico es mediocre; la educación que se imparte en las escuelas, particularmente las del gobierno, es mediocre; el servicio médico impartido en las instituciones públicas de salud es mediocre; el cuidado del medio ambiente es mediocre; el combate a la delincuencia es mediocre; la impartición de justicia es mediocre; la protección de los derechos privados de propiedad es mediocre; la productividad de los trabajadores en la mayor parte de las empresas es mediocre; la labor de los burócratas es mediocre; la labor de los legisladores federales es más que mediocre; y más, mucho más. México está sumido en la mediocridad porque los incentivos que se derivan del marco institucional en el cual operan los mercados, sean estos de bienes, de servicios o de factores de la producción, así como los incentivos bajo los cuales actúan los funcionarios públicos son tan ineficientes que el resultado no puede ser otro que no sea la mediocridad. Si las reglas formales del juego bajo las cuales se desenvuelven los individuos y la sociedad son ineficientes, es decir si el marco legal es ineficiente, los incentivos que se derivan no estarán alineados con los objetivos que normalmente se plantean en las políticas públicas como es alcanzar altas y sostenidas tasas de crecimiento económico como vía para aumentar el nivel de bienestar de la población y el resultado obvio es la mediocridad.

 

Desde algunos años se ha observado un continuo deterioro en la posición de competitividad de las empresas mexicanas en los mercados internacionales, de forma tal que las exportaciones no petroleras totales de México han perdido participación en el valor total del comercio mundial, al igual que la participación de México como destino de los flujos de inversión extranjera directa. México ha mantenido un marco institucional ineficiente mientras una parte significativa de los países del resto del mundo lo mejoran. Tal como señaló el Secretario de Hacienda en una conferencia reciente citando una escena de Alicia en el País de las Maravillas: “para mantenerse en el mismo lugar hay que correr cada vez más rápido”. El resto del mundo nos está dejando atrás y aquí seguimos perdiendo el tiempo; mientras otros avanzan, nosotros seguimos atorados en un lodazal institucional repleto de incentivos desalineados y perversos.

 

¿Cómo podemos esperar que las empresas mexicanas puedan enfrentar exitosamente la competencia que enfrentan en los mercados internacionales (y el mercado mexicano no es, vale la pena señalar, el mercado interno sino una parte del mercado internacional) cuando se enfrentan a todo un conjunto de leyes y reglamentos que hacen que abrir, operar, hacer crecer o inclusive cerrar una empresa sea notoriamente más caro que en otros países y para casi todo hay que sobornar a algún burócrata cuya especialidad es chantajear y extorsionar a las empresarios? ¿Por qué deberíamos esperar la modernización tecnológica de las empresas, principal fuente de ganancias en la competitividad, si los trabajadores mexicanos fueron educados en un sistema educativo tan mediocre que no pueden adaptarse a laborar con tecnologías de producción más sofisticadas y simultáneamente las empresas se enfrentan a una legislación laboral que inhibe esa modernización tecnológica? ¿Por qué nos extraña que México reciba flujos de inversión extranjera directa que solo representan el 2% del PIB, a pesar de contar con varios acuerdos de libre comercio si no hay garantía de que habrá un poder judicial independiente e imparcial que garantice el cumplimiento de los contratos, si no hay garantía de que habrá un abasto de energía eléctrica, si no hay garantía de que los derechos de los accionistas minoritarios estarán plenamente protegidos porque los diputados priístas se niegan a aprobar la nueva Ley del Mercados de Valores? ¿Por qué habrían de ser las empresas mexicanas competitivas cuando tiene que pagar por servicios básicos de telefonía y telecomunicaciones unas de las tarifas más altas del mundo como resultado de la existencia de un monopolio en contra de quién el gobierno se niega a actuar? ¿Por qué podríamos esperar un mejor desempeño de la economía mexicana en su conjunto si los legisladores solo se dedican a cuidar y proteger sus cotos de poder en lugar de mejorar las leyes que rigen el comportamiento de los mercados?

 

Los incentivos para el desarrollo son los incorrectos y el resultado es la mediocridad. ¡Qué dramático que tengamos que vivir así!


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